CAPÍTULO 20
Mis zapatillas golpean el asfalto y mantengo el ritmo mientras las calles de Brakenhall empiezan a despertar. Algún estudiante cruza la avenida en moto y el aroma del café recién hecho que escapa del Isabella´s indica que acaba de abrir sus puertas para los estudiantes.
Respiro hondo y corro, porque hay días en los que entrenar en el gimnasio no es suficiente, cuando los pensamientos no se callan. Aprieto el ritmo y mis pulsaciones aumentan.
Los músculos protestan, pero no aflojo. No quiero pensar, y aun así lo hago. La voz de mi madre vuelve a aparecer entre una respiración y la siguiente. Aprieto la mandíbula y doblo una esquina sin dejar de correr.
«Tu padre siempre tuvo dinero, pero nunca tuvo corazón… Y tú eres todo corazón». Resoplo y pienso que ojalá tenga razón, porque tal vez no soy tan diferente a él como ella cree.
Odio a mi padre.
Yo también hago cosas de las que no me siento orgulloso. También miento, oculto la verdad y me dejo destrozar por un puñado de dólares.
Llevo demasiado tiempo creyendo que mientras el motivo sea bueno, todo lo demás deja de importar.
Pero ¿qué pasa si un día dejo de parecerme a ella y empiezo a parecerme a él?
La pregunta se instala en mi cabeza como una piedra dentro de la zapatilla.
Es molesta y no duele lo suficiente para detenerme, pero no deja de incomodar.
Sigo corriendo hasta que el reloj de mi muñeca marca una hora de entrenamiento.
Cuando regreso a mi casa, el sudor me empapa la espalda y noto las piernas cargadas.
Empujo la puerta con el hombro cuando la cerradura gira con la llave y el olor a café recién hecho me recibe antes incluso de entrar en la cocina.
Apolo está apoyado sobre la encimera, removiendo con una cuchara una taza de café, mientras hojea unos apuntes de derecho.
—Buenos días, Rocky —saluda sin levantar la vista.
—Buenos días, capullo —respondo y él sonríe sin dejar de mirar sus apuntes.
Ethan está sentado frente a la isla de la cocina con un bol de cereales, el portátil abierto y todavía en pijama. Me mira y chasquea la lengua.
—¿Sabías que las personas normales desayunan antes de entrenar? —pregunta.
—También duermen ocho horas —le recuerdo y sonríe.
—Touché —acepta señalándome al sofá.
Me giro y veo a Kael ocupando el sofá del salón completamente dormido, con un brazo colgando por el respaldo y una manta enredada alrededor de las piernas.
Me quedo observándolo un instante y pienso en que si supiera que he besado dos veces a su hermana pequeña, probablemente estaría buscando dónde esconder mi cadáver. La idea me arranca una sonrisa involuntaria y niego para mí.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta Ethan.
—Nada —miento y voy directo al frigorífico para sacar una botella de agua.
—Por cierto... —dice Ethan antes de llevarse otra cucharada de cereales a la boca—. ¿Has visto hoy a Dafne?
—No —respondo e intento que mi respuesta suene completamente indiferente—. ¿Por qué?
—Ayer quedé con ella para un trabajo de la clase de Ética y me comentó lo frustrada que está porque no avanza con tu entrevista.
Intento aparentar indiferencia, como si esa información no significara absolutamente nada para mí.
Pero es mentira, porque la imagen de Dafne aparece en mi cabeza antes incluso de que pueda evitarlo.
La forma en la que pronuncia Blackwood cuando está enfadada y ese maldito punto y coma tatuado detrás de su oreja.
Cojo el móvil casi por impulso y busco su número.
—¿A quién vas a escribir? —pregunta Apolo con una sonrisa divertida.
—A nadie —intento disimular.
—Claro.
Axel:
Novata, ¿sigues queriendo hacerme esa entrevista?
La respuesta llega apenas unos segundos después.
Dafne:
¿Ahora?
Axel:
Te veo en media hora en el gimnasio.