CAPÍTULO 19
Nunca pensé que acabaría yendo a Somerville en el coche de Ethan.
Ayer dejé bien claro que no pensaba subirme a la moto de Kael bajo ningún concepto.
Mi hermano intentó convencerme y Ethan, que presenció la discusión desde el sofá, sacó unas llaves del bolsillo y se las lanzó a mi hermano para que fuéramos en su coche.
Y aquí estamos, en un Lexus blanco de alta gama que cuesta más que nuestras dos carreras juntas en Brakenhall.
Mi hermano conduce mientras tamborilea con sus dedos al ritmo de la música, y yo observo cómo desfila el paisaje a nuestro lado a través de la ventanilla.
Los edificios de cristal dan paso a calles más tranquilas, parques con niños jugando y árboles que ya empiezan a desprender las primeras hojas del otoño. El cielo está despejado y el sol entra por el parabrisas con esa calidez engañosa que anuncia que el verano ya es solo un recuerdo.
No puedo dejar de sonreír, porque solo pienso en Charlie y en la cara que va a poner cuando nos vea aparecer.
Fantaseo con abrazarlo, aunque sea solo unas horas.
Mi hermano va a olvidarse de psicólogos, informes y visitas supervisadas de la asistenta social por un rato y solo va a ser un niño con sus dos hermanos mayores.
—Estás sonriendo sola —comenta Kael, que me observa de reojo.
—¿Y?
—Da miedo —bromea y le doy un golpe flojo en el brazo.
—Cállate y conduce.
—Eso intento —me explica—, pero si sigues distrayéndome con esa sonrisa, igual acabamos chocando el coche de Ethan contra una farola.
—No creo que a Ethan eso le preocupe mucho.
—A ese capullo parece que nada le importa lo suficiente…
—Es una suerte vivir tan indiferente a todo —digo pensativa.
—No creas que es oro todo lo que reluce, hermanita.
—¿Por qué dices eso? —le pregunto frunciendo el ceño y él suspira.
—Porque debajo de esa sonrisa radiante y de ese rubio impecable guarda una larga historia…
—Tenemos tiempo, cuéntame —le pido y él niega.
—Esa historia corresponde contarla a Ethan, cuando le llegue su momento —afirma y asiento.
Kael sonríe al ver que no insisto y sube un poco el volumen de la música.
Veinte minutos después, el navegador anuncia que hemos llegado.
La casa aparece al final de una calle tranquila.
No es grande, pero el jardín delantero está cuidado y hay varios dibujos infantiles pegados en las ventanas que dan hacia la calle.
Kael apaga el motor y los dos permanecemos unos segundos en silencio antes de bajar. Nada más llamar a la puerta, una mujer nos recibe con una sonrisa educada.
—Buenos días, chicos.
—Buenos días, Mona —la saluda Kael estrechando su mano.
Hacía un mes que había estado por última vez aquí cuando esta señora se presentó como la dueña de la casa de acogida. Ahora ella nos invita a pasar y la seguimos hasta acceder a lo que parece una oficina.
—Charlie está adaptándose bien, pero ha sido una semana complicada —nos dice y noto cómo el estómago se me encoge.
—¿Ha pasado algo? —pregunto.
—Ha tenido varias pesadillas y le está costando gestionar el cambio, pero el psicólogo está muy contento con sus avances —me explica y sé que no debe de ser fácil para él estar sin nosotros.
—Solo quiero recordaros que la visita será hasta la hora de comer. Después Charlie tiene terapia y preferimos que mantenga su rutina.
—Lo entendemos —confirma Kael.
—También os pido que intentéis no hacerle falsas promesas sobre el tema de cuándo volveréis a visitarlo —nos advierte.
Asentimos los dos al unísono. No hace falta que nos lo diga, ya hemos pasado por esto con él y sabemos lo difícil que es estar lejos de los seres que amas y contando los días para volver a verlos.
La mujer se levanta para ir a buscarlo y nosotros permanecemos en silencio hasta que una voz familiar nos arranca una sonrisa.
—¡¡Daf!! ¡¡Kael!! —exclama la vocecita de mi hermano cuando lo veo corriendo hacia nosotros con una sonrisa gigante.
Se lanza sobre mí con todas sus fuerzas y lo abrazo antes de que pueda decir una sola palabra más. Y, durante unos segundos, el resto del mundo deja de existir.
—¡Estáis aquí! —grita con la voz ahogada contra mi cuello.
—Claro que estamos aquí, peque —susurro emocionada y me aparto solo lo justo para acunar su rostro entre mis manos.
Ha crecido desde la última vez que lo vi. Tiene el pelo un poco más largo, las mejillas menos redondas y un par de pecas que juraría que antes no estaban.
—Estás enorme —le halago y él sonríe orgulloso.
—¡Ya casi te llego al hombro!
—Eso hay que comprobarlo —añado, me pongo de pie junto a él y niego sonriente—. Todavía te falta comer mucho.
—¡Pues dentro de poco a Kael le llego al pecho! —insiste, y mi hermano mayor resopla fingiendo aburrimiento.
—Eso tampoco es un gran mérito, yo mido un metro noventa —le informa y Charlie se gira hacia él con una sonrisa traviesa.
—¿Me has echado de menos? —le pregunta y aunque Kael intenta mantener esa expresión despreocupada que siempre lleva puesta, falla estrepitosamente cuando sonríe.
—Muchísimo —afirma sonriente despeinándolo con la mano.
Charlie lo abraza y veo cómo Kael cierra los ojos durante apenas un segundo, como si necesitara ese abrazo tanto como él. Cuando se separan, Charlie empieza a hablar sin parar.
—¡Tengo un montón de cosas que contaros! He aprendido a jugar al ajedrez mucho mejor, hice un experimento en ciencias que explotó... pero no fue culpa mía, lo prometo, y también tengo un amigo nuevo que se llama Lois, aunque hace trampas cuando jugamos al Monopoly.
—¿Explosiones y Monopoly? —pregunta Kael, que arquea una ceja divertido—. Veo que has aprovechado bien el mes.
—¡Y también sé resolver casi una cara entera del cubo de Rubik! —nos explica.
—Eso sí que es alucinante, pero me preocupa todo eso que me cuentas… —comenta Kael, y Charlie ríe.
—¿Por qué?
—Porque dentro de poco vas a ser más listo que tu hermana —responde y le doy un codazo simulando que me enfado.
Charlie se ríe tan fuerte que incluso Mona sonríe desde la puerta.
—¿Nos vamos? —pregunta Charlie, dando pequeños saltos de impaciencia hacia la salida mientras nos agarra una mano a cada uno y tira de nosotros con urgencia.
—Creo que alguien tiene un plan para nosotros —sospecha Kael feliz y asiento.
—Pues venga. ¡No quiero perder ni un minuto!
Nos dejamos arrastrar por él hasta la salida y, por unas horas, solo somos una familia de tres pasando una mañana de sábado fuera del sistema de acogidas.
Charlie no deja de hablar ni un segundo desde que salimos de la casa.
Nos cuenta que su profesor de ciencias dice que tiene facilidad para las matemáticas y que ha ganado dos partidas seguidas al ajedrez.
Kael lo escucha con atención y yo me limito a observar a mis dos hermanos, queriendo grabar sus sonrisas para siempre en mi memoria.
Llegamos a un parque y aunque es pequeño, está lleno de niños corriendo de un lado a otro. Los columpios chirrían con cada impulso y Charlie desaparece en cuestión de segundos hacia el tobogán. Kael y yo nos sentamos en un banco y, durante un instante, nos limitamos a disfrutar de verlo tan feliz.
—Ha crecido —murmuro pensativa.
—Demasiado —confirma Kael, que no aparta la vista de él.
Charlie le hace señales desde lo alto de la estructura de madera.
—¡Kael, ven!
—Ni hablar —responde mi hermano—. Ya soy demasiado mayor para esas cosas.
—Cobarde —grita mi hermano pequeño.
—¿Cobarde yo? —replica ofendido a la vez que se pone en pie de un salto—. Ahora vas a enterarte.
Me río al verlo correr detrás de Charlie por todo el parque hasta que lo atrapa, lo abraza y se lo come a besos. Yo observo desde el banco y saco el móvil para hacerles una foto, y termino haciéndoles diez más.
Charlie se tropieza con sus propios cordones y cae de culo sobre la arena. Mi corazón da un vuelco, pero antes de que pueda levantarme, él mismo rompe a reír y Kael llega hasta él para cogerlo en brazos.
—¡Sigo vivo!
Los dos empiezan a reírse tan fuerte que acabo contagiándome de su felicidad y durante unos minutos olvido todo.
Cuando es casi el mediodía, nuestros estómagos rugen hambrientos y Kael nos propone ir a un puesto de perritos calientes. Es una opción irresistible y caminamos por la avenida principal de Somerville hasta el primer sitio que encontramos.
—Tres completos, por favor —pide Kael.
—¿Puedo yo echarle kétchup al mío, por favor? —pide Charlie al vendedor, que no duda en darle la botella de salsa.
—No te pases o no serás capaz de comértelo —dice Kael.
—Adoro el kétchup —afirma Charlie.
—Precisamente ese es el problema —afirmo sonriendo.
Y el resultado es exactamente el que me imaginaba. La mitad del kétchup termina sobre la salchicha y la otra mitad sobre la nariz de Charlie. No puedo evitar soltar una carcajada y Kael intenta reprimir la suya mientras niega con la cabeza.
—Eres un desastre —susurra Kael.
—Dafne dice que me parezco a ti —le recuerda con orgullo.
—Yo por lo menos sé echar el kétchup —rebate Kael dándole veinte dólares al vendedor.
—Porque eres un viejo —se queja mi hermano pequeño.
—Tengo diecinueve años.
—Eso es igual a viejo —lo pica Charlie y Kael finge ofenderse llevándose una mano al pecho.
—Dafne, dile algo.
Ambos esperan a que hable, pero aprovecho el momento y levanto el móvil. Activo la cámara frontal y nos hago un selfie donde salimos los tres.
—Muchísimo mejor así.
Charlie pone una mueca divertida para la foto, mientras que Kael protesta porque, según él, siempre sale fatal en ellas. No le hago caso y sonrío feliz, porque, por primera vez en mucho tiempo, siento que, durante unas horas, la vida nos ha devuelto un pedacito de todo lo que nos quitó.
El tiempo pasa demasiado deprisa cuando estás feliz, pero cuando llegamos a la casa, Charlie deja de sonreír. Baja la mirada hacia sus zapatillas y aprieta con fuerza mi mano. Ese silencio, pesa más que cualquier despedida.
—Vamos, campeón —susurra Kael agachándose para ponerse a su altura.
—¿Volvéis la semana que viene? —le consulta.
Miro a Kael, que traga saliva, y sé que las palabras se quedan atrapadas en su garganta, porque no podemos prometer algo que no sabemos si podremos cumplir.
—Lo intentaremos y te traeré galletas —respondo dándole un beso en la sien a mi hermano.
Me arrodillo frente a Charlie y lo abrazo con todas mis fuerzas. Él tarda apenas un segundo en rodearme el cuello con los brazos y, entonces, rompe a llorar. Las lágrimas de mi hermano pequeño hacen que las mías amenacen con salir.
—Ojalá pudiera ir con vosotros —murmura entre sollozos.
Cierro los ojos con fuerza y noto una lágrima resbalar por mi mejilla, porque no hay nada que desee más en este mundo que estemos juntos los tres.
Kael se agacha a nuestro lado, nos abraza a los dos y le da un beso a Charlie.
Cuando se aparta un poco, veo que le revuelve el pelo con una sonrisa que no consigue esconder la tristeza de su alma y carraspea antes de hablar.
—Eh... la próxima vez te ganaré en una partida de ajedrez —dice y Charlie esboza una sonrisa diminuta entre lágrimas.
—Te ganaré yo, porque Dafne siempre ha dicho que eres malísimo jugando.
—Eso es verdad —añado intentando aligerar el ambiente, y funciona, porque Charlie suelta una risita ahogada.
Mona nos da unos minutos más antes de acercarse con delicadeza para llevarse a nuestro hermano. Charlie vuelve a abrazarnos y cuando por fin nos separamos, levanta la mano para despedirse.
—Hasta pronto.
—Hasta pronto, peque —decimos al unísono, y nos quedamos hasta que vemos la puerta de la casa cerrarse.
El trayecto de vuelta a Brakenhall transcurre en silencio. Kael conduce con la mirada clavada en la carretera y aunque la música suena en la radio, ninguno de los dos le prestamos atención.
Apoyo la cabeza contra la ventanilla y, poco a poco, las calles de Somerville empiezan a quedarse atrás. Cuando veo el cartel que indica que entramos en la autopista hacia Boston, las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas sin que pueda detenerlas.
Mi móvil vibra sobre mis piernas y frunzo el ceño extrañada cuando leo el nombre de quien llama. Miro a Kael, que espera una respuesta, y trago saliva para intentar aclararme la garganta antes de hablar.
—Papá…
—No lo cojas —me pide Kael, pero aun así descuelgo.
—¿Sí?
—Hola, Daf —me saluda y su voz suena exactamente igual que la recordaba, como si el muy cretino nunca hubiera desaparecido de nuestras vidas—. ¿Cómo estás? —me pregunta, y me seco una lágrima con el dorso de la mano.
—Bien —respondo.
—¿Y tus hermanos?
—Están bien —comento.
—Me gustaría verte —sugiere y veo cómo Kael aprieta el volante con fuerza y niega para sí.
Kael estira el brazo y, antes de que pueda reaccionar, me quita el teléfono con una calma que me sorprende. Ni siquiera aparta la vista de la carretera y acerca el móvil a su oído.
—Has perdido ese derecho hace mucho tiempo —sentencia con voz fría y cuelga.
Kael deja el teléfono sobre mi regazo y por un instante ninguno de los dos dice nada.
Afuera, los árboles y los arbustos de la autopista siguen desfilando a toda velocidad.
Dentro del coche, sin embargo, el tiempo parece haberse detenido.
Porque siempre pensé que lo más difícil de la vida era aprender a vivir sin un padre, pero nunca imaginé que volver a escuchar su voz pudiera doler todavía más.