CAPÍTULO 18
Los hospitales siempre huelen igual, a lejía, a café barato y a miedo. Da igual el tiempo que pases aquí o la planta en la que estés, el olor siempre termina encontrando la forma de meterse debajo de la piel para recordarte que entre estas cuatro paredes nadie es más que nadie.
Cruzo el pasillo con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera.
A mi alrededor observo a médicos que caminan con prisas, familiares cargando con bolsas de ropa limpia y niños empujando goteros como coches de carreras.
Hace años que este lugar dejó de resultarme extraño.
Conozco todos los atajos para llegar antes a cada zona y a cada máquina que sirve agua sucia con sabor a café.
Hasta, si cierro los ojos, soy capaz de visualizar perfectamente el letrero que informa que estamos en la zona de oncología pediátrica.
—Buenos días, Axel —me saluda sonriente Miranda, una de las enfermeras, mientras termina de revisar un historial en la puerta de una habitación.
—Buenos días. ¿Cómo está Emma hoy? —pregunto y ella esboza una sonrisa.
—Si le preguntas a ella, te dirá que está perfectamente y que ya puede irse a casa.
—Entonces significa que tiene un buen día —comento y ella asiente.
Continúo caminando hasta la habitación 218 y ni siquiera necesito confirmar el número, porque siempre ingresa en la misma habitación. Empujo la puerta despacio y me asomo con cuidado por si está dormida.
—¡Axel!
Emma deja el libro sobre la cama y sale disparada hacia mí con una energía que no le pega nada a alguien que ha estado toda la mañana conectada a un gotero. La atrapo cuando se lanza a mis brazos y aguanto la punzada que me atraviesa el costado izquierdo.
Joder… La paliza de anoche todavía me está pasando factura. Aprieto la mandíbula para que no se me note el malestar y le doy un beso en la sien.
—Si me abrazas con tanta fuerza, vas a romperme las costillas, renacuaja.
—¡Mentiroso! Tú eres indestructible.
—Ojalá, peque, pero no soy ningún superhéroe.
—Para mí, lo eres —susurra apartándose lo justo para mirarme fascinada.
Emma lleva un gorro de lana burdeos cubriéndole la cabeza y unas gafas demasiado grandes para su cara.
Sobre la cama hay un libro infantil y una libreta llena de dibujos, junto a un estuche de rotuladores.
Si alguien entrara ahora mismo en la habitación sin fijarse en el gotero, pensaría que solo es una niña pasando la mañana. Ojalá fuera así.
—Mira —me dice enseñándome un dibujo de un león enorme con unos guantes de combate aún más grandes.
—¿Ese soy yo? —le pregunto sin poder evitar reírme.
—Claro.
—Eres toda una artista —añado dándole un beso en la sien.
—Qué pelota eres.
—No soy pelota, es la verdad —aseguro admirándola—. ¿Cómo estás?
—Aburrida —responde encogiéndose de hombros y sonrío.
Porque para mí también es buena señal. Prefiero a mi hermana aburrida, antes que a una Emma demasiado cansada para quejarse.
—¿Y tú?
—Yo estoy genial, enana —contesto mientras ella me observa con esos ojos enormes que parecen verlo todo.
—¿Cómo te fue la pelea de anoche?
—Fue complicada… La liga de la Fight Night este año tiene mucho nivel, pero, a pesar de la dura pelea, al final gané —explico a mi hermana.
Durante un segundo recuerdo la sangre resbalando por mi ceja, mis nudillos quejándose por el dolor de la acumulación de peleas en la semana. La verdad es que me costó ganar. Estaba agotado, aunque mi mente me recordaba las mil razones por las que tenía que mantenerme en pie.
—Sé que nadie puede contigo —me asegura.
No me siento invencible por ello, pero ver esa sonrisa en su rostro… hace que todo el dolor merezca la pena.
La puerta de la habitación se abre y mi madre entra con el uniforme azul del supermercado todavía puesto.
Trae el pelo recogido de cualquier manera y, aunque sonríe, tiene más ojeras que un mapache.
En una mano tiene una bolsa con frutas y en la otra, un café.
Cuando nos ve sentados en la cama, amplía su sonrisa.
—¿Llevas mucho aquí?
—Acabo de entrar.
Ella se acerca para darle un beso en la frente a Emma y luego llega hasta mí para darme un beso en la mejilla.
—¿Has dormido algo? —le pregunto y ella sonríe.
—Claro, hemos dormido genial esta noche. ¿Verdad, princesa? —Sé que miente, pero no puedo hacer otra cosa que aceptarlo.
—Me alegro.
Mi hermana se queda dormida poco después de comer. La televisión continúa encendida con el volumen al mínimo mientras mi madre termina de comerse una manzana. Me acerco hasta ella despacio para no despertar a Emma; mi madre no pierde su sonrisa.
—¿Cómo te va en el trabajo?
—Bien —responde y suspira cansada.
—Eso ha sonado muy poco convincente —le aseguro alzando una ceja.
—Han despedido a dos compañeras y ahora hacemos el trabajo de cuatro. Lo de siempre, pero estoy enviando currículums a otras empresas; tal vez haya suerte y vuelva a trabajar de lo mío —me explica y asiento.
No hace falta que añada nada más. Lleva años trabajando en ese supermercado, desde que el cabrón de mi padre le arrebató todo. Mi madre tiene estudios, tenía un futuro brillante y ese hijo de puta tiró de sus contactos para que se le cerraran todas las puertas cuando ella se marchó.
—Y esta semana he empezado a hacer algunas horas por las tardes en la cafetería de la estación que queda cerca de casa —continúa intentando quitarle importancia, mientras coge el vaso de café.
—¿Qué?
—Solo son un par de horas —dice dando un sorbo al café.
—Mamá…
—Es un extra —insiste y niego.
—No hace falta —le aseguro y ella deja el vaso sobre la mesita.
—Axel…
—Ya me encargo yo —afirmo, y su mirada se endurece, molesta por mis palabras.
—¿Y a qué coste, hijo? —me pregunta—. Porque no soporto pensar que estés pagando todo el tratamiento a base de recibir golpes.
—Solo es entrenamiento —susurro mirando mis nudillos—. Me viene bien si quiero llegar a la liga profesional.
Mi madre guarda silencio y tarda unos segundos en contestar. Me observa, como si pudiera ver más allá de mí, y niega para sí a la vez que suelta un suspiro.
—A veces hablas igual que tu padre.
Sus palabras me golpean con más fuerza que cualquier puñetazo recibido anoche y doy un paso atrás.
—No soy como él —me defiendo con rapidez.
Ella me mira con ternura y se levanta para acercarse a mí. Me aparta un mechón de pelo de la frente y después me acaricia la mejilla con la yema de sus dedos. Una caricia llena de afecto que me hace cerrar los ojos al sentir que me desarma por completo.
—Lo sé cariño, y menos mal que no eres como él —susurra y en sus labios se asoma una pequeña sonrisa.
—¿Por qué dices eso?
—Porque tu padre siempre tuvo dinero, pero nunca tuvo corazón… —Hace una pausa sin que sus dedos dejen de acariciar mi mejilla—. Y tú eres todo corazón.
Durante un instante soy incapaz de sostenerle la mirada, porque llevo años intentando convencerme de que pelear no duele.
Que sangrar forma parte del trabajo y que todo el sacrificio merece la pena.
Pero cuando mi madre me mira de esta forma, vuelvo a sentirme como un crío de diez años en sus brazos.
—Todo esto acabará algún día —murmuro y ella asiente.
No sé si quiero convencerla a ella o a mí mismo de que así será. Necesito pensar con claridad y controlar mis emociones. Por eso le digo que tengo que ir a hacer una llamada, pero la verdad es que tengo que pagar un par de facturas.
Cuando llego al mostrador, la administrativa no tiene ni que mirarme, ya se sabe de memoria mi nombre. Teclea un par de letras, hace clic con el ratón y segundos después la impresora escupe varias hojas.
—Hola, Axel.
—Hola, Bimba. ¿Cuánto es esta vez la multa?
—Tratamiento y tres días ingresada, lo mismo que la última vez —me dice entregándome la factura.
No necesito mirarla, conozco de sobra la cifra porque cada ciclo suele tener el mismo coste.
Abro la cartera y saco el dinero. Lo dejo sobre el mostrador y la mujer cuenta los billetes con una rapidez brutal.
Pienso que para ella, tal vez solo es dinero, pero para mí, esos billetes son el recuerdo de una pelea con tres asaltos y el cuerpo gritándome que ya no podía seguir.
—Perfecto —afirma sacándome de mis pensamientos mientras sella la factura como pagada.
—Muchas gracias —digo y doblo el documento para guardarlo junto con la cartera en mi bolsillo.
Me alejo del mostrador y rememoro el jueves, cuando intenté darle a Dafne dinero para ofrecerle una salida y ella montó en cólera.
Es curioso, porque cualquier otra chica consentida de Brakenhall habría cogido la bolsa antes incluso de preguntar de dónde había salido el dinero y se lo habría gastado en un bolso o en unos zapatos de un diseñador de moda.
Allí todo el mundo parece tener un precio, menos ella.
Dafne ha preferido seguir atrapada en la oscuridad del Nido antes que aceptar una libertad comprada con mi propia sangre. Y, por extraño que parezca, eso hizo que todas las barreras que había construido para alejarme de ella cayeran y quedaran en ruinas.
Salgo al pasillo y veo a mi madre sacando de la máquina de café un nuevo vaso. Es el tercero en el rato que llevo aquí con ella. Por suerte no me ve y me quedo observándola.
Sé que está agotada, que seguramente ha pasado una mala noche en ese incómodo sillón, que se ha ido a trabajar a las seis de la mañana y que cuando ha terminado a las dos, ha vuelto aquí con Emma.
Mientras ella se deja el alma por mi hermana pequeña, mi padre probablemente estará desayunando tranquilamente en alguno de esos clubes sociales donde el café cuesta más que una hora de trabajo de mi madre o jugando al golf con alguno de sus amigos.
No lo sé.
Hace años que no me importa la vida de ese cabrón.
A él no le interesa saber cuántas veces ingresa Emma al año, pero sí se preocupa de recordarle a mi madre, a través de sus abogados, que no se atreva a reclamarle nada, porque el apellido Blackwood pesa mucho más en un juzgado que la palabra justicia.
Veo a mi madre entrar de nuevo en la habitación donde está mi hermana y aprieto la factura dentro del bolsillo.
Pienso que aunque tengas todo el dinero del mundo, no sirve de nada si no tienes salud…
Pero luego miro a mi hermana sonreír y recuerdo que puede que no compre la salud, pero me sirve para comprar un poco más de tiempo y, tal vez, una oportunidad más de vida.