CAPÍTULO 17
Carry You Home – Alex Warren
Intento centrarme en la explicación del profesor, de verdad que lo intento, pero no puedo porque mi mente sigue pensando en ese número que se ha quedado grabado en mi cabeza.
El rotulador chirría sobre la pizarra mientras explica la evolución de los medios de comunicación digitales, y yo llevo exactamente cuarenta y tres minutos mirando el mismo punto de papel.
Levanto la vista hacia el reloj que hay sobre la pizarra y veo que todavía quedan veinte minutos de clase. Resoplo y una vez más pienso…
¿Qué demonios habrá en esa taquilla?
¿Apuntes? No creo.
¿Algún libro? De qué.
¿Algo relacionado con la entrevista? No, si fuera eso, simplemente me lo habría dado él.
No tiene sentido, pero, al parecer, nada de lo que hace Axel Blackwood lo tiene.
La segunda clase resulta incluso peor, es Marketing y aunque normalmente me encanta, hoy podría estar hablándome el mismísimo Steve Jobs que seguiría pensando exactamente en lo mismo.
Taquilla 218.
¿A qué juegas, Axel?
Empiezo a golpear el bolígrafo contra la libreta hasta que Beatrice me da un codazo.
—¿Quieres dejar de hacer eso? —susurra sonriente.
—Perdón.
—¿Qué te pasa hoy? —me pregunta y niego rápidamente.
—Nada —miento.
Cuando por fin suena el timbre, recojo las cosas tan deprisa que casi tiro la botella de agua.
—¿A dónde vas?
—Tengo una cosa que hacer.
—¿No íbamos a ir a la cafetería? Tenemos una hora libre —me recuerda.
—Ve tú, luego te busco.
Ni siquiera espero su respuesta y salgo prácticamente corriendo de la clase.
Llego al pasillo de las taquillas y, para mi sorpresa, no hay nadie.
Supongo que está más concurrido a primera hora, cuando los alumnos vienen a coger sus cosas.
Yo no solicité una porque prefiero mantener todas mis cosas en mi habitación de la residencia.
Camino despacio y voy buscando el número… 177, 178… 200… 216, 217… 218.
Aquí está.
Paso los dedos por la chapa metálica y de repente me siento ridícula. Porque mi mente me recuerda que quizás no haya nada interesante, o tal vez no haya absolutamente nada y se está burlando de mí.
Saco el papel del bolsillo de mi mochila y al desdoblarlo miro el código de cuatro dígitos. Echo un vistazo a mi alrededor y confirmo que no hay nadie cerca. Empiezo a girar la rueda; cuando he introducido los cuatro dígitos, suena un pequeño clic y mi corazón empieza a latir con fuerza.
Abro la puerta y me quedo completamente inmóvil, porque dentro solo hay una bolsa de deporte negra y una nota.
«Lo necesitas más que yo.
Quédatelo, novata,
y deja el Nido del Cuervo».
Trago saliva, intentando serenarme, y mis dedos agarran la cremallera, pero por un instante dudo si abrirla. Sin embargo, la curiosidad puede más y sigo adelante. De repente, el aire desaparece de mis pulmones.
Hay mucho dinero. Decenas de fajos de billetes perfectamente ordenados en paquetes de cien y cincuenta. Joder, aquí hay más dinero del que he visto junto en toda mi vida.
Retrocedo un paso y mi respiración empieza a acelerarse. Sé que ese dinero lo saca de las peleas, y no, no puedo aceptarlo. Cierro la cremallera de golpe y parpadeo varias veces mirando la chapa de metal; enseguida la rabia me invade.
—Será imbécil… —mascullo.
¿Quién demonios se cree que es?
¿Piensa que todo el mundo tiene un precio?
¿Que puede solucionar cualquier problema con una bolsa llena de dinero?
Aprieto la mandíbula.
Respiro.
Cojo la bolsa y echo a andar con paso decidido.
Aunque, más bien, prácticamente corro, porque solo tengo una cosa clara…
Axel Blackwood acaba de pasarse tres pueblos.
Salgo del edificio con la bolsa golpeándome contra la pierna a cada paso que doy y atravieso el campus con el papel arrugado en mi mano.
La rabia me hierve bajo la piel. No sé qué me enfada más, que pretenda comprarme o que una parte de mí piense que le importo.
Cruzo la avenida principal casi sin mirar y lo veo entrenando en el pabellón deportivo a través del enorme ventanal.
Axel está sobre el octógono. No está peleando, parece que ayuda a un chico a corregir una combinación de golpes.
Observo que se mueve con la misma facilidad con la que otras personas respiran.
Seguro y preciso, como si su cuerpo hubiera nacido para hacer exactamente eso. Empujo la puerta del gimnasio y el sonido de los sacos golpeados, las pesas y las conversaciones llenan el pabellón.
Conforme voy avanzando por el gimnasio, los chicos se van girando y no pierden su atención sobre mí cuando subo los escalones que me llevan directamente hacia la jaula y abro la puerta de la verja.
Axel me ve acercarme y antes de que pueda decir una palabra, le lanzo la nota del el código que me dio hecha una bola de papel que golpea sobre la frase que lleva tatuada en el pecho y luego cae a sus pies.
Él baja la vista, sé que reconoce el papel, y luego me mira sin sorpresa alguna. Parecía estar esperando que yo llegara.
—¿Qué coño significa esto? —le pregunto soltando la bolsa frente a sus pies.
Axel mira un instante al chico que hay sobre la lona y luego me mira a mí.
—Baja cinco minutos.
El chico no duda, obedece y en un instante solo estamos él y yo, y a nuestro alrededor decenas de miradas que fingen que no nos observan. Axel sigue sin decir nada y me cruzo de brazos.
—Te he hecho una pregunta, Blackwood.
Él me observa con calma, avanza un paso hacia mí, acercándose más a la bolsa, y la mira un instante antes de volver a la vista hacia mí.
—La has abierto.
—¿En serio? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir? —pregunto con una sonrisa incrédula. Al ver que no responde, doy un paso hacia él aún más cabreada—. ¿Qué coño significa todo esto?
—Es dinero —responde en un susurro tranquilo y aprieto la mandíbula.
—Eso ya lo he visto. ¿Pretendes comprarme?
Al hacerle esa pregunta hay algo que cambia en su expresión, como si le hubiera molestado más de lo que quiere admitir.
—No —afirma—. Pretendo que dejes de trabajar para ese hijo de puta.
El aire parece quedarse suspendido entre los dos y niego lentamente, incapaz de digerir lo que acaba de decirme.
—No necesito tu caridad.
—No es caridad —sentencia y da otro paso hacia mí dejando la bolsa a un lado—. Es una salida.
—No pienso aceptar ni un solo dólar tuyo.
Axel inspira despacio en un intento por sonar tranquilo.
—Te están presionando para que subas a bailar frente a un puñado de morbosos —me recuerda y todo mi cuerpo se queda inmóvil.
Guardo silencio y trago saliva cuando un escalofrío me recorre la espalda.
—Novata, ese es el principio… Después vendrá hacer un privado y después, chuparle la polla a un cliente —dice tan bajo que casi no puedo oírle. Se acerca un poco más—. Y cuando quieras darte cuenta, ya no podrás salir de ahí, porque le pertenecerás a él.
—Estás equivocado —le contradigo porque no quiero darle la razón. Axel me mira serio y me sostiene la mirada de una forma tan íntima que creo que es capaz de ver todo el dolor que alberga mi alma.
—Novata, llevo demasiado tiempo viendo cómo funciona ese lugar y sé cómo arruinan la vida de las chicas que trabajan en él.
Entonces bajo lentamente la vista hacia la bolsa y después miro sus manos con vendas, y pienso en esos nudillos con heridas que nunca terminan de cicatrizar.
Recuerdo el sótano, esas peleas salvajes y, poco a poco, las piezas empiezan a encajar solas.
Alzo la cabeza muy despacio, mi corazón empieza a latir con fuerza y vuelvo a perderme en su mirada.
—¿Cuántas peleas te ha costado ese dinero? —pregunto y él guarda silencio—. Axel… ¿cuántas?
Él aprieta la mandíbula y durante unos segundos creo que no va a responder, porque niega para sí, como si estuviera librando una batalla interna.
—Las suficientes para darte una salida.
Se me corta la respiración y miro la bolsa que está en el suelo.
En su interior ya no veo dinero, sino golpes y sufrimiento.
Levanto la vista lentamente y veo cómo aprieta la mandíbula mientras me observa serio.
No dice nada, pero ese silencio me lo dice todo.
Vuelvo a tragar saliva en un intento por diluir el nudo de angustia que me oprime la garganta y me impide respirar.
—No pienso coger ese dinero.
—Entonces deja el trabajo —insiste.
—No puedo.
—Sí puedes, necesitas el dinero para Charlie. Aquí lo tienes.
—¡No! —sentencio y mi voz retumba por todo el pabellón.
Varios chicos vuelven a girarse hacia nosotros y esta vez me da igual.
—¡Deja de decidir por mí!
—No estoy decidiendo por ti.
—¡Sí! —aseguro dando un paso hacia atrás—. Igual que mi padre, que los servicios sociales, que el Buitre. Actúas igual que ellos. Todos creen que saben qué es lo mejor para mí y nadie se molesta en preguntarme qué quiero.
Por primera vez desde que lo conozco, Axel se queda sin palabras. Sus labios se entreabren ligeramente, como si quisiera responder, pero no dice nada y el silencio entre los dos pesa más que cualquier palabra.
Suelto el aire que llevo conteniendo desde que abrí aquella maldita taquilla, me doy media vuelta y dejo la bolsa junto a sus pies.
Necesito salir de aquí. Necesito volver a respirar.
Bajo del octógono con el corazón golpeándome las costillas y atravieso el pabellón mientras siento decenas de miradas clavadas en mi espalda.
Empujo la puerta de cristal y el aire me golpea el rostro como una bocanada de oxígeno. Justo entonces me doy cuenta de que estoy temblando, no sé si de rabia o por todo lo que Axel Blackwood consigue despertar en mí.
Camino deprisa por el sendero que lleva al Isabella´s e intento convencerme de que esto termina aquí. Que esa bolsa no significa nada y que él no significa nada.
Sigo avanzando cuando de repente unos dedos firmes me rodean suavemente la muñeca. No aprietan, solo me detienen.
Cierro los ojos un instante antes de girarme y cuando lo hago, veo que Axel está frente a mí, con la bolsa colgada de uno de sus hombros y respira con más fuerza de lo habitual.