Más allá del odio. CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El café de la máquina expendedora del pasillo sabe a agua sucia. Está asqueroso, pero igualmente le doy otro sorbo porque necesito mantener los ojos abiertos. No sé si he dormido una hora o tres, pero cada vez que cierro los párpados mi mente vuelve al mismo lugar…

Al sótano del Nido del Cuervo.

Los gritos, los golpes y el olor a sangre, alcohol y sudor era demasiado real, sobre todo porque mi mente rememoraba la escena de Axel sonriendo mientras recibía golpes como si el dolor fuera el único idioma que entendiera.

Aprieto el vaso de cartón entre las manos y continúo caminando por el campus.

El sol de finales de septiembre ilumina los jardines de Brakenhall.

Los estudiantes atraviesan las calles de la universidad con prisas; algunos cargan apuntes bajo el brazo y otros desayunan sentados sobre el césped sin nada más importante que hacer que socializar.

Todo parece demasiado normal. Cuesta creer que muchos de ellos van cada noche a ese lugar oscuro, donde apuestan miles de dólares para ver cómo otros se destrozan a puñetazos.

Y lo que más me cuesta digerir emocionalmente es que Axel Blackwood forme parte de ese oscuro mundo.

«Sal del Nido del Cuervo mientras puedas».

Su voz vuelve a mi cabeza, porque fue una súplica; en sus ojos grises había verdadera preocupación por verme allí y, precisamente por eso, no consigo quitarme de encima la conversación en el vestuario.

Porque Axel no parece un chico que suplique por nada a nadie.

Suelto el aire lentamente e intento pensar en otra cosa, necesito distraerme. Entonces recuerdo que por fin este sábado iremos a ver a Charlie. Necesito verlo, lo echo mucho de menos y, aunque sean solo cinco minutos, serán como una burbuja de oxígeno.

Tengo clase dentro de veinte minutos y todavía necesito devolver un par de libros, así que empujo la puerta de la biblioteca central y un silencio agradable me envuelve al instante.

Reconozco que es de los lugares que más me gustan de esta universidad, porque es el único rincón donde el tiempo parece detenerse y donde realmente se respira tranquilidad.

Camino entre las estanterías hasta llegar al mostrador de préstamos y entonces la veo.

Siena está colocando varios libros en un carrito metálico mientras revisa unas fichas.

Lleva el pelo recogido en una trenza baja y unas gafas redondas que le dan un aspecto todavía más tímido.

Levanta la cabeza al oír mis pasos y sonríe con esa prudencia de quien nunca sabe si tiene permiso para hacer algo.

—Hola —dice.

—Hola —susurro—. ¿Trabajas aquí?

—No exactamente —responde mientras coloca otro libro en el carro—. Vengo algunas horas como voluntaria.

—¿Y eso?

—Me ayuda a despejarme —comenta y su sonrisa se vuelve un poco más sincera.

No necesita decir nada más porque la entiendo. Los libros tienen la magia de nunca juzgar a nadie y siempre están dispuestos a hacernos viajar lejos de lo que nos asfixia mostrándonos un universo de posibilidades donde nosotras elegimos nuestro propio destino.

La observo unos segundos y aunque me sonríe, sus ojos siguen transmitiendo la misma tristeza que vi la otra noche en la fiesta privada.

—¿Cómo estás? —pregunto con una sonrisa amable.

—Bien —responde con rapidez y noto que no es especialmente buena mintiendo.

—Quiero decir, después de que ese gilipollas te tirara la copa encima en la fiesta —le recuerdo y la sonrisa desaparece de su rostro.

—Logan siempre ha sido así —me explica y baja la vista hacia el libro que tiene entre las manos.

—No deberías permitir que te trate de esa manera —le aseguro y ella me mira como si dudara en confiar en mí.

—Es fácil decirlo cuando no compartes apellido con él —susurra.

—¿Es tu hermano? —pregunto y niega lentamente.

—Mi hermanastro —me rectifica—. Mi madre se casó con su padre cuando yo era pequeña… Y bueno, yo solo intento no cruzarme con él.

—Pues tu hermanastro a mí me parece que es un gilipollas —le aseguro y por un segundo, Siena me mira sorprendida y luego se ríe.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque nadie suele decirlo en voz alta.

—Pues cuando quieras lo gritamos a pleno pulmón —bromeo y ella asiente feliz—. Si necesitas hablar, que sepas que estoy dispuesta a escucharte.

—Gracias…

—Por cierto, la otra noche no me presenté… Me llamo Dafne, aunque puedes llamarme Daf —me presento.

—Gracias por todo, Daf —agradece alegre y mira los libros que tengo en mis manos—. ¿Son para devolver?

—Sí, ¿te los dejo a ti?

—Claro, yo me encargo —responde con una sonrisa amable.

—¿Novata, ya has encontrado otra persona a la que rescatar? —preguntan a mi espalda y reconozco la voz grave de Axel.

Me giro, y está justo detrás de mí, vestido con el uniforme impecable, una mochila colgada al hombro y las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Sinceramente, no sé cuánto tiempo lleva aquí, pero tiene esa sonrisa de arrogante que tanto me desespera.

—Yo... debería seguir trabajando —susurra Siena.

—Gracias por recoger mis libros —le digo y ella asiente.

—Un placer, Dafne.

Espero a que se aleje con el carrito de libros antes de volverme hacia Axel, que continúa observándome impasible. Me cruzo los brazos y tomo aire para intentar controlar el mal humor que brota por su actitud de perdonavidas.

—No estaba rescatando a nadie —le aseguro.

—Claro —responde con soberbia y sonríe de lado—. Solo te acabas encontrando casualmente a todas las personas que necesitan ayuda.

—¿Has venido a burlarte o puedo aprovechar y hacerte algunas preguntas para la entrevista? —le pregunto queriendo aprovechar la ocasión, ya que todavía me quedan quince minutos libres.

—Dispara —acepta encogiéndose de hombros.

Le tomo la palabra y saco la libreta de la mochila junto con un bolígrafo. Leo la siguiente pregunta y lo miro cuando se la hago.

—¿Cómo llevas compatibilizar las clases con los entrenamientos?

—Bien —responde y anoto.

—¿Y cómo llevas la presión de competir representando a Brakenhall? —pregunto con interés y él se vuelve a encoger de hombros.

—Bien —contesta y mi mirada se vuelve seria.

—¿Tus respuestas siempre son así de escuetas?

—Casi siempre —añade y resoplo.

—Eres desesperante —mascullo y él sonríe divertido.

—Lo sé, novata.

—¿Y qué es para ti practicar artes marciales mixtas? —continúo.

Tarda unos segundos en responder; parece que está buscando las palabras adecuadas.

—Practicar MMA es para lo único que he vivido toda mi vida, no sé hacer otra cosa que luchar en esa jaula para conseguir una plaza en la liga profesional.

Esa frase me descoloca, parpadeo confundida intentando comprender entre líneas.

Respiro para armarme de valor y preguntarle qué quiere decir, pero Axel saca un bolígrafo del bolsillo de su pantalón, me quita la libreta sin pedir permiso y veo que escribe algo.

Arranca la hoja, dobla el papel y me lo coloca entre los dedos.

—Taquilla doscientos dieciocho de tu facultad —me dice y frunzo el ceño.

—¿Qué hay ahí? —pregunto.

Axel no dice nada durante varios segundos que a mí me parecen eternos. Lo veo tragar saliva, me fijo en la nuez de su cuello que sube y baja, y da un paso al frente para acortar la poca distancia que nos separa.

—Ve cuando termines las clases y mete el código que te he anotado. Lo que hay allí es para ti.

—Axel…

—Nos vemos, novata.

No me da tiempo de pedirle ni una mísera explicación porque ya se ha girado y se aleja por el pasillo de la biblioteca sin mirar atrás.

Sostengo el papel entre mis manos donde está escrito el número de la taquilla y una numeración debajo.

Trago saliva nerviosa porque, por algún motivo que no logro entender, tengo la corazonada de que, tras esos números, hay algo que va a cambiarlo todo entre nosotros.