Más allá del odio. CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Cruzo la puerta trasera del Nido del Cuervo y el ruido del local todavía llega amortiguado hasta el pasillo donde están los vestuarios del servicio. Se oye la música, las risas vacías y las copas chocando.

Dejo el bolso en la taquilla y me coloco el delantal negro antes de recoger la bandeja.

—Mirror.

Levanto la cabeza y el Buitre me observa desde el otro extremo del pasillo. Tiene las manos entrelazadas a la espalda y esa sonrisa ácida que tan poco me gusta.

—Hola —lo saludo.

—Cada vez hay más clientes preguntando por ti —me informa sin dejar de sonreír—. Eso es bueno para el negocio.

—Estoy bien sirviendo copas —le aseguro cruzándome de brazos y él suelta una risa sin pizca de humor.

—Claro que sí, pero las chicas como tú no duran mucho detrás de una bandeja —me explica dando un paso hacia mí, y noto que mi estómago se contrae.

—No quiero bailar.

—No te estoy preguntando si quieres —me dice serio—. La semana que viene quiero verte arriba en el escenario.

—No pienso hacerlo —le aseguro y me mira sorprendido.

—Está bien. Lo que queda de semana, trabajarás abajo.

—¿Abajo? —pregunto frunciendo el ceño.

—Servirás copas en el sótano. Y cuando termines, limpiarás los vestuarios de los luchadores.

Esta vez me quedo callada y espero a que se vaya. No es un cambio de turno, es un castigo por haberle dejado claro que no pienso dejarme manosear por un puñado de billetes.

Nunca había bajado al sótano, y mientras lo hago, miro mi móvil un instante, pero sigo sin tener ni un mensaje de Kael, desde la fiesta privada está evitándome.

Había imaginado este muchas veces y la realidad ha superado cualquier idea que hubiera podido tener de aquel sitio lúgubre y sórdido.

El olor me golpea antes incluso de cruzar la puerta; es una mezcla entre sudor, alcohol, humo y sangre.

Las paredes de hormigón devuelven el eco de cientos de voces mezcladas.

Los focos apenas iluminan el centro del recinto y el octógono está rodeado de hombres de todas clases, que gritan como animales mientras golpean la verja de metal de la jaula.

Esto no se parece en nada a la sala de arriba.

Sinceramente, esto no es un club, es un jodido circo romano.

Cuando llego a la barra, un chico me entrega una bandeja sin apenas dedicarme una mirada.

—Muévete. No hagas esperar a los clientes.

Asiento sin discutir. Trago saliva y camino entre las mesas llenas de tipos con pintas de asaltar hasta un geriátrico y otros vestidos con trajes impolutos.

Voy recogiendo los vasos, botellines y copas vacías y cuando oigo el sonido de una campana, levanto la vista hacia el octógono y dejo de respirar.

Axel está ahí. Tiene el torso cubierto de sudor, su pecho sube y baja acelerado.

Es el tercer asalto, y según el árbitro da por reanudada la pelea, recibe un golpe directo en la mandíbula que lo hace retroceder hasta que su espalda choca con la verja de metal de la jaula.

En sus labios se asoma una sonrisa peligrosa, una que dice que el dolor ha dejado de importarle hace mucho tiempo.

Veo cómo su rival vuelve a golpearlo una y otra vez.

Axel no lo esquiva, ni se protege, solo responde cuando encuentra un hueco.

Parece que hubiera aceptado que es exactamente donde cree que merece estar.

Axel Blackwood pelea como si la vida nunca hubiera apostado por él.

Vuelvo a la barra para dejar la bandeja con los vasos vacíos. El tipo que hay tras la barra me da otra. No me dice nada, pero su actitud me deja claro que tengo que seguir recogiendo.

El público está eufórico y los gritos se mezclan con el sonido seco de los golpes.

Un tipo a mi lado apuesta cinco mil dólares, mientras que otro me pide un botellín de cerveza, dando a entender que para ellos, el chico que está sangrando ahí, enfrente de nosotros, no es una persona, sino un producto para un único fin…

Entretener.

Un escalofrío me recorre la espalda; ahora entiendo por qué Axel llama a este lugar el infierno. Y es que aquí abajo no hay honor, ni deporte limpio, aquí solo hay dinero y sangre.

Vuelvo a mirar hacia la jaula cuando Axel golpea al contrincante y la sangre de este resbala por su nariz.

El tipo aguanta tres golpes más antes de darle una patada en el pecho a Axel que le roba el aliento, pero, aun así, Axel Blackwood sigue sonriendo para demostrar al mundo entero que nadie puede hacerle más daño del que ya lleva dentro.

No sé cuánto tiempo pasa, a mí se me hace eterno, hasta que el árbitro da por finalizada la pelea y levanta la mano de Axel en el aire.

El público estalla en gritos y las apuestas se cobran.

Lo veo bajar del octógono cómo si acabara de terminar otro entrenamiento cualquiera.

Camina por un pasillo oscuro hasta desaparecer tras una puerta metálica.

No sé por qué lo sigo, tal vez porque todavía recuerdo el sabor de aquel beso o porque no soy capaz de mirar hacia otro lado.

Cuando entro, veo a Axel sentado en uno de los bancos de madera. Tiene una toalla sobre los hombros y la cabeza inclinada hacia el suelo. Levanta la vista al escuchar mis pasos y su expresión cambia al instante.

—¿Qué haces aquí?

—Me han bajado al sótano.

—¿Por qué? —pregunta mientras dejo la bandeja sobre uno de los bancos.

—Quieren que empiece a bailar en el salón y como me negué… —le explico y trago saliva—. Ahora sirvo copas aquí abajo.

Durante unos segundos no dice absolutamente nada, solo se limita a observarme.

Veo cómo sus labios forman una fina línea y los músculos de su cuello se tensan.

Hay un armario metálico con la cruz que indica el botiquín.

Me acerco a él y extraigo un pequeño maletín.

Al girarme, Axel sigue mirándome en silencio y cuando deduce mis intenciones, niega para sí.

—No hace falta.

No le hago caso. Me coloco frente a él y empapo una gasa con antiséptico. En cuanto la gasa roza el corte de la ceja, se queja con una mueca de dolor.

—No seas quejica —susurro.

—No me duele —miente.

—Claro —sonrío—. Y yo soy un unicornio rosa.

Y por primera vez en toda la noche, se le escapa una pequeña sonrisa. Es tan breve y auténtica, que desaparece antes de que pueda asegurarme de haberla visto. Continúo limpiando la sangre de su rostro e intento ignorar esa mirada gris clavada en mí.

—¿Por qué estabas peleando otra vez? —digo en voz baja—. ¿No peleaste también el lunes y el martes?

—Sí —suspira—, pero le rompí la nariz a un cliente hace un par de semanas…

Detengo la gasa sobre su pómulo, y lo miro sorprendida.

—¿Qué? —Axel baja la mirada hacia sus nudillos.

—No me gustó cómo aquel tipo quiso forzar a esa chica… Así que, aunque ella sabe cuidarse sola, actué y ahora me toca hacer mínimo tres peleas a la semana.

—¡Tres peleas a la semana! —repito exaltada.

Mi mirada recorre su cuerpo casi por instinto. Tres combates, más los entrenamientos de la universidad, más los combates de la liga universitaria… No quiero ni imaginar cómo debe tener el cuerpo de dolorido.

Bajo la vista hacia sus manos, donde las cicatrices se mezclan con heridas recientes. No parecen las manos de un universitario… Parecen las manos de alguien que lleva toda la vida sobreviviendo a base de golpes.

—No me mires así —susurra y levanto la vista para perderme en la profundidad de su mirada.

—¿Así cómo? —pregunto humedeciendo mis labios.

Sus ojos se enredan en los míos y durante un instante dejan de ser los del chico arrogante que conocí el primer día. Solo percibo cansancio y agotamiento.

—Como si todavía pudieras salvarme.

—No intento salvarte —digo mientras me concentro en limpiarle el labio con mucho más cuidado del que probablemente necesita.

Axel suelta una risa sin humor.

—Entonces deja de curarme cada vez que termino así.

—Estás así por mi culpa… —susurro.

—No. Estoy aquí por mis decisiones.

Levanta una mano y con dos dedos sujeta suavemente mi barbilla para que vuelva a mirarlo. Su pulgar roza mi mejilla con una delicadeza que no encaja en absoluto con el hombre que hace apenas unos minutos estaba destrozando a otro en la jaula.

—No cargues con culpas que son mías, novata —dice con voz ronca.

Mi respiración se entrecorta. Axel no deja de acariciarme y yo tampoco soy capaz de apartarme. Su mirada desciende lentamente hasta mis labios y el aire parece desaparecer por completo del vestuario.

Durante un segundo, estoy convencida de que va a volver a besarme y mi corazón empieza a latir con tanta fuerza que temo que pueda escucharlo. Pero, de repente, retira la mano de mi rostro.

—Lo del lunes no debió de pasar.

—¿Te arrepientes?

Axel guarda silencio y tarda tanto en responder que empiezo a arrepentirme de haberle hecho la pregunta.

—No puedo permitirme que vuelva a pasar.

Soy incapaz de articular ni una palabra porque no dice que fue un error. Sin embargo, duele igual. Coloco el último apósito sobre el corte de su ceja y él se levanta despacio, mientras yo cierro el botiquín.

Cuando me incorporo, estamos tan cerca que vuelvo a recordar aquel beso y la forma en la que el mundo desapareció durante unos segundos. Axel da un paso atrás, como si esa distancia pudiera protegernos de algo.

—Vete de aquí, novata.

—Todavía me queda una hora de trabajo —respondo.

—No me refiero a esta noche. Sal del Nido del Cuervo mientras aún puedas, este infierno no es para ti.

No añade nada más, tampoco hace falta. He captado el mensaje alto y claro. Él está exhausto tras la pelea y yo estoy sobrepasada de emociones, así que me giro sobre mis talones, dejo el botiquín en su sitio, cojo de nuevo la bandeja y salgo del vestuario sin mirar atrás.

Una hora y media después, salgo del club y, por suerte, cojo el último autobús de la noche que me lleva de nuevo al campus.

El aire fresco a la una de la madrugada me ayuda a despejarme un poco de la saturación mental que tengo en este momento.

Porque mi cabeza da vueltas a lo mismo todo el tiempo: Axel, el combate, el sótano y el beso.

Cuando por fin estoy llegando a la puerta de mi residencia, veo a Kael sentado en los escalones de la entrada mirando el móvil, quien levanta la cabeza en cuanto me oye acercarme. Parece llevar aquí bastante rato.

—Pensaba que ibas a seguir evitándome —comento, y él se pone de pie.

—Eso sería imposible, peque —afirma.

Ambos sonreímos. Soy yo quien da el último paso para eliminar la distancia y Kael me abraza con fuerza.

—Siento haber estado ausente, Daf, pero necesitaba unos días para unos asuntos —se disculpa en un susurro.

—Podías haberme contestado al teléfono.

—Lo sé. ¿A qué no sabes quién me ha llamado? —me pregunta cambiando la conversación y sonrío.

—¡Charlie! —exclamo ilusionada y él niega.

—No. Me ha llamado nuestro padre.

—¿Nuestro padre? —cuestiono extrañada, porque hace más de un año que no sé nada de él.

—Por lo visto sigue vivo… —añade.

—¿Y qué quería? —le pregunto incómoda.

—No lo sé.

—¿No se lo cogiste? —quiero saber y me mira como si la respuesta fuera evidente.

—Ese cabrón dejó de ser mi padre el día que permitió que nos llevaran los de asuntos sociales y nos separaran —sentencia con hastío.

Las palabras caen entre nosotros con el peso de una losa, porque una parte de mí piensa exactamente lo mismo. Cierro los ojos un instante y, sin querer, los recuerdos regresan, el olor a alcohol incluso antes de abrir la puerta de casa.

Mi noveno cumpleaños. Papá entrando tambaleándose en la cocina mientras mamá llevaba la tarta entre las manos.

El golpe, y luego la tarta estrellándose contra el suelo y las velas apagándose entre el chocolate.

Las lágrimas de mi madre intentando convencerme de que no pasaba nada y, después, la enfermedad, su funeral y el silencio de una casa que dejó de parecer un hogar.

Papá empezó a beber cada vez más desde que mamá falleció y nosotros tuvimos que aprender demasiado pronto a cuidarnos solos.

Hasta que una mañana llamaron a la puerta y nuestra vida solo empeoró.

—¡Eh, Daf!

La voz de Kael me devuelve al presente y parpadeo varias veces.

—¿Sigues queriendo ir a ver a Charlie? —me pregunta y asiento sin pensarlo.

—Me muero de ganas —sonrío con tristeza—. Pero la asistenta social volverá a decirnos que necesita tiempo, que aún está en periodo de adaptación —repito las palabras de memoria.

—Me da igual.

—A mí también —afirmo y, por primera vez en varios días, vuelvo a reconocer al chico que siempre nos prometió estar juntos.

—Entonces el sábado vamos sí o sí… —me propone con una sonrisa cómplice y asiento.

—Aunque nos echen de allí —aseguro y él suelta una carcajada.

—Aunque nos echen de allí, peque —repite.

Durante un instante siento que todo vuelve a ser como antes. Como cuando éramos pequeños y los tres creíamos que mientras estuviéramos juntos, ningún problema sería demasiado grande. Pero ya no somos niños.

Con el tiempo comprendes que hay heridas que nunca terminan de desaparecer.

Solo aprendes a vivir con ellas mientras las cicatrices te recuerdan cada día a la persona que te obligaron a convertirte.

Crees que tarde o temprano dejarán de doler, hasta que alguien vuelve a tocar justo donde más lo hace.

Y al día siguiente, Axel Blackwood volvería a hacerlo.