Más allá del odio. CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Treat you better — Shawn Mendes

Ethan lleva diez minutos fingiendo interés por una conversación sobre la bolsa, mientras que su madre habla con el coordinador de Brakenhall.

Apolo escucha a su padre discutir acerca de una nueva inversión inmobiliaria con dos jueces del condado y yo hago exactamente lo que mi padre espera de mí… estar presente, sonreír cuando toca y estar callado el resto del tiempo.

Esto no es una fiesta, es un puto escaparate social y los hijos somos la inversión más importante que un apellido tiene que exhibir.

Mientras uno de los empresarios habla de la nueva temporada de la Fight Night y los patrocinadores que han firmado este año conmigo, mi mirada la busca y la encuentro enseguida.

Dafne atraviesa el salón sin la bandeja y cuando se cruza con algún invitado que la mira, ella le sonríe con educación.

—Esa camarera te ha servido antes…

La voz de mi padre me devuelve a la realidad.

—¿Y?

—No creo que fuera pura casualidad —responde y bebo un sorbo de champán.

—Se llama hacer su trabajo —comento.

—He visto que la conocéis los tres… ¿Cómo se llama?

No respondo. Primero espero que tal vez alguien interrumpa nuestra conversación, pero eso no sucede y él espera, porque sabe que el silencio termina jugando a su favor.

—¿Cómo se llama, Axel? —insiste y aprieto la mandíbula.

—Dafne.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en la comisura de sus labios, porque el muy cretino ha conseguido exactamente lo que quería.

—Ven un momento —me ordena.

Lo sigo hasta un lateral del salón, junto a una cristalera que da a la calle, y nos apartamos del grupo para que nadie pueda escuchar. Él me pone una mano sobre el hombro y me sonríe, fingiendo ante todos que somos el padre y el hijo perfectos.

—No te conviene distraerte.

—No estoy distraído —le aseguro.

—Nunca lo estás —replica con ironía—. Hasta que aparece una chica guapa como esa…

No respondo y noto toda la tensión concentrada en mi mandíbula.

—Tu madre también era guapa.

—No hables de ella —mascullo.

Mi padre sonríe con una tranquilidad que siempre me ha resultado insoportable.

—Con todas las chicas que estudian en Brakenhall… —comienza a decir y niega despacio—, y resulta que te interesa una simple camarera, sin apellido, ni patrimonio… Sin futuro.

—Pues probablemente esa chica tiene más valores de los que tú tendrás en toda tu vida —le ataco.

Su mirada ceniza se clava en la mía; en sus ojos no hay enfado, sino decepción. Como si le hubiese confirmado una teoría de la que ya no le queda ninguna duda.

—Eso mismo pensé yo hace veinticinco años… y mira cómo terminó.

Noto la sangre golpeándome las sienes, pero él no se detiene… Mi padre continúa avasallándome con la misma frialdad que si me estuviera hablando del tiempo.

—He oído que este curso vuelves a pelear fuera de la liga.

—He oído que vuelves a meterte donde no te llaman —respondo y él sonríe. El muy cabrón siempre sonríe.

—¿De verdad crees que soy estúpido? —me pregunta dando un paso hacia mí—. Sé perfectamente adónde va ese dinero que ganas y en qué lo gastas: en esa mujer que nos abandonó y en su bastarda enferma.

Al oírle hablar así de Emma, se me nubla la poca cordura que me queda con él y soy incapaz de recordar el momento exacto en que lo agarro de la solapa de la chaqueta.

—No vuelvas a hablar de ellas —mascullo con voz ronca.

Deseo golpearlo más que cualquier otra cosa, pero unas manos firmes me sujetan por detrás y tiran de mí.

—¡Axel! —escucho la voz de Ethan.

—Suéltalo —susurra Apolo, que tira de mi brazo.

Mi padre baja la vista hacia mi mano aferrada a su americana y la aparta con absoluta elegancia. Después se sacude una arruga imaginaria de la chaqueta y finge que no ha ocurrido nada, como si el muy hijo de puta no acabara de llamar bastarda a su propia hija.

—Eres una vergüenza —masculla—. Si no pelearas bien, tú tampoco tendrías derecho a llevar mi apellido —añade entre dientes y sé que mis amigos están oyendo todo, pero a él no le importa—. Céntrate en tu carrera Axel, tienes un futuro brillante.

—¿El mismo que tú?

—Mira a esa chica —me ordena, pero no obedezco—. He dicho que la mires.

Aprieto la mandíbula y finalmente lo hago.

Veo a Dafne a través del enorme ventanal.

Está en la calle, agachada frente a Siena, que está hecha un ovillo sentada en el suelo.

Pone sus manos en las rodillas de Siena y parece hablarle con una calma infinita, intentando con su sola presencia aliviar un poco el dolor en los ojos de la pelirroja.

—Es exactamente igual que tu madre cuando era joven. Una chica guapa y de una familia pobre.

Sigo observando a Dafne, ajena a una fiesta con invitados que han pagado cientos de dólares para entrar, porque a ella eso no le importa.

A ella le importa intentar recomponer a esa chica que está rota en llanto.

La novata tiene la absurda costumbre de intentar salvar a todo el mundo…

incluso cuando es evidente que nadie la ha salvado nunca a ella.

—Las personas como ella sirven las copas en nuestras fiestas, Axel —dice con voz fría—. Puedes acostarte con esa chica por diversión, pero las mujeres como Dafne no llevan un anillo de compromiso, ni se sientan a nuestra mesa.

Lo dice con tanta naturalidad que me obligo a mirarlo por última vez. Ethan y Apolo están a mi lado en silencio, observándome como a una jodida bomba de relojería a punto de estallar. Y niego para mí, pensando en que odio a mi padre y no solo por cómo me trata a mí…

Lo odio por la facilidad que tiene de reducir a las personas, midiéndolas por lo que tienen o les falta. Me doy media vuelta. Creo que mi presencia hoy aquí ha terminado porque no pienso escuchar ninguna gilipollez más.

Empujo la puerta del club y el aire frío me golpea de lleno en la cara.

Necesito salir de aquí, alejarme de este mundo tan superficial que me asfixia… Necesito respirar.

Doblo la esquina del edificio demasiado deprisa y choco de frente contra Dafne; ella da un paso atrás para no perder el equilibrio y yo, por acto reflejo, la sujeto de la cintura y la atraigo hacia mí. Cuando sus ojos se encuentran con los míos, frunce el ceño.

—¿Axel? ¿Estás bien?

Es la primera vez que pronuncia mi nombre. No Blackwood, ni idiota o imbécil. Solo Axel y, joder, nunca imaginé que pudiera sonar tan bien en sus labios.

No respondo, porque sé que si abro la boca acabaré diciendo algo que llevo demasiado tiempo intentando no admitir. La miro y yo no veo a una estudiante con beca, o a una simple camarera. Veo a la única persona que, en toda la noche, no espera que sea un Blackwood.

Veo a Dafne.

Deslizo una mano hasta su nuca y noto cómo ella contiene el aliento, pero no le da tiempo de reaccionar, ni yo de arrepentirme.

La beso.

Es un beso corto, impulsivo y lleno de ganas.

Mis labios apenas rozan los suyos, pero ese simple contacto hace que toda la rabia, el ruido y las palabras de mi padre desaparezcan durante un instante.

Solo existe ella… El leve sabor del champán y su respiración temblando contra la mía, junto con el deseo por devorarla que llevo demasiado tiempo escondiendo.

Ella me mira completamente confundida. Yo también debería de estarlo, porque no entraba en mis planes besarla. Y, sin embargo, siento que es la decisión más sincera que he tomado en mucho tiempo.

Entonces levanto la vista y, a través del enorme ventanal del club, veo mi padre ahí inmóvil, observándonos. Su expresión muestra el claro reflejo de que lo que acaba de presenciar jamás lo habría querido ver.

Las palabras que me ha dicho hace apenas unos minutos vuelven a mi cabeza: «Las mujeres como ella no se sientan a nuestra mesa».

Vuelvo mi mirada a Dafne, que tiene el pelo revuelto por el viento, las mejillas sonrosadas por el frío y esa expresión de absoluta confusión que me deja claro que ella tampoco entiende qué acaba de pasar.

Yo tampoco, pero sé que por primera vez en años he tomado una decisión sin pedir permiso.

Miro una última vez a mi padre y sonrío.

Porque puede controlar mis estudios, mi futuro como deportista e incluso el rumbo de mi vida, pero jamás podrá decidir el lugar hacia el que late mi corazón…

Porque si algo he aprendido desde que conocí a Dafne, es que hay sentimientos que van mucho más allá del odio.