Más allá del odio. CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

En cuanto atravieso la puerta del Nido del Cuervo, sé que esta noche no va a ser como las demás.

Me detengo un segundo sorprendida al ver que las luces rojizas que suelen iluminar el local han desaparecido.

Tampoco están las barras donde bailan las chicas, ni estudiantes gritando, apostando o bebiendo cerveza barata mientras las chicas se pasean casi desnudas por la pasarela central.

Todo ha cambiado.

Sobre la pasarela, toca un cuarteto de jazz. Y las mesas están cubiertas con manteles negros, copas de cristal y cubiteras de plata.

Las chicas van vestidas con uniformes impecables y más elegantes que el habitual. Hoy hay universitarios, pero están con sus familias.

Hay hombres con trajes hechos a medida que hablan en voz baja mientras estrechan manos. Mujeres con vestidos de diseñador, joyas que brillan bajo las lámparas y perfumes tan caros que incluso el aire parece demasiado cargado.

Reconozco a un juez del condado que salió hace unas semanas en las noticias. También a un empresario cuya cara aparece en los edificios más altos de Boston. Todos tienen algo en común… son los dueños de la ciudad.

Ahora no parece un club de striptease con un sótano donde realizan peleas de lucha clandestina. Se ha convertido en un salón donde la gente poderosa hace negocios mientras finge divertirse.

Me cambio de ropa en el vestuario de los trabajadores, y me pongo un uniforme que hay colgado en la puerta de mi taquilla.

Me miro un instante en el espejo, respiro y salgo dispuesta a cumplir con mi trabajo.

Cuando regreso al salón, me fijo en lo diferente que está todo, desde la decoración, hasta el tipo de clientes que hay aquí esta noche.

—No te quedes mirando —me susurra Kristin mientras me entrega una bandeja llena de copas de champán—. Son la élite de todo el estado.

La élite… Esa palabra se queda flotando en mi mente mientras camino entre los invitados para ofrecerles una copa. Entonces, de forma involuntaria, mis ojos miran hacia la entrada y veo llegar a Axel, Ethan y Apolo. Los tres entran juntos y durante unos segundos me cuesta reconocerlos.

Axel ha cambiado la sudadera de entrenamiento por un traje negro perfectamente entallado, camisa blanca y una corbata oscura que termina de darle un aspecto completamente distinto al del chico que conozco. Está guapísimo.

Ethan también lleva traje, aunque parece incapaz de comportarse con la seriedad que se exige.

Va riéndose de algo, mientras intenta aflojarse el nudo de la corbata.

Y Apolo, en cambio, transmite la misma tranquilidad de siempre.

Elegante e impecable, como si hubiera nacido vistiendo un traje a medida.

No parecen tres universitarios de tercer curso, sino los herederos de un imperio. Y ahora caigo en la cuenta de que quizá lo sean.

No vienen solos. Tras ellos entra un hombre de cabello oscuro y canas perfectamente peinadas que tiene la mirada clavada en Axel y cuando se pone a su lado, le da una palmada en el hombro. No necesito que nadie me diga quién es, porque el parecido es demasiado evidente… Es su padre.

A pocos metros, Ethan abraza a una mujer rubia de porte elegante que podría protagonizar la portada de cualquier revista de belleza.

A su lado, un hombre alto e impecablemente vestido conversa con varios invitados mientras sonríe con esa seguridad que solo tienen quienes nunca han dudado de su lugar en el mundo.

Reconozco a ese hombre… es el decano de Brakenhall, y ellos son los padres de Ethan.

Y junto a Apolo, un hombre de mediana edad saluda a varios empresarios por su nombre mientras todos parecen conocerlo.

De repente, siento que todo encaja. Brakenhall no solo forma a los hijos de las familias más poderosas del país.

Ellos ya pertenecían a ese mundo mucho antes de cruzar las puertas de esa universidad, y yo solo soy la chica con una beca que tiene que servirles las copas.

Respiro hondo, sujeto mejor la bandeja sobre la mano izquierda y me obligo a acercarme a ellos. Cuando paso junto al grupo, sonrío con la profesionalidad que Kristin me insiste que siempre mantenga.

—¿Champán? —pregunto, deteniéndome junto a ellos.

La madre de Ethan acepta una copa con una sonrisa educada y el padre de Apolo hace lo mismo. El hombre que supongo que es el padre de Axel apenas me dedica un vistazo antes de continuar hablando con otro invitado.

Axel sí me mira y creo que va a decirme algo cuando Ethan se pone a su lado y me sonríe con cariño.

—Estás muy guapa con ese uniforme —dice Ethan mientras coge una copa de mi bandeja y no puedo evitar sonreír.

—Gracias.

—¿Verdad, Axel? —pregunta mirando a su amigo con una sonrisa traviesa.

Axel me observa y recorre con sus ojos grises mi uniforme.

Desde el escote discreto, hasta la cintura ajustada, donde el delantal marca ligeramente mi silueta.

Después vuelve a subir su mirada despacio, como si estuviera comprobando que sigo siendo yo, y sus ojos terminan tropezando con los míos.

Veo cómo la nuez de su cuello baja y sube, y aunque el mundo sigue girando a nuestro alrededor, hay algo que lo hace permanecer en silencio, hasta que habla.

—¿No puedes estar callado ni cinco minutos?

—Lo ves, Apolo —dice Ethan con absoluta tranquilidad—. Cuando responde así, es porque tengo razón.

—Llevas jugando con fuego desde que entraste por esa puerta —comenta Axel a su amigo.

—Es que me aburro muy rápido —se excusa el rubio.

—Gracias por concederme la entrevista —le digo antes de que Ethan vuelva a abrir la boca.

—No me des las gracias todavía.

—¿Todavía?

—Así es, novata, todavía no sé si vas a escribir algo decente.

—Eso depende de si hay algo decente de contar de ti —afirmo con una sonrisa forzada, y Ethan chasquea la lengua.

—No le hagas caso, pequeña Dafne, este capullo tiene el encanto de una piedra.

No puedo evitar sonreír. Axel coge una copa de champán y le lanzo una última mirada antes de continuar repartiendo las copas entre el resto de invitados.

Cuando me alejo unos metros, no puedo evitar girarme un instante y veo que Axel permanece recto y serio junto a su padre. Parece un chico completamente distinto, como si el chico que conocí en el mirador hubiera desaparecido para dejar paso al heredero de los Blackwood.

Al otro lado del salón, una figura llama mi atención.

Kael está hablando con Logan, y la sonrisa cortés que mantengo mientras sirvo, desaparece de mi rostro.

Algo dentro de mí me dice que esa conversación no puede traer nada bueno.

Quiero llegar hasta ellos, pero el único camino para hacerlo es continuar sirviendo copas entre los invitados.

Estoy dejando una copa sobre una mesa cuando una carcajada demasiado fuerte hace que levante la cabeza.

Es de Logan, que está rodeado por cuatro chicos de la universidad y, por la forma en que le ríen las gracias, me deja claro que aquí su apellido también pesa.

Vuelvo a fijarme en el grupo, y Kael no está con ellos, sino junto a la puerta que da al sótano.

Le hace un gesto a Logan y este se acerca a él.

No alcanzo a escuchar la conversación, solo veo los gestos.

Logan sonríe, pero Kael no.

Mi hermano mantiene los brazos cruzados durante toda la conversación, con la mandíbula tan tensa que incluso desde aquí puedo sentirlo. Logan dice algo y un segundo después Kael da media vuelta y se marcha del club sin despedirse.

Un escalofrío me recorre la espalda, y eso que realmente no sé lo que acaba de suceder. Respiro hondo y continúo trabajando; más tarde hablaré con mi hermano.

Tardo unos minutos en reconocer a Siena, hasta ahora solo había coincidido con ella cerca de la biblioteca de la universidad.

No hemos hablado apenas, pero me parece una chica dulce y diferente, sobre todo porque tiene esa forma de caminar que parece disculparse por ocupar espacio.

Esta noche lleva un vestido verde oscuro de tirantes que realza todavía más el color rojizo de su pelo.

Está preciosa y, sin embargo, nunca la he visto sentirse tan pequeña.

Está apartada del resto de invitados, sosteniendo una copa de champán entre las manos. No habla con nadie y tampoco nadie se acerca a ella.

Hasta que Logan se detiene a su lado. Se inclina levemente y le susurra algo al oído. Ella frunce el ceño; desde lejos, cualquiera diría que es la imagen perfecta de un hermano preocupado. Pero, por lo poco que sé de ese chico, esa sonrisa no es más que una máscara.

Logan le quita la copa de las manos con absoluta naturalidad y se la tira encima. Luego deja la copa sobre la bandeja de una camarera que pasa por allí y continúa su camino hacia sus amigos, que lo están grabando todo con el móvil.

Siena permanece inmóvil unos segundos para intentar recomponerse, pero no puede. Sale del salón con pasos rápidos, sin mirar a nadie, aunque tampoco nadie parece darse cuenta. Dejo la bandeja sobre la primera mesa que encuentro y me giro para ir detrás de ella.

—¿Dónde vas? —me pregunta una de las camareras.

Ni siquiera respondo, porque corro tras Siena.