Más allá del odio. CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Dormir en un sillón de hospital debería contar como una tortura.

Me incorporo despacio para no despertar a Emma y me estiro queriendo liberar la tensión acumulada en la espalda.

Mi hermana sigue profundamente dormida, abrazada a su peluche de siempre.

El único que ha sobrevivido a todas las habitaciones de hospital, a todas las ambulancias y a todas las noches en las que el miedo ha sido demasiado grande para una niña de siete años.

La enfermera termina de revisar la medicación y me dedica una sonrisa amable.

—Hoy seguramente le den el alta.

—Hasta nuevo aviso… —comento y ella asiente.

—Bueno, si estáis unos días en casa, ya es algo —dice.

—Gracias.

Emma se mueve un poco entre las sábanas y como si tuviera un imán conmigo, abre los ojos adormilada.

—¿Ya te vas? —me pregunta como siempre.

—Tengo clase, pequeña —respondo.

—Qué rollo —susurra y sonrío.

—Mamá estará al llegar —le aseguro mientras le subo la sábana hasta los hombros y le aparto un mechón de pelo de la frente—. Pórtate bien.

—Siempre me porto bien.

—Eso dice alguien que convenció a una enfermera para que le diera dos gelatinas —le recuerdo y una sonrisa traviesa aparece en su cara.

—Funcionó.

Niego con la cabeza mientras recojo la mochila. Odio marcharme cuando ella se queda aquí. Me despido de mi pequeña guerrera y salgo directo para llegar justo a tiempo a la primera clase.

Mi día no es de los más brillantes, suele pasarme cuando me quedo con Emma para que mamá descanse. Mi mente está adormecida, como envuelta en una niebla espesa.

En la clase de Anatomía hago un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos abiertos y el profesor parece disfrutar especialmente lanzándome preguntas cada vez que nota que voy a dormirme, pero no pienso darle la satisfacción de quedarme sin nada que decir. Así que respondo y tomo apuntes.

Básicamente sobrevivo como puedo a las clases y cuando salgo de la última, no voy al pabellón a entrenar. Son las cinco de la tarde y cojo el coche para ir al supermercado del barrio donde vive mi madre a las afueras de Boston.

Lleno el carrito sin mirar los precios y compro una caja de leche, fruta, verdura, pasta y algo de carne.

Dudo, pero al final también cojo un par de paquetes de galletas de chocolate que a Emma le encantan.

Sé que no estará ni una semana en casa, porque el viernes vuelve a ingresar para seguir con el tratamiento, pero estos pocos días en casa son pura vitamina para coger energía.

Cuando dejo la compra en el frigorífico, mi madre me abraza sin decir una palabra. Nunca hace falta, los dos sabemos que la nevera llena significa mucho más que comida… Significa normalidad.

Al llegar a mi casa del campus, miro el reloj y en poco más de una hora debería estar cambiándome para reunirme con mi padre, y solo de pensarlo me da pereza.

Tal como entro, el olor a café recién hecho invade toda la casa.

Dejo las llaves en la encimera de la cocina y la mochila sobre el sofá donde está Apolo sentado con el portátil.

—Ha venido tu novia —grita Ethan desde algún lugar de la casa.

—¿Quién?

—La periodista —aclara Apolo con absoluta tranquilidad.

Ethan aparece apoyado en el marco de la puerta con una taza entre las manos.

—La pequeña Dafne.

—¿Ha estado aquí?

—Sí, venía buscándote —me informa Ethan, que sonríe con esa expresión de idiota profesional que lleva perfeccionando desde que salía en televisión—. Vamos… no pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La misma que pone mi golden retriever cuando oye abrir una bolsa de premios.

Apolo suelta una carcajada ronca y Kael aparece con el casco de motocross en el codo.

—¿Qué pasa? —pregunta ajeno a todo.

—Nada —miente Ethan.

Kael nos mira con desconfianza, y niega para sí, mientras coge la chaqueta de entrenamiento.

—Vete a la mierda, Ethan.

Kael me mira un instante más de la cuenta y luego aparta la mirada como si no hubiera nada que valiera la pena salvar. Ni siquiera me molesto en decirle que estos capullos estaban bromeando con su hermana pequeña. Tengo que guardar fuerzas para soportar a mi padre esta noche.

Recojo las llaves del coche de la encimera y vuelvo a salir por la puerta.

—¿A dónde vas? —grita Ethan.

—Luego nos vemos en la fiesta.

Miro el reloj mientras bajo los escalones de la entrada y conduzco hasta la residencia femenina. No tardo ni tres minutos en llegar y entonces caigo en la cuenta de que no sé qué número de habitación es la suya. Por suerte, Beatrice está saliendo y me reconoce enseguida.

—¿Buscas a Dafne? —me pregunta y asiento.

—¿Está aquí?

—No, me ha dicho que iba a la biblioteca.

—Gracias.

Me doy la vuelta antes de que pueda preguntarme nada más. Diez minutos después, estoy cruzando las puertas de la biblioteca principal.

El silencio me golpea de lleno; recorro varios pasillos sin verla.

Miro en las mesas de estudio y no hay ni rastro de ella.

Subo a la primera planta y entonces la encuentro en un pasillo.

Está de espaldas a mí y camina despacio con la cabeza ligeramente inclinada, dejando que las yemas de los dedos recorran los lomos de los libros mientras lee los títulos.

Está tan concentrada, que ni siquiera se da cuenta de que estoy a unos pasos de ella.

Y, por alguna razón que no alcanzo a entender, sonrío.

La observo unos segundos más y sé que podría tocarle el hombro, la cintura… pero desde aquella noche en el mirador, entendí que a Dafne no le gusta que invadan su espacio personal sin avisar. Así que me aclaro la garganta para que note mi presencia.

—Novata.

Levanta la cabeza de golpe y nuestros ojos se encuentran. Doy un par de pasos más hacia ella y acorto la distancia que nos separa.

—Pensaba que ya te habías rendido con la entrevista —susurro.

—No estabas en casa.

—Tenía cosas que hacer —respondo mientras miro el reloj y veo que son las siete y cuarto—. Tengo un rato para ti, antes de ir al infierno.

—¿Al infierno? —me pregunta confundida y sonrío.

—Hoy tengo que ver a mi padre —le explico y me meto las manos en los bolsillos, para quitarme la tentación de tocarla—. Así que, aprovecha.

Ella asiente y su vena periodística aparece al instante. Saca una libreta del bolso, junto con un bolígrafo, y nos sentamos en una zona tranquila.

—Gracias por venir —murmura y me encojo de hombros.

—No tenía nada mejor que hacer —miento, porque podría estar descansando.

—Vale…

—Un momento —la interrumpo.

—¿Qué te pasa?

—Necesito saber una cosa.

—¿Cuál? —inquiere con atención, y me cruzo de brazos mientras apoyo mi hombro en una estantería—. ¿Vas a preguntarme si soy gay?

—Eres idiota —susurra soltando una risa que no intenta esconder y descubro que me gusta mucho más de lo que debería admitir.

—No tenía pensado preguntarte nada de eso.

—Menos mal —añado.

—Eres imbécil —niega divertida—. Empecemos.

—Dispara.

—¿Por qué elegiste la MMA? —empieza, y no necesito pensar la respuesta.

—Porque llevo peleando desde que tengo memoria —respondo y ella asiente mientras escribe.

—¿Fue decisión tuya?

La pregunta me hace soltar una risa sin humor.

—Digamos que en mi casa las decisiones importantes las tomaba otra persona.

—¿Y por qué estudias en Brakenhall?

—Porque mi padre estudió aquí.

—¿Y eso fue suficiente? —inquiere mirándome con atención y me encojo de hombros.

—Lo fue para él —contesto y veo cómo el bolígrafo deja de moverse durante una fracción de segundo, pero después continúa escribiendo.

—¿Te gusta estudiar aquí? —pregunta con interés.

—Más de lo que esperaba.

—¿Y qué piensas hacer cuando termines la carrera?

—Dormir una semana seguida —confieso con una gran sonrisa y ella rueda los ojos.

—Blackwood…

—¿Qué?

—Intenta responder en serio —me pide y resoplo.

—Supongo que seguiré peleando mientras el cuerpo aguante.

—¿Y el título?

—Seguro que queda precioso cogiendo polvo en la estantería de la oficina de mi padre —digo con sinceridad y ella niega con la cabeza mientras sonríe.

Me doy cuenta de que tiene la costumbre de morder el tapón del bolígrafo cada vez que piensa la siguiente pregunta. No me había fijado hasta ahora y desde que me he percatado, no puedo dejar de mirar su boca distraído.

—¿Qué significa para ti pelear?

Esta vez tardo más en responder, desvío la mirada hacia las cristaleras de la biblioteca y reflexiono, porque no es una pregunta difícil, pero sí peligrosa.

—Control, porque durante unos minutos nadie puede decidir por mí.

—¿Control? —pregunta confundida y caigo en la cuenta de lo que acabo de decir.

Así que sonrío para quitarle importancia.

—Hay demasiadas cosas en mi vida que no puedo controlar. Cuando subo a la jaula y estoy en medio del octógono, en ese momento sé que todo depende de mí.

El silencio se instala entre los dos y sé, por la forma en que me mira, que lo ha entendido o, al menos, eso creo.

Pasa lentamente la hoja de la libreta y se muerde el labio mientras lee la siguiente pregunta que me tiene preparada.

Cuando vuelve a levantar la cabeza, hay un instante de duda en sus ojos y sonrío, esperando que hable.

—¿Por qué peleas en el Nido del Cuervo?

Todo mi cuerpo se tensa y mi sonrisa desaparece.

—La entrevista ha terminado.

—Solo era una pregunta —se excusa.

—Precisamente por eso —comento dando un paso para marcharme.

—Blackwood…

Me detengo, no sé por qué. Tal vez porque cada vez que pronuncia mi apellido hay algo en su voz que consigue que la escuche.

—Hay preguntas que todavía no tienen respuesta, novata —susurro—. Y otras que solo consiguen meter en problemas a quien las hace.

No espero a que replique. Salgo de la biblioteca con la sensación de que el aire pesa más. Mientras atravieso el campus rumbo al aparcamiento, resoplo para mis adentros. Dafne siempre encuentra la única grieta por la que puede colarse. Y lo peor es que cada vez me cuesta más cerrarla. Estoy jodido.