Más allá del odio. CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

—Enséñamelo otra vez —dice Kael acercando el móvil a su cara.

Charlie sonríe al otro lado de la pantalla y levanta un dibujo hecho con lápices de colores para volver a mostrárnoslo.

—Lo he terminado esta mañana.

—¿Eso es un dragón? —pregunto y Charlie pone los ojos en blanco.

—Es un lobo.

—Ah…

—Déjalo, Daf, tú suspendías plástica —añade Kael risueño.

—Era muy buena.

—Sí, claro.

—El talento de dibujar lo tengo yo… —comenta Charlie y no puedo evitar sonreír.

De fondo se escuchan más voces de niños al otro lado de la pantalla. Alguien corre por el pasillo. Otra niña llama a Charlie porque quiere enseñarle algo. Las casas de acogida casi nunca están en silencio.

—¿Cómo estáis vosotros? —pregunta Charlie apoyando los codos sobre la mesa.

—Sobreviviendo al primer mes de universidad —le aseguro.

—Eso suena peor que vivir aquí —comenta.

—Créeme, hay profesores que dan bastante miedo —añade Kael.

—Os echo de menos —confiesa y algo se rompe dentro de mí.

—Nosotros también —decimos al unísono.

—¿Por qué no vinisteis ayer a verme? Me quedé esperando que vinierais —nos cuenta con sinceridad.

Kael baja la mirada y yo aprieto el móvil con más fuerza.

—Lo hemos intentado —responde Kael.

—No os ha dejado Mona, ¿verdad? —interrumpe Charlie antes de que continúe Kael.

—Dice que todavía tienes que adaptarte a la nueva casa. Más adelante nos dejarán ir a verte —repito las mismas palabras que nos dijo la asistenta social.

Él asiente como si llevara demasiado tiempo acostumbrado a que las decisiones importantes de su vida las tomen siempre otros.

—No pasa nada —nos dice con una sonrisa valiente—. Ya vendréis otro día.

—Lo haremos —promete Kael, que se pasa una mano por la nuca.

—Prometido —aseguro.

—Lo sé.

Mona aparece al fondo del salón y le hace un gesto con la mano.

—Tengo que irme. Hoy me toca ayudar a preparar la merienda.

—Pues intenta dejar para los demás —bromea Kael.

—Eso díselo a Marcos.

Los tres nos reímos y, durante ese instante, parece que los kilómetros desaparecen.

—Cuídate, renacuajo.

—Vosotros también.

La pantalla se apaga y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Kael aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se le marcan bajo la piel. Entonces, sin avisar, le da un puñetazo lleno de rabia a la papelera metálica que hay junto a la salida del comedor.

—¡Joder! —grita lleno de frustración.

Algunos estudiantes se giran para mirar, pero a mi hermano parece darle exactamente igual. Respira deprisa y se pasa las manos por el pelo. Veo que aprieta los puños otra vez y antes de que vuelva a golpear algo, le cojo la mano.

El silencio pesa mucho más que hace unos segundos. Sé que en esta vida cada uno aprende a sobrevivir como puede. Kael necesita romper algo para no romperse él y yo solo necesito unos segundos más para aceptar que hoy tampoco hemos podido abrazar a nuestro hermano pequeño.

—¿Estás bien? —pregunta cuando por fin recupera un poco de cordura.

—No —respondo guardando el móvil en el bolsillo de mi mochila.

—Yo tampoco —afirma, mientras nos alejamos del comedor sin decir una palabra más.

Porque hay heridas que no necesitan explicarse cuando los dos lo llevamos dentro de nuestro ser desde hace demasiado tiempo.

Me despido de Kael y cuando estoy llegando a la redacción del periódico con la carpeta pegada al pecho, trago saliva, respiro e intento apartar la tristeza a un rincón para poder dar lo mejor de mí en las siguientes dos horas de clase.

El profesor Parker ya está apoyado sobre la mesa de reuniones cuando llego.

—Buenas tardes.

Un murmullo general responde al saludo. Alan está a su lado y reparte varias hojas, mientras el profesor Parker comienza a explicar el contenido del próximo ejemplar del periódico.

—Esta semana quiero que dejemos cerrados todos los artículos principales antes del viernes. Deportes, cultura, investigación y opinión. Revisad bien las fuentes antes de entregarlos y recordad que prefiero un texto entregado un día tarde antes que uno con información sin verificar.

Paso la vista por el folio que me entrega Alan y veo que me ha tocado preparar un artículo sobre la obra del grupo de teatro de Brakenhall. Creo que será pan comido. La clase termina y mientras estoy recogiendo mis cosas, Alan se deja caer sobre la silla que tengo a mi lado.

—Señorita Mirror.

—¿Sí?

—¿Has pensado ya cómo vas a enfocar la entrevista con Blackwood? —me pregunta y niego.

—Todavía no —respondo con sinceridad y Alan tamborilea los dedos sobre la mesa.

—No pasa nada, aún queda tiempo. Pero cuando tengas preparadas las preguntas, me las enseñas antes de hacer la entrevista.

—Por supuesto.

—Quiero echarles un vistazo. Si conseguimos que Blackwood se abra un poco, puede ser uno de los artículos más potentes del especial de Navidad.

—Lo intentaré —digo sonriendo por educación.

Alan se levanta para atender a otro compañero y cuando se aleja apoyo mi frente sobre la mesa frustrada.

Mi estómago me da un vuelco al pensar en Axel…

Casi había conseguido convencerme de que todavía podía aplazar la entrevista.

Pero si quiero la beca complementaria, necesito escribir ese artículo.

Salgo de clase y miro el reloj, son las cuatro y media.

Por suerte, hoy entro más tarde a trabajar.

He recibido un mensaje del encargado del club para informarme de que esta noche hay una fiesta privada y pedirme que llegue a las ocho y media.

Así que tengo tiempo suficiente para ir a hablar con Axel y tener una primera toma de contacto sobre la entrevista.

Paso por el pabellón de deporte y miro a través del enorme ventanal. No hay ni rastro de él.

Cinco minutos después, estoy frente a la puerta de su casa.

Respiro hondo antes de pulsar el timbre y me conciencio de que no he venido a discutir con él.

Solo estoy aquí porque necesito esa entrevista y porque el artículo no va a escribirse solo.

Pero, en cuanto mi dedo roza el timbre, la imagen de la noche en el mirador vuelve a colarse en mi cabeza sin pedir permiso.

La lluvia golpeando el techo del coche. Las luces de Brakenhall extendiéndose bajo nosotros. Su mano apartándome el cabello con una delicadeza que jamás habría imaginado en alguien como él y esa forma de mirarme… intentando descifrar un idioma que nadie le había enseñado.

Aprieto los labios y me recuerdo que no pasó nada. Sacudo los pensamientos justo cuando la puerta empieza a abrirse.

—¡Pequeña Dafne! —Ethan aparece sin camiseta, con un delantal negro cubierto de harina y una espátula en la mano.

—¿Qué... estás haciendo? —le pregunto sorprendida.

—Alta cocina —afirma sonriente y no puedo evitar reír.

—¿Está Axel? —Su expresión cambia de repente.

—No ha pasado por aquí desde ayer por la mañana.

Genial, he recorrido medio campus para nada.

—Venía porque tengo que hacer una entrevista para… —empiezo a explicarle.

—Lo imaginaba… nos lo contó el otro día —me dice y da un paso hacia un lado—. Pero no pasa nada, todavía tienes tiempo, y ya que estás aquí… ¿quieres unos crepes? —me pregunta levantando la espátula a modo de invitación oficial.

—¿Crepes?

—Sí. Es un dulce francés, está delicioso, y no tienen nada que envidiar a las tortitas del Isabella's.

—En ese caso, no puedo decirte que no —respondo risueña.

Cuando entro en la cocina, veo a Kael sentado en uno de los taburetes de la isla girando distraídamente una cuchara entre los dedos. Al oírme, vuelve la cabeza hacia mí.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta.

—Buscaba a Axel, para la entrevista… —le explico.

—No está.

—Eso ya le ha quedado claro —le comenta Ethan.

—Pues ya está —ataja.

—Qué agradable eres cuando quieres —ironiza su amigo.

—Siempre —masculla con una sonrisa falsa y Ethan resopla.

—No le hagas caso, lleva todo el finde con cara de funeral —me explica y Kael rueda los ojos.

—Cállate y cocina —ladra y Ethan le saca el dedo corazón.

—Te hace falta follar más.

En ese momento aparece Apolo sin camiseta y me doy cuenta de que también tiene bastantes tatuajes que lo hacen parecer más temerario si cabe.

Abre la nevera, saca la leche y luego coge un bol enorme; echa copos de avena, un plátano a rodajas, unos polvos que, según creo, son proteínas, lo cubre de leche y lo mezcla sin demasiada delicadeza.

—¿Eso está bueno? —pregunto y ni levanta la vista.

—Es rico en proteínas.

—Eso no responde a mi pregunta —insisto.

—Sí —responde.

—Mentiroso —interviene Ethan mientras da la vuelta a un crepe que amenaza con romperse—. Lleva semanas diciendo que la avena sabe bien y eso es imposible.

—Porque no tenéis paladar —replica serio.

—Tal vez eres tú el que no tienes papilas gustativas —ataca Ethan.

—Las tengo y sé que cocinas fatal.

—Porque eres un desagradecido. Es cierto que no cocino como la madre de Daniela, pero me defiendo.

Antes de que pueda reaccionar, Ethan le lanza un pequeño trozo de plátano. Apolo lo esquiva sin esfuerzo y Kael, que estaba en medio, recibe el impacto en la frente.

—¡Pero serás imbécil!

—Da gracias a que no era el bote de Nutella —se justifica Ethan partido de risa, y no puedo evitar reírme también.

—Te juro que un día voy a…

—¿Matarme?

—No.

—¿Pegarme?

—No.

—¿Casarte conmigo?

—Voy a empezar por romperte esa sartén en la cabeza —le asegura y se me escapa una carcajada tan sonora que los tres se giran hacia mí.

Ethan sonríe y Kael, al oír mis carcajadas, se contagia y por un instante desaparece su mal humor. Apolo me acerca el bol y me ofrece una cuchara limpia.

—Prueba.

Le hago caso y aunque tiene una textura pastosa, no es tan desagradable como esperaba.

—Está… comestible.

—¿Ves? La chica solo es educada tío —bromea Ethan poniéndome un crepe en un plato sobre la isla de la cocina—. Esto sí que es una delicia pequeña Dafne.

Me acerco y me siento en un taburete junto a mi hermano, corto un trozo del crepe bañado con un hilo de chocolate y me lo llevo a la boca.

—Está buenísimo.

—¡Te lo dije! —exclama orgulloso el rubio, mientras que Apolo niega con la cabeza.

—Eso son calorías vacías.

—Eres la persona más cruel que conozco —se hace el indignado Ethan y las risas vuelven a llenar la cocina.

Entonces Ethan mira a Kael.

—Kael es peor con Axel… —dice Apolo y ese mensaje capta toda mi atención.

—¿Qué queréis decir? —pregunto, y Kael niega para sí, pero sus amigos no parecen hacerle caso.

—Axel y Kael eran inseparables —confiesa Ethan.

—No empieces, ya sabes que eso es pasado —intenta cortarle Kael, que resopla.

—Hasta pensábamos que iban a acabar viviendo juntos cuando fueran viejos —dice Apolo y Ethan se ríe.

—Con una casa en la playa y dos perros —añade Ethan.

—¿Habéis terminado? —pregunta Kael, que deja caer la cuchara sobre la encimera.

—Creo que el orgullo os está pasando factura a los dos —afirma Ethan y Apolo asiente.

No me imagino que entre Axel y Kael hubiera una amistad tan fuerte… Porque lo único que he visto en ellos desde que llegué a Brakenhall son miradas afiladas.

Apolo, como si adivinara mis pensamientos, cambia el tema antes de que pueda preguntar algo más y mi hermano pierda la poca paciencia que le queda.

—¿Y Charlie? —pregunta Apolo y bajo la vista hacia el plato.

—Este fin de semana tampoco nos han dejado verlo —contesto.

—Solo hemos podido hablar con él por videollamada —añade Kael.

—Ahora lo comprendo… por eso estás con ese carácter de mierda —sentencia Apolo mientras deja la cuchara dentro del bol.

—Cuando lo dejen salir con vosotros de paseo, lo primero que tenéis que hacer es traerlo aquí —promete Ethan y todos lo miramos al mismo tiempo.

—No conocéis a Charlie —les digo.

—En persona no, pero si es importante para vosotros, también lo es para nosotros —sentencia y Apolo asiente.

Estos chicos parecen una familia, aunque se insultan, se lanzan comida y discuten por cualquier tontería. Y, aun así, cuando uno cae, los demás ya están tendiéndole la mano antes incluso de que la pida.

Después de merendar, me despido de los tres y pienso que he venido buscando respuestas para una entrevista y me marcho con muchas más preguntas de las que traía.

No sobre Axel, sino sobre los chicos que viven en esta casa y esa extraña forma que tienen de cuidarse mientras fingen que solo saben sacarse de quicio.

Quizá eso sea una familia, no la que nos toca, sino la que elegimos.