Más allá del odio. CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La lluvia golpea el parabrisas con tanta fuerza que apenas se distinguen las luces del campus.

Dafne permanece en silencio con los brazos cruzados mientras va mirando por la ventanilla.

No hace falta ser un genio para saber que sigue enfadada y, por alguna razón que todavía no entiendo, me resulta jodidamente divertido.

La miro de reojo cuando me dejo atrás su destino y espero a que proteste. No tarda mucho.

—Te has pasado mi residencia —me informa y sonrío.

—Lo sé.

—Entonces da la vuelta —me ordena.

—No.

—¿Cómo qué no? —me pregunta incrédula y mi sonrisa crece un poco más.

—Vamos a un sitio mejor.

—No pienso ir contigo a ningún sitio —se queja.

—Ya lo estás haciendo novata.

—Ogg… De verdad, Blackwood, eres insoportable —dice desesperada.

—En vez de estar de morros, podrías aprovechar este tiempo para hacerme preguntas para tu entrevista —le comento divertido y siento cómo me fulmina con la mirada.

No dice nada; saca su móvil del bolsillo y teclea algo. No miro, sinceramente, no me interesa.

—Le he escrito a Beatrice, no vaya a ser que llegue y vea que no estoy y llame a la seguridad del campus.

—Eres más lista de lo que pareces.

—¿Me estás diciendo que parezco tonta?

—¿Qué? ¡No! Joder. ¿No podemos hablar como dos personas normales durante cinco segundos?

—No, porque lo nuestro va más allá del odio… —me asegura y niego despacio.

—¿Eso crees?

—Estoy segura.

—Pues tienes un concepto muy raro del odio.

—Ah, ¿sí? —cuestiona y la miro apenas un segundo antes de volver la vista en la carretera.

—Si de verdad me odiaras, no habrías subido a mi coche.

—He subido porque estaba diluviando y no quiero enfermar —se excusa.

—Claro.

—No te flipes.

—Ni se me ocurre, novata.

La carretera termina en un pequeño aparcamiento de grava. Apago el motor y durante unos instantes solo se escucha la lluvia golpeando el techo del coche. Dafne mira por la ventanilla y después dirige su mirada a mí.

—¿Dónde estamos? —me pregunta mientras yo sigo observando el bosque que nos rodea.

—En mi sitio favorito de todo Brakenhall —respondo.

—Pues con esta lluvia apenas se ven los árboles.

—Porque aún no has mirado adonde debes.

Pulso el botón del techo panorámico y dejo solo el cristal que nos muestra un cielo oscuro, lleno de relámpagos que iluminan las nubes con cada destello.

Cuando la lluvia aminora un poco, las luces del campus aparecen al fondo del valle. Pequeñas y lejanas, como si Brakenhall fuera otro mundo. Ella se queda completamente callada y, por primera vez desde que la conozco, parece que no tiene ninguna respuesta sarcástica preparada.

La observo de reojo y compruebo que tiene los ojos clavados en el paisaje.

—Es precioso… y si no lloviera, se vería un cielo estrellado increíble —susurra pensativa y lo dice tan bajito que casi no la oigo.

Nunca había traído a nadie aquí. Ni a mis amigos, ni a ninguna de las chicas con las que he estado.

Este lugar era lo único que seguía siendo completamente mío…

Y, por algún motivo que todavía no entiendo, acabo de compartirlo con ella.

No soy capaz de mirar el paisaje, porque solo miro a Dafne.

La calefacción está haciendo su función; ambos nos estamos secando y estoy tranquilo porque ninguno de los dos nos vamos a constipar.

—¿Por qué me has traído? —me pregunta.

—No me apetecía dejarte sola —contesto.

—¿Por qué? —insiste.

—Porque ibas a darle demasiadas vueltas a lo ocurrido con ese gilipollas —afirmo.

—¿Traes aquí a las chicas que llevas a tu cama?

—¿Quién te ha dicho que tenga que llevarlas a mi cama? —vacilo y veo cómo su mirada cambia—. No pienso hacer tal cosa hoy, aquí, contigo —le aclaro serio.

—No eres mi tipo, Blackwood…

—Niégalo todo cuanto quieras, novata. No tengo prisa hasta que dejes de mentirte.

Un trueno hace vibrar los cristales y sonrío al ver que no se asusta del estruendo.

—Nunca he traído aquí a nadie —confieso apoyando el antebrazo sobre el volante y decido contarle la verdad—. Siempre vengo aquí para callar mi ruido mental —le explico y me doy un par de toques en la sien.

—¿Y funciona?

—La mayoría de las veces sí…

—¿Y las que no? —me pregunta y sonrío.

—Hago deporte, salgo a correr o me voy al gimnasio.

—No está mal este tipo de terapia… —susurra pensativa.

—Nada mal, novata.

Vuelve el silencio, pero no es incómodo.

La calefacción ha secado parte de su ropa.

No llevaba nada especial, ni siquiera parecía haber elegido un atuendo para impresionar a nadie y, precisamente por eso, resultaba imposible no mirarla.

Es diferente al resto. En un campus donde todos compiten por llamar la atención, ella parece no saber que para mí no pasa desapercibida.

Es auténtica y tal vez por eso me resulta jodidamente difícil apartar la vista de ella.

«¿Qué demonios me pasa contigo?», se cuestiona mi mente.

He estado rodeado de chicas infinitamente más interesadas en mí y, sin embargo, la única que consigue desordenarme la cabeza es la que lleva dos semanas llamándome imbécil.

Llevo meses sin acostarme con nadie, debe de ser eso. Sí, tanto entrenamiento y tantas peleas, sin ninguna otra distracción, está haciendo que mi cuerpo empiece a pasarme factura.

Entonces, Dafne gira la cabeza y nuestros ojos se encuentran en la penumbra de la noche y toda la teoría que estaba elaborando se va directamente a la mierda.

Quiero besarla. Y eso es peligrosamente jodido para mí.

Mi mirada desciende sin querer hasta sus labios.

Maldita sea.

«Bésala».

Sería tan fácil acortar los pocos centímetros que nos separan… Aprieto la mandíbula y rechazo la idea.

No.

Porque estoy seguro de que Dafne no es una chica a la que puedas besar y fingir al día siguiente que no ha pasado nada. Ella sería mi perdición, mi propia guerra, y todavía no sé si estoy preparado para librarla.

Ella me mira y me fijo en un tatuaje diminuto de un punto y coma en el cuello. Sin ser consciente, acerco mi mano y acaricio el tatuaje con el pulgar. Dafne se queda inmóvil mientras me pierdo en la profundidad de su mirada.

—No parece un tatuaje que alguien se haga porque sí. ¿Qué significa? —le pregunto en un susurro y ella vuelve a colocarse el pelo para esconderlo.

—Nada —miente y decido no insistir.

—¿Qué piensas? —pregunto después de unos segundos y una pequeña sonrisa se asoma en sus labios.

—Hasta hace un rato pensaba que eras un imbécil.

—¿Pensabas? —me asombro y ella niega divertida.

—No te emociones Blackwood —dice sonriendo—, pero creo que haces un esfuerzo enorme para que nadie descubra quién eres de verdad.

Sus palabras me obligan a quedarme en silencio. Le sostengo la mirada e intento averiguar en qué momento ha dejado de ser la novata insoportable que no hacía más que llevarme la contraria y se ha convertido en la única persona capaz de mirar más allá del apellido Blackwood.

—¿Y quién crees que soy?

Ella, sin apartar sus ojos de los míos, me observa pensativa y sonríe.

—Todavía no lo sé, pero tengo la sensación de que tú tampoco.