Más allá del odio. CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Aparto la mirada y me alejo antes de que se dé cuenta de que esa frase me ha desarmado mucho más que cualquier sonrisa arrogante.

—¡Novata! —me llama, pero sigo avanzando en busca de las chicas.

No tengo ganas de seguir en esta fiesta. Estoy cabreada. No con él, sino con este sitio y con los niños ricos y malcriados que hay en esta universidad que se creen que todo les pertenece.

Busco a Beatrice y a Cloe. Las encuentro riéndose entre ellas y decido no estropearles la noche.

—No me encuentro bien. Me está bajando la regla. Me voy ya —les miento.

—¿Quieres que te acompañe? —se ofrece Beatrice.

—Quédate. Lo estás pasando bien.

—Pero…

—En cuanto llegue a la residencia te escribo —le prometo.

—Más te vale.

Le sonrío y abandono la fiesta. En cuanto cruzo la puerta principal, me doy cuenta de que está diluviando. Perfecto, justo lo que me faltaba. En menos de medio minuto estoy completamente empapada.

—¡Novata! —grita alguien—. ¿A dónde demonios crees que vas? —Solo él me llama así, así que no me giro.

—Es obvio que me voy a casa.

—Ven, sube al coche, te vas a empapar —me pide parando su coche junto a mí.

—¡No necesito tu ayuda! —respondo y sigo caminando.

—Eso ya me ha quedado bastante claro.

—¿Me vas a dejar en paz?

—No.

—¿Por qué? —le pregunto exasperada.

—Porque eres demasiado cabezota.

—¿Y tú?

—Yo soy peor —sentencia avanzando con su coche a mi lado—. ¡Sube!

—¡No!

—Mañana vas a estar enferma si te sigues mojando —añade mientras mantiene el coche a mi velocidad.

Durante unos metros ninguno de los dos dice nada, solo se escucha la lluvia golpeando el asfalto y el metal de la carrocería de su coche.

—Mirror.

—Blackwood.

—Sube —me ordena y noto en su voz que no le queda mucha paciencia.

—No. Estoy a solo diez minutos de la residencia.

Esta vez no insiste. Sube la ventanilla y simplemente acelera.

Lo veo alejarse y sonrío pensando que por fin voy a tener un poco de tranquilidad.

Pero la paz dura muy poco, porque cuando giro hacia la siguiente calle su coche está aparcado junto a la acera y Axel está sentado sobre el capó de su Mercedes con los brazos cruzados y empapándose por la lluvia exactamente igual que yo.

Lo miro como si estuviera completamente loco y él no dice nada. Sigo caminando y cuando paso por su lado, sus palabras me detienen.

—Tengo toda la noche para jugar al gato y al ratón.

—Pues disfrútala.

—Eso intento. Sube al coche —me pide.

—No pienso subir a tu coche —repito por enésima vez y veo cómo aprieta la mandíbula, niega para sí y se pasa una mano por el pelo mojado.

—¿Por qué eres tan orgullosa? ¿Quieres enfermar?

Guardo silencio, lo miro y es que, joder, maldito sea…

Porque tiene razón. Está diluviando, hace un frío increíble y ha sido una mala idea irme andando.

Resoplo con fuerza y miro el coche. Si sigo discutiendo con él bajo este diluvio, los dos acabaremos enfermos y, aunque me fastidie reconocerlo, tiene razón.

Doy un paso hacia el coche, él no dice nada y finalmente abro la puerta del copiloto y me dejo caer sobre el asiento. Axel rodea el coche con esa calma desesperante que parece sacar de quicio únicamente a mi sistema nervioso.

Cuando entra, el olor a lluvia invade el interior.

Se quita la chaqueta empapada y la lanza al asiento trasero.

Después arranca el coche, enciende la calefacción y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada; solo se escucha el golpeteo de la lluvia contra el parabrisas.

Cruzo los brazos molesta porque… sé que tiene razón.

—No es tan gracioso como para que estés sonriendo.

—No lo estoy haciendo —miente, porque en sus labios baila esa maldita sonrisa que parece reservada exclusivamente para sacarme de quicio.

—Eres inaguantable.

—Lo sé, pero has subido al coche —afirma sin apartar la mirada de la carretera.

—He subido porque estaba diluviando.

—Claro, miéntete a ti misma todo lo que quieras, pero no me odias tanto como aparentas.

Axel me mira un instante y luego vuelve a fijar la vista en la carretera.

—¿Sabes qué he descubierto esta noche?

—¿Qué?

—Qué eres tan cabezota que prefieres discutir conmigo bajo la lluvia, aunque mañana enfermes, antes que darme la razón. También me ha sorprendido que no eres como todas.

No puedo evitar girar la cabeza para mirarlo sorprendida. Él sigue mirando al frente.

—¿Y cómo son todas? —pregunto.

—Previsibles. Cualquier chica de Brakenhall hubiese subido a mi coche sin dudarlo un instante, y tú has hecho justo lo contrario —comenta sin desviar la vista de la carretera.

—No tengo nada que ver con las chicas de esta universidad —le aseguro y él sonríe.

—Eso ya lo sé. Tú has preferido mojarte hasta los huesos antes que deberme un favor.

Guardo silencio porque su declaración me desarma. Tiene razón. Y es que nunca antes nadie me había entendido de esa forma. Vuelvo a mirarlo y no soy capaz de apartar la vista de él.

—No cambies, novata, aunque tu hobby principal sea sacarme de quicio —me pide y no puedo evitar sonreír—. Lo sabía.

—¿El qué sabías?

—Sabía que debajo de todo ese mal genio había una sonrisa increíble.