Más allá del odio. CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Ethan aparece a mi lado con una cerveza en la mano. Ni siquiera necesita mirar hacia la puerta. Sonríe con ese orgullo despreocupado de quien ya sabía cuál iba a ser el resultado.

—Ya está aquí.

Niego con la cabeza y observo cómo media fiesta abandona la zona de bebidas para acercarse a recibirlo.

—¿Siempre montan este espectáculo? —pregunto, y Ethan suelta una carcajada.

—Siempre.

La música sigue sonando y, tras lo que parece una señal invisible, varios estudiantes levantan los vasos al aire. Los aplausos aumentan, los gritos también y entonces lo veo.

Axel Blackwood camina junto a Apolo y todavía lleva puesta la chaqueta de la universidad. Una fina herida le parte la ceja y su pelo oscuro está húmedo. A su paso, unos le chocan la mano, otros le dan una palmadita en la espada y todos lo reciben como a un jodido dios.

Tres chicas se acercan antes incluso de que llegue a la barra donde hay cinco camareros. Una le acaricia el brazo, otra le da un beso en la mejilla y la tercera le ofrece una copa. Axel sonríe, pero no se queda con ninguna.

Enseguida continúa avanzando entre la gente como si nada de aquello tuviera demasiada importancia.

Y, entonces, sus ojos encuentran los míos.

Justo en ese instante, la música cambia de repente y Cloe me agarra de la muñeca y tira de mí.

Los primeros acordes de una canción conocida hacen que medio salón grite al unísono y consiguen que, en cuestión de segundos, el centro del salón se convierta en una pista de baile.

—¡Vamos! ¡Baila!

—Ni de broma.

—Demasiado tarde —grita Beatrice, que se ríe y tira también de mí sin darme opción mientras me entrega un vaso de refresco.

Al principio me siento ridícula. Las chicas que tengo alrededor parecen modelos sacadas de una revista de Victoria Secret, con vestidos lujosos que las hacen parecer inalcanzables y tacones que yo sería incapaz de aguantar más de cinco minutos.

Una de ellas me dedica una mirada rápida, después lo hace la amiga y luego la otra. Reconozco ese gesto. El de quien ya ha decidido que no perteneces a este lugar, pero la verdad es que ahora mismo no me importa porque, por primera vez en años, me lo estoy pasando realmente bien.

Si ellas necesitan un vestido de miles de dólares para sentirse superiores, es su problema. No el mío.

La canción llega al estribillo y Cloe levanta su vaso antes de empezar a cantar a pleno pulmón.

Beatrice acaba siguiéndole el juego y, antes de darme cuenta, las tres estamos riéndonos mientras nos movemos en la pista de baile improvisada.

Durante unos minutos, dejo de fijarme en las miradas y solo disfruto del momento, hasta que un escalofrío me recorre la nuca.

Me giro por puro instinto y lo veo al otro lado del salón, apoyado contra una de las columnas. Axel Blackwood, observándome, mientras sostiene una cerveza. Junto a él, Ethan habla sin parar y Apolo permanece a su lado con los brazos cruzados.

Sostengo su mirada apenas unos segundos, luego le enseño mi dedo corazón y muevo los labios para que sepa bien lo que le digo: IM-BÉ-CIL.

Él responde con esa media sonrisa arrogante que parece haberse instalado de forma permanente en su cara y niega despacio para sí.

Capullo.

Vuelvo a centrarme en la música y en disfrutar con las chicas, aunque soy consciente de que Axel Blackwood me sigue observando. Después de varias canciones y tres refrescos, necesito salir de la pista de baile.

—Voy al baño un momento —comento.

—Voy contigo —me dice Beatrice.

Cloe nos mira con una mezcla de incredulidad y diversión.

—¿En serio? ¿La vas a escoltar hasta el baño? —pregunta y Beatrice se encoge de hombros.

—Nunca está de más.

—Bea, esto es una fiesta, hay seguridad en la puerta… —Le da un pequeño sorbo a su copa antes de sonreírme—. Los baños están al fondo del pasillo y luego a la izquierda. Hasta yo he conseguido encontrarlos.

—Tardo cinco minutos —aseguro con una sonrisa a Beatrice.

Ella duda un instante y finalmente asiente.

—Vale, pero no tardes.

Me abro paso entre la multitud mientras la música queda cada vez más lejos.

El pasillo resulta sorprendentemente silencioso en comparación con el caos del salón.

Encuentro el baño enseguida y reconozco que Cloe tenía razón.

Era imposible perderse. Cuando salgo, unos minutos después, el pasillo sigue prácticamente vacío.

—Así que eres la hermanita de Mirror —dice una voz a mi espalda sobresaltándome.

Me giro y me encuentro con el mismo chico de antes.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—Pues yo no —respondo e intento rodearlo, pero vuelve a colocarse delante de mí.

—Solo quiero invitarte a una copa —me dice ofreciéndome la suya.

—No bebo con desconocidos.

—Eso tiene fácil solución. Me llamo John —se presenta sonriente.

—Enhorabuena, pero me voy —le aclaro intentando pasar, pero me corta el paso.

—Eres una chica difícil, para ser una becada…

—Y tú eres demasiado imbécil como para comprender que no es no.

Se ríe cuando me ve cabreada; es obvio que para él todo esto forma parte de su juego.

—Solo serán cinco minutos.

—He dicho que no —me reafirmo.

Mira por encima de su hombro y veo que hay un grupo de chicos observando la escena desde el final del pasillo. Ahora entiendo su insistencia. Tiene público.

—No seas borde.

—Ni tú tan pesado…

Doy un paso al lado dispuesta a marcharme, pero él no lo deja pasar.

—Solo quiero hablar.

—Pues yo no.

El muy arrogante da un paso hacia mí, después otro y finalmente me acorrala contra la pared.

Todas las alarmas saltan en mi cabeza cuando siento sus manos en mis caderas.

Una arcada me sube por la garganta al ver una sonrisa victoriosa bailando en sus labios.

Mi mente me arrastra a una habitación fría y oscura de hace dos años.

Cierro los ojos con fuerza y reacciono sin pensar.

Levanto mi rodilla con todas mis fuerzas hacia su entrepierna.

Acierto de lleno y noto cómo el aire abandona sus pulmones con un sonido ahogado.

Sus ojos se abren de par en par. El tipo se dobla sobre sí mismo, se lleva las manos a la entrepierna y retrocede dos pasos tambaleándose.

—Maldita zorra… —masculla con odio.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre la primera vez que te he dicho que no y esta? —le pregunto seria y nerviosa…

—¿Q-q-qué?

—Que ahora tus pelotas necesitan una bolsa de hielo.

Varias carcajadas estallan a nuestro alrededor. El chico aprieta la mandíbula, rojo de vergüenza, y antes de que pueda decir una sola palabra más, una voz grave rompe el silencio.

—Yo en tu lugar me iría antes de empeorar la humillación.

Levanto la vista y veo que Axel Blackwood avanza hacia nosotros con las manos en los bolsillos. Se detiene a mi lado y ni siquiera mira al chico. Toda su atención recae sobre mí.

—Es una zorra… —repite el capullo lleno de rabia.

La sonrisa desaparece del rostro de Axel y gira la cabeza muy despacio hacia él con una calma que resulta infinitamente inquietante.

—¿Qué has dicho? —pregunta entre dientes y el chico se da cuenta del cambio de humor en Axel.

—Yo...

Axel da un paso hacia adelante, uno solo que intimida hasta a los chicos que están al otro lado del pasillo presenciando todo.

—Repítelo —le ordena.

Pero el chico con las pelotas doloridas no lo hace. Axel espera un segundo más y después habla con una tranquilidad casi escalofriante.

—No confundas tener tu ego herido con tener razón —le aclara—. La chica te ha dicho que no, y aquí el único que ha decidido humillarse has sido tú mismo.

El chico aprieta la mandíbula y me lanza una mirada cargada de reproche, mientras Axel mantiene la vista fija en él.

—Hazte un favor. Desaparece antes de que alguien empiece a pensar que eres todavía más idiota de lo que acabas de demostrar.

El chico traga saliva, mira a Axel y luego me mira a mí. Y entiende que no va a ganar absolutamente nada quedándose aquí, así que da media vuelta y se marcha.

Axel no ha actuado como hizo en el club hace una semana. Esta vez ni siquiera ha levantado la voz, y precisamente por eso resulta mucho más intimidante. Mi respiración sigue agitada por la adrenalina que todavía me recorre el cuerpo. Cuando vuelvo a levantar la vista, Axel sigue observándome.

—¿Qué? —pregunto y él ladea un poco la cabeza.

—Nada.

—Pues deja de mirarme.

—No puedo.

—¿Y eso? —Mi curiosidad hace que una sonrisa se dibuje lentamente en sus labios.

—Novata, acabo de descubrir que eres mucho más peligrosa de lo que imaginaba.

—¿Eso es un cumplido?

—Depende —susurra dando un paso hacia mí para que solo yo pueda oír la siguiente frase—. Si algún día tengo que poner mi vida en manos de alguien, no dudaría en que fueran las tuyas.

—No necesito que un niño rico me dé su aprobación —mascullo y él sonríe.

—Menos mal.

—¿Por qué?

—Porque jamás pensaba dártela —sentencia y lo fulmino con la mirada—. Lo que sí voy a darte es un consejo.

—No te lo he pedido.

—Lo sé, pero si algún idiota vuelve a agarrarte así, lo mejor es que le des con más fuerza en las pelotas —afirma y veo cómo su mirada se endurece.

—No es tan fácil acertar —le aseguro.

—Entonces, me encargaré de que aprendas…

—¿Vas a entrenarme? —cuestiono con ironía.

—Sí, voy a enseñarte a defenderte —responde esbozando una media sonrisa.

No esperaba esa respuesta y niego para mí pensando que es una idea pésima.

—Los hombres sois idiotas —aseguro decidida a marcharme.

—Solo algunos, novata —afirma.

—¿Y tú en qué grupo crees que estás? —le pregunto y sigo caminando.

—En el que jamás toca a una mujer después de escuchar un «no» —responde sin dudar.