CAPÍTULO 9 #2
Los veo acercarse a la barra para pagar sus menús y Daniela los atiende más seria que de costumbre; tal vez no le gusta esa confianza de Cloe con Ethan.
Cuando terminamos de comer, pagamos nuestra cuenta a medias. Según cruzamos la puerta, el aire húmedo de septiembre nos golpea la cara. Está lloviendo, solo un poco, lo justo para que el asfalto brille bajo las farolas.
Al llegar al lugar donde se celebra la fiesta, me doy cuenta de que la casa es muy diferente a la de Kael y los chicos.
La verdad es que, lejos de parecer una residencia para estudiantes, parece una mansión con una exposición de coches de lujo en la puerta.
Un Porsche aparcado junto a la acera, detrás un Aston Martin, seguido de un Ferrari rojo, cuyo motor ruge solo para llamar la atención.
Lo curioso es que nadie parece sorprenderse.
Aquí, tener un coche que cuesta más que mi futura deuda universitaria debe ser lo más normal del mundo.
Los estudiantes que caminan por el jardín de la casa derrochan glamur; las chicas llevan vestidos de diseño y los chicos trajes y camisas hechos a medida.
Todo el mundo parece haber salido de una gala.
—Creo que soy oficialmente la peor vestida de esta universidad —murmuro y Beatrice me da un pequeño codazo.
—Estás guapísima.
—Sí, pero creo que debería haberme quedado en la residencia —comento sintiéndome fuera de lugar.
—Ni se te ocurra —dice mi amiga colocándose delante de mí para obligarme a mirarla—. Mi vestido es de unos grandes almacenes y pienso pasármelo igual de bien que cualquiera de esas chicas. Mis padres tampoco tienen el dinero que los padres de Cloe, y no pasa nada.
—Ya, pero tú estás preciosa y yo… solo estoy vestida.
—¿En serio, Daf? —pregunta—. Solo son un puñado de niños ricos convencidos de que el dinero compra personalidad y apariencia.
No puedo evitar sonreír, porque es la mejor. Justo cuando voy a responder, dos chicas pasan a nuestro lado. Una de ellas me mira de arriba abajo con desprecio y la otra sonríe con ese gesto tan sutil que casi parece educación.
—Juraría que la he visto sirviendo copas en el club ese de Boston… —Su comentario me enfurece.
—Yo también.
Ni siquiera bajan la voz, y siguen caminando sobre sus tacones, como si acabaran de hablar sobre el tiempo. Aprieto la mandíbula y decido que no pienso darles la satisfacción de que me hagan sentir más pequeña. Entonces escucho una voz detrás de nosotras.
—Vaya, no sabía que las camareras del Nido también estaban invitadas a las fiestas de los Omega.
Me giro y encuentro a un chico con una copa en la mano que me dedica una sonrisa cargada de prepotencia. Lo ignoro e intento seguir avanzando junto a Beatrice, pero nos alcanza.
—¿Has venido a bailar para nosotros? —me pregunta y Beatrice da un paso al frente.
—Déjala en paz —masculla mi amiga, pero él ni siquiera la mira.
—Tranquila, solo tengo curiosidad.
—La curiosidad mató al gato… ¿Nunca te lo han dicho, capullo?
La voz llega desde detrás de nosotros… Es una voz grave, relajada e inconfundible que me hace sentir segura. Kael llega hasta nosotras y la sonrisa del tipo desaparece.
—No sabía que la conocías —se excusa con mi hermano y este me mira comprobando que estoy bien.
—Y tú no sabías cuándo cerrar la boca, ¿verdad, imbécil? —pregunta Kael metiéndose entre nosotros sin necesidad de empujar a nadie.
—Solo estábamos hablando.
—Pues ya habéis terminado —Da un paso al frente—. Largo.
El chico le sostiene la mirada y durante un instante pienso que va a contestarle… Pero retrocede y me relajo sabiendo que aquí termina esto. Se gira para marcharse, pero antes me dedica una última mirada.
—Nos vemos, Mirror —le dice.
Kael sigue observándolo unos segundos más y solo cuando está lo bastante lejos vuelve a mirarme.
—¿Estás bien? —me pregunta mi hermano.
—Sí.
—¿Seguro?
—Lo tenía controlado —respondo y una sonrisa torcida aparece en su cara.
—Ya lo sé —comenta alegre dándome un golpecito en el hombro—. Pero me apetecía bajarle un poco los humos.
—Gracias —No puedo evitar sonreír.
—No me des las gracias, peque.
Entonces repara en Beatrice, que sigue a mi lado observándolo con curiosidad.
—Tú eres Bea, ¿no?
—Beatrice.
—Eso —replica y le tiende la mano con una sonrisa despreocupada—. Encantado, soy Kael… su hermano.
—Encantada de conocerte —responde con educación y le da dos besos que lo pillan desprevenido.
Kael nos mira a ambas y frunce ligeramente el ceño.
—Espera… —susurra señalándonos alternativamente a Beatrice y a mí—. ¿Cómo demonios habéis conseguido los pases para entrar?
—¿Qué? —pregunta Beatrice.
—La fiesta es privada y no es para novatas de primero.
—Mi amiga Cloe consiguió los pases —le informa Bea y Kael entrecierra los ojos.
—¿Y cómo los ha conseguido? Logan es muy exquisito para sus invitados… —nos dice pensativo.
Beatrice abre la boca para responder, pero mi hermano levanta una mano enseguida para interrumpirla.
—No, espera. Mejor no me lo digáis.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque cuanto menos sepa sobre cómo os coláis en las fiestas de esta universidad, mejor voy a dormir.
—No nos hemos colado —le aseguro.
—¿Y tú? ¿Por qué estás invitado? —le pregunta Beatrice risueña.
—¿Insinúas que necesito invitación?
—Solo pregunto —se defiende ella; Kael arquea una ceja y mira la casa unos segundos.
—Digamos que hay gente a la que le interesa que aparezca de vez en cuando —afirma encogiéndose de hombros—. Me tengo que ir. No os metáis en líos.
—Nos portaremos bien —prometo y Kael vuelve a arquear una ceja.
—No os creo absolutamente nada, pero bueno… Yo también estuve en primero. Disfrutad de la fiesta y si alguien vuelve a molestaros —hace una pausa—, decidle que venís conmigo.
—Vale, y tú tampoco te metas en líos —le pido y él asiente.
—Nos vemos.
Lo veo alejarse por el sendero que lleva hasta la casa y saluda a varias personas por el camino, lo que me hace sospechar que Kael es bastante más conocido en Brakenhall de lo que me había contado.
La cola para entrar en la fiesta ocupa buena parte del jardín delantero.
La casa parece todavía más imponente de cerca: cuatro plantas de piedra gris, enormes ventanales iluminados y una escalinata que desemboca en una entrada custodiada por dos hombres vestidos completamente de negro, que serán seguridad privada.
Uno de ellos levanta la mano cuando nos acercamos.
—Pases.
Beatrice y yo levantamos las pulseras negras que nos dio Cloe esta noche. El hombre las escanea con un pequeño lector y cuando aparece la luz verde baja la mano.
—Disfrutad de la fiesta.
Las enormes puertas de madera se abren delante de nosotras y de pronto escuchamos una música tan fuerte que hace vibrar el suelo. Durante un instante me quedo completamente inmóvil, porque la entrada de esta casa es inmensa.
Una lámpara de cristal cuelga del techo a varios metros de altura y una escalera doble de mármol asciende hacia el piso superior, donde decenas de estudiantes apoyan los codos sobre la barandilla mientras observan la fiesta desde arriba.
Algunos bailan encima de los sofás, otros se besan pegados a las columnas y hay vasos de plástico rojos por todas partes.
Un grupo juega al beer pong en una mesa de billar y otro grupo vitorea a dos chicos que intentan beber directamente de un barril. Al fondo, el DJ hace retumbar toda la casa. Beatrice se acerca a mí para que pueda escucharla.
—Cloe tenía razón… Esto es una locura de fiesta —grita Beatrice para hacerse oír por encima de la música.
Asiento sin apartar la vista de todo aquello.
—¡Daf! ¡Bea! —grita Cloe. Apenas podemos oírla, pero nos mira con una copa en la mano y una sonrisa enorme—. ¡Ha ganado!
—¿Quién? —pregunto, y ella me mira como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—Blackwood acaba de ganar el primer combate del curso y todo el mundo viene para festejarlo.
No sé muy bien por qué, pero noto que la casa empieza a llenarse todavía más, ya que cada pocos segundos entra un grupo nuevo de estudiantes.
—Voy a bailar, esta canción me encanta —grita ilusionada Cloe, y nos deja solas otra vez.
Bea me señala una mesa llena de comida y bebidas.
—Voy a por algo de beber. No te muevas.
Asiento y aprovecho para observar a toda la gente. Entonces distingo a una chica que he visto otras veces en la biblioteca, la misma a la que Ethan preguntó dónde estaba nuestra clase.
Siena.
Está junto a un chico moreno al que no conozco, un tipo alto, bien vestido, muy atractivo que sonríe mientras habla con varias personas.
Todo el mundo parece conocerlo y disfrutar de estar a su lado, pero ella lo mira como si quisiera desaparecer.
El chico la tiene sujeta por la muñeca con fuerza y no logro saber lo que le dice, pero no debe de ser agradable, porque sus hombros se tensan, ella asiente, y se marcha.
Hay algo en ese chico que no me gusta. Sigo caminando entre la gente y un par de minutos después, lo vuelvo a ver junto a las puertas que dan al jardín trasero.
Un chico se le acerca discretamente, intercambian unas palabras y el chico le da un billete doblado.
Él lo guarda con total naturalidad y, a cambio, le pasa una pequeña bola de papel de aluminio.
Todo ocurre en apenas cinco segundos, pero es obvio que no le estaba vendiendo apuntes.
Estoy a punto de alejarme para buscar a Beatrice, cuando mi hermano se acerca a él.
Mi estómago se encoge al ver que lo saluda con absoluta normalidad.
Se abrazan, hablan y sonríen como amigos.
Aprieto la mandíbula. No sé quién es ese chico, pero no me gusta verlo cerca de Kael.
Intento tranquilizarme pensando que mi hermano sabe cuidarse solo, pero espero que también sepa escoger bien a sus compañías.
Un estruendo de gritos estalla en la entrada principal y en un segundo toda la atención de la fiesta cambia de dirección. Alguien silba y otros empiezan a aplaudir.
—¡Blackwood!
—¡Ha ganado!
—¡Joder, eres un puto monstruo! —le grita otro.