CAPÍTULO 8 #2
Con la desaparición de la adrenalina, llega el dolor. Empujo la puerta del vestuario y los gritos de los locos que hay en el sótano quedan amortiguados, dejando un silencio incómodo que me golpea con más fuerza que cualquiera de los puñetazos del combate.
Me apoyo en el lavabo frente al espejo y al mirar mi reflejo compruebo que tengo peor aspecto de lo que esperaba.
El labio está partido, la sangre dibuja una línea oscura hasta la barbilla y el pómulo empieza a hincharse por segundos.
Me paso una mano por el costado y cierro los ojos un instante al sentir una punzada aguda que me atraviesa las costillas.
Suelto el aire despacio y pienso que voy a tener que ponerme hielo toda la noche porque mañana tengo otra pelea.
Bajo la vista hacia mis brazos y me fijo en las espinas tatuadas que recorren el derecho y en la serpiente que se enrosca entre ellas.
Luego miro la rosa y recuerdo que fue el primer tatuaje, antes de que empezara a crecer la tinta negra a su alrededor.
Me quito la ropa y voy directamente a las duchas con la intención de deshacerme del dolor y la incomodidad con el agua.
Me duele todo el cuerpo. Abro el grifo y dejo que un chorro frío caiga sobre mi cabeza y arrastre la sangre hacia el desagüe.
Cierro los ojos y durante unos minutos no existen ni el Buitre, ni mi padre, ni las facturas del hospital, ni Brakenhall…
Cuando salgo, me seco deprisa, me visto con unos vaqueros oscuros, una camiseta negra y una sudadera del mismo color con capucha.
Al coger mi bolsa, veo el fajo de billetes doblados con una gomilla elástica sobre mis zapatos.
El Buitre ha estado aquí, pero sabe que después de la paliza que he recibido era mejor no hablar conmigo.
No hace falta que cuente el dinero, sé que ha cumplido con su palabra y, ahora mismo, solo quiero marcharme.
Subo las escaleras hacia la planta principal del club, pero apenas doy tres pasos cuando alguien me agarra del brazo.
—Ni se te ocurra largarte —me ordena Kristin, que tira de mí sin darme opción.
—¿Qué demonios haces? —pregunto mientras que ella me arrastra hasta el almacén donde guardan las cajas de bebidas y cierra la puerta con el pie.
Me fijo que viste solo la mitad del uniforme, unos shorts negros y un sujetador deportivo. Tiene el pelo recogido de cualquier manera y en cuanto me mira bien, resopla.
—Joder, Axel… —masculla cogiendo un botiquín de la balda de una estantería—. ¿Has peleado con un camión? —inquiere, empujándome hacia un barril de cerveza para que me siente.
—Casi —respondo y veo cómo empapa una gasa en antiséptico.
Cuando me toca el pómulo quemado siento que me escuece como si estuviera aplicando limón directamente sobre la herida. Aprieto la mandíbula y trago saliva.
—¿Por qué diablos has vuelto a pelear? El lunes acabaste igual.
—No tenía elección —confieso, y ella niega con la cabeza.
—Quítate la sudadera y la camiseta.
—Qué mandona.
—Quítatela —insiste y obedezco.
—¿Y tú por qué bailas casi desnuda delante de esos cerdos todas las noches? —pregunto y ella se queda quieta.
—Por la misma razón por la que tú acabas de tener un combate… Porque no tengo elección.
Se dispone a coger otra gasa cuando la puerta del almacén vuelve a abrirse.
—Kristin, necesito una caja de...
La voz se corta en seco y miro detrás de Kristin para ver a Dafne congelada. Sus ojos avellana pasan de Kristin a mí, se detienen un segundo sobre mi pecho desnudo y después sobre el botiquín. Durante unos instantes ninguno dice nada y es Kristin quien rompe el silencio.
—Perfecto —sentencia y nos señala a los dos—. Problema resuelto.
—¿Qué problema? —pregunta Dafne y Kristin se gira, camina hasta ella y le planta el botiquín entre las manos.
—El suyo.
—¿El suyo? —repite confundida y no puedo evitar sonreír.
—Tengo que salir a bailar en dos minutos y le han dejado como un cristo después de la pelea. Si se pone pesado, échale alcohol directamente en la herida.
—Lo tendré en cuenta —responde Dafne mirándome y Kristin sonríe satisfecha.
—Compórtate, tipo duro.
Es todo lo que dice antes de desaparecer cerrando la puerta tras de sí. El silencio reina en el almacén. Yo sigo sentado y Dafne está en el otro extremo del pasillo de pie frente a mí, como si ninguno quisiera ser el primero en romper esa incómoda quietud.
—¿Así que has decidido aprovechar este momento para recopilar información para tu entrevista? —le pregunto y veo cómo ella deja el botiquín sobre una caja.
—No te emociones, Blackwood, solo he venido a por una caja de vino.
—Qué decepción, novata —susurro y veo que abre el botiquín, coge una gasa y le echa antiséptico.
—Podrías curarte solo —me dice sin mirarme.
—Y yo que pensaba que ya empezabas a echarme de menos.
—Créeme, si hubiera sabido esto, hubiera mandado a otra chica a por el vino —me asegura, y no puedo evitar sonreír.
Se coloca frente a mí, mis piernas rozan las suyas y me aplica la gasa empapada en la comisura del labio. Escuece muchísimo, cierro los ojos un instante y veo cómo ella mantiene fija la mirada en la herida.
—¿Te duele?
—Sí, duele más que el puñetazo de antes —respondo.
—No te muevas —me ordena mientras pone de nuevo la gasa sobre la herida—. Quieto.
—Qué mandona eres, novata.
—Y tú eres bastante insoportable, Blackwood.
Cuando la gasa toca de nuevo el corte del labio, aprieto la mandíbula.
Ella lo nota, pero no dice nada. Simplemente sigue limpiando la sangre con una concentración que no esperaba.
Tiene las manos frías, pero sus dedos son firmes y no le tiembla el pulso, ni siquiera teniendo mi cara a pocos centímetros de la suya.
—¿Qué tal estaba la hamburguesa? —pregunto.
—Mejor que tu forma de escribir notas y ladrar órdenes.
—Entonces te la comiste.
—No iba a desperdiciar una hamburguesa gratis —comenta y sonrío.
—Claro, reconoce que te gustó el detalle.
—No te emociones, me la comí porque tenía hambre.
—Seguro… y la nota no tuvo nada que ver —añado sonriente y ella resopla.
—Eres desesperante.
—Eso dicen.
Continúa limpiándome el pómulo y, sin darse cuenta, su mirada desciende despacio por mi brazo.
Se detiene sobre la tinta y sus dedos rozan la piel alrededor de la rosa.
Acaricia el tatuaje un instante, aunque cuando se da cuenta de lo que está haciendo aparta la mano…
Pero ya es tarde, porque he sentido esa caricia.
—¿Por qué una rosa? —pregunta en voz baja.
Miro el tatuaje y me sorprende, ya que hace años que nadie me hace esa pregunta.
—Porque las cosas bonitas siempre terminan teniendo espinas.
No responde, guarda silencio. Empapa otra gasa en antiséptico mientras sus ojos vuelven a recorrer el dibujo de la serpiente, la rosa y las espinas que trepan por mi brazo.
—Hay muchas… —susurra.
—Al principio solo era una rosa —guardo silencio unos segundos y trago saliva—. Las espinas fueron creciendo solas.
De nuevo se queda callada. Sigue limpiando la sangre de mi rostro con una delicadeza que no esperaba encontrar por su parte.
Al otro lado de la puerta, la música sigue retumbando, las risas y los vasos chocando al brindar, pero aquí adentro, el mundo parece haberse detenido.
Como si, por un instante, solo existiéramos la novata y yo.