Más allá del odio. CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Secrets — OneRepublic

—Blackwood —me llama y levanto la vista—. ¿Sabes por qué estás aquí? —me pregunta el profesor Harrison mientras ojea mi expediente.

—Porque me echa de menos—respondo y no sonríe.

—Porque acabamos de empezar el curso y no me has entregado las dos primeras prácticas, además de que en clase pareces estar a kilómetros de distancia —me reprende y me dejo caer sobre el respaldo de la silla.

—Las entregaré.

—No dudo de que lo harás… —susurra cerrando la carpeta—. Me preocupa porque no pareces ser el mismo alumno que conocí el curso pasado.

Ahí está, la frase que me recuerda una vez más que todo el mundo tiene una versión de mí que espera recuperar.

El profesor Harrison, mi padre, los patrocinadores, el entrenador Walker… Todos piensan que Axel Blackwood es una máquina y solo necesita un pequeño ajuste para volver a funcionar.

—Estudias Ciencias del Deporte porque quieres dedicar tu vida al alto rendimiento. Eso implica mucho más que entrenar o competir —me recuerda.

El profesor se levanta de su asiento y señala el modelo anatómico del hombro que descansa sobre una estantería.

—Un deportista de élite necesita entender cómo funciona su cuerpo para llevarlo al límite sin romperlo por el camino —comenta mientras deja el modelo de nuevo en su sitio—. Y si algún día dejas de competir, ese conocimiento seguirá contigo.

—Lo sé, profesor.

—¿De verdad? —cuestiona y le sostengo la mirada.

—Sí.

Es cierto, y precisamente por eso elegí esta carrera.

Porque competir en MMA no es para siempre.

Ningún deportista gana eternamente. Y cuando llegue ese día, no quiero descubrir que lo único que sé hacer es pelear en una jaula.

Porque un día lo dejaré y ese día necesitaré seguir siendo alguien, y trabajar en algo relacionado con el deporte es mi única salida.

—Solo quería asegurarme de que no se te había olvidado —me dice y asiento—. Ponte las pilas, Blackwood.

—Eso haré —afirmo mientras me levanto y salgo del despacho antes de que pueda decirme nada más.

No es fácil luchar por ser algo más que lo que la gente ve de ti. Solo que a veces resulta más fácil romper huesos que construir un futuro.

El pasillo está casi vacío; la mayoría de los alumnos ya han terminado las clases.

Saco mi móvil del bolsillo y leo un mensaje del Buitre que me pide que vaya al Nido. No me da más explicaciones, es solo una orden. Miro la hora y veo que son las ocho de la tarde. Tenía pensado irme a casa a dormir, pero cuando este capullo me escribe, nunca es para darme buenas noticias.

Llego hasta el aparcamiento, subo a mi coche y arranco saliendo del campus en dirección a Boston. No llevo ni tres minutos en el coche cuando la pantalla del navegador se ilumina con una llamada entrante de mi padre.

Aprieto la mandíbula y pienso en dejarlo sonando hasta que se corte. De hecho, lo hago, pero él es insistente y vuelve a llamar. Bufo y finalmente pulso el botón del volante para descolgar.

—¿Hola?

—¿Dónde estás? —me pregunta sin saludar.

—Voy conduciendo.

—Mañana empieza la liga —me recuerda.

Me aguanto las ganas de mandarlo a la mierda, porque es obvio… a él solo le importa la maldita liga de la Fight Night.

—Lo sé —respondo.

—Los patrocinadores estarán atentos a la primera velada del curso, también el consejo estudiantil y los medios…

Guardo silencio, me conozco ese discurso de mierda de memoria, siempre la misma presión. Para él lo único importante es que su apellido siga en lo más alto.

—Este año no puedes permitirte un mal comienzo, Axel. Hay mucho dinero en juego.

Siempre el puto dinero, los patrocinadores y la imagen que se espera de mí. Siempre las mismas palabras y las mismas órdenes.

—¿Me estás escuchando?

—Sí.

—Quiero que estés concentrado —me ordena.

Si supiera a dónde voy ahora mismo y lo que hago fuera de Brakenhall, creo que le daría un infarto. Y pienso que si tuviera la certeza de que se lo provocaría, no me importaría contárselo. Se me escapa una sonrisa vacía.

—Lo estaré —mascullo.

—Un Blackwood no pierde la primera pelea de liga.

—¿Algo más?

—No me decepciones.

La llamada termina y maldigo el día que dejó de verme como a un hijo y me convertí en su propio proyecto personal.

Aunque tal vez siempre me vio así. Me paso una mano por la nuca y acelero perdiéndome por las calles de Boston, porque detesto que todo el mundo tenga tan claro quién espera que sea.

Y, sin embargo, empiezo a sospechar que soy el único al que nadie le ha preguntado nunca quién quiere ser.

Aparco frente al Nido del Cuervo, apago el motor y cuando entro voy caminando entre la gente hacia la puerta que da acceso al infierno. Antes de bajar, mis ojos se mueven casi por inercia hacia el interior del salón y la localizo enseguida.

Dafne.

Ella está detrás de la barra, colocando vasos sobre una bandeja mientras Kristin le dice algo sobre un tipo que está en la barra saludándola. Ella lo mira y resopla.

Si algo he aprendido de esta chica es que nunca sonríe a los gilipollas. No fuerza conversaciones; solo se limita a hacer su trabajo y punto. Es curioso, porque desde que la conocí no ha hecho ni un solo intento por acercarse a mí.

Ni siquiera después de que ese tal Alan le encargara escribir el artículo sobre mí.

Cualquier otra chica ya habría encontrado una excusa para aparecer hoy por el gimnasio, cruzarse conmigo por el campus o escribirme un mensaje.

Sin embargo, ella no ha hecho nada de eso.

Creo que la sola idea de pasar cinco minutos conmigo le produce urticaria.

Resoplo para mí mismo y pienso que el gesto de la hamburguesa tampoco ha servido para cambiar su animadversión hacia mí. No me ha dado las gracias ni tampoco ha ido a buscarme para quejarse. Me pregunto si habrá llegado a comérsela o la tiró nada más recibirla.

Niego con la cabeza y desecho la duda porque no me importa. Es problema suyo si no come bien; bastantes problemas tengo yo como para preocuparme por la novata.

Me obligo a dejar de mirar hacia la barra y me recuerdo que no estoy aquí por ella.

Así que abro la puerta, bajo las escaleras y camino hasta el despacho del Buitre, que, como siempre, apesta a puro.

Entre la nube de humo distingo al Buitre sentado tras su escritorio como si el sótano le perteneciera, aunque él solo es la rata que cuida el nido del Cuervo.

Levanta la vista cuando entro y me lanza una fotografía sobre la mesa. Reconozco al tipo antes incluso de leer el nombre. Es un veterano de treinta y muchos años, más alto y más pesado que yo.

—Peleas en media hora —me informa sin anestesia.

—Peleé el lunes —le recuerdo.

—Lo sé.

—Mañana tengo el primer combate de la Fight Night en Brakenhall —añado y él da una calada al puro

—También lo sé —sentencia exhalando el humo.

—Hoy no tocaba.

—Ahora sí.

—¿Por qué? —pregunto sosteniendo la fotografía en mi mano.

—Porque le rompiste la nariz al cliente equivocado —me informa y aprieto la mandíbula.

—Estaba molestando a una chica —me justifico, y a él parece importarle una mierda.

—Esa chica sirve copas y el cliente paga. Es una simple camarera. ¿Cuál de los dos crees que prefiero que esté contento? —cuestiona y siento cómo la rabia me sube por el cuello.

—Es una camarera, no una de tus putas —añado y él sonríe sin gracia alguna.

—Me da igual, Blackwood, el cliente siempre lleva la razón y le partiste la puta nariz por esa chica —me ladra—. No vuelvas a acercarte a ella.

—¿A cuál? ¿A la morena? ¿A la rubia? ¿A la pelirroja? —le pregunto solo para joderlo y lo consigo, porque veo cómo su expresión cambia.

—¿Te crees muy gracioso? Ahora vas a salir ahí afuera a pelear y que gane el más útil —me ordena.

—¿Es un castigo?

—Es una orden, porque no olvides quién te hace ganar dinero… ¿Está claro?

—Si gano, quiero el doble —afirmo y él muy cretino se ríe.

—¿El doble? —duda y asiento.

—Si crees que no voy a ganar, no pierdes nada aceptando el trato…

El Buitre guarda silencio, me mira y sé que está pensándolo. Es una pelea complicada, ese tipo es peligroso y me gana en altura, experiencia y peso… Lo tengo jodido para tumbarlo.

—Hecho.

Me doy la vuelta y me marcho. Subo de nuevo hasta llegar al aparcamiento y cojo la bolsa de deporte que siempre llevo en el maletero. La verdad es que no me preocupa el rival o perder la pelea, lo que me preocupa es llegar a mañana bien, porque mañana no lucho por dinero, lo hago por mi futuro.

Bajo de nuevo al sótano, me cambio y cuando soy consciente, estoy en el octógono recibiendo más golpes que un jodido saco de boxeo.

No pienso, solo intento esquivarlo y golpearlo cuanto puedo.

El primer puñetazo que recibo me revienta el labio y el segundo me hace retroceder.

El tercero me recuerda que el hijo de puta sabe exactamente lo que hace y que solo tengo que esquivar, respirar y sobrevivir.

En una de estas, me da una patada que me lanza contra la verja de la jaula.

Por un instante, mi mundo se reduce a olvidar los gritos de mi alrededor e ignorar el olor a sangre.

Cuando va a llegar el cuarto golpe, lo esquivo y le coge por sorpresa, ha fallado.

Aprovecho esas milésimas de segundos de su confusión para contraatacar con un gancho y ganar posición en el octógono.

Después de eso… todo ocurre demasiado deprisa.

El sabor metálico en mi boca se hace más intenso y aunque ahora soy yo quien está liderando la pelea, también recibo algunos golpes más.

El tipo aguanta más de lo que esperaba, y yo también, pero cuando lo tumbo sobre la lona ya no tiene escapatoria.

El árbitro nos separa y apenas puedo distinguir las caras entre las luces. Cuando levanta mi brazo hacia el techo, sé que he ganado y no siento ni un ápice de felicidad… solo intento recuperar el aire y salir de este maldito infierno.