CAPÍTULO 7
Solo llevo una semana en Brakenhall y ya he descubierto que aquí les encanta convertir a sus mejores alumnos en leyendas.
Hay fotografías por todas partes de estudiantes que hacen que este sitio forme parte de la historia.
Como si la universidad quisiera recordarte constantemente hasta dónde podrías llegar... o lo lejos que todavía estás de ello.
Cruzo el edificio de Ciencias de la Información observando las imágenes de esos antiguos alumnos que hoy son periodistas y han recogido grandes premios, algunos sostienen el premio Pulitzer y otros posan junto al logo de grandes cadenas nacionales.
Debajo de cada fotografía hay una placa con su nombre y pienso en que ojalá un día alguien tenga motivos para colgar la mía con tanto orgullo.
Entro en el aula justo cuando aparece el profesor Parker.
Tendrá poco más de cuarenta años, lleva una carpeta bajo un brazo, la camisa remangada hasta los codos y la barba corta de alguien que parece haber salido de una redacción para dar clase por accidente.
No deja la carpeta, ni siquiera nos pregunta qué tal el día, como tiene por costumbre; simplemente nos observa en silencio y segundos después carraspea.
—¿Por qué estáis aquí?
Algunos alumnos comienzan a levantar la mano y a darle respuestas que no parecen convencerle. Finalmente, Parker niega despacio.
—No, chicos, estáis aquí porque sois curiosos —comienza a decir mientras se pasea entre las mesas del aula—. Los grandes periodistas viven de hacer preguntas que nadie más se atreve a formular. Así que, todo el mundo en pie —ordena dando una palmada.
Nos miramos confundidos, pero él ya nos espera junto a la puerta.
—Hoy no vais a aprender periodismo aquí —afirma sonriente—. Seguidme.
Cinco minutos después, estamos delante de la puerta de cristal del periódico de Brakenhall. Reconozco el logotipo inmediatamente, es el mismo que tiene el folleto que cogí durante la feria de clubes y que sigue doblado dentro del cajón de mi escritorio. No me había atrevido a entrar, hasta hoy.
—Bienvenidos al periódico de Brakenhall —nos saluda un chico rubio, vestido con el mismo uniforme que nosotros, que deja el café sobre una mesa llena de periódicos—. Soy Alan Sullivan, editor jefe.
Mientras caminamos entre los distintos departamentos, Alan nos explica cómo funciona la redacción, y cuando llegamos a la sala de reuniones, Parker se detiene.
—Mi asignatura será un ochenta por ciento práctica. Quiero que aprendáis haciendo periodismo, no hablando sobre él en el aula. Por eso, durante el semestre todos redactaréis artículos. Cubriréis eventos del campus, entrevistaréis a estudiantes y buscaréis historias donde el resto solo ve rutina.
La noticia me emociona, pero no puedo decir lo mismo de otros compañeros que lo miran con incredulidad.
—Los mejores trabajos de cada edición se publicarán en el periódico mensual, y solo aquellos que demuestren que tienen madera de periodistas podrán quedarse como colaboradores oficiales hasta final de curso.
—Eso significa cubrir acontecimientos importantes, trabajar con nosotros... y optar a las plazas remuneradas del periódico —añade Alan.
El profesor Parker da por terminada la clase y la mayoría sale de la redacción hablando entre ellos. Sin embargo, yo me quedo y Alan lo percibe enseguida.
—¿Puedo ayudarte? —me pregunta y asiento.
—En la feria de clubes vi que seguía abierto el plazo para entrar a colaborar en el periódico —respondo.
—Así es —afirma.
—Quería presentar mi solicitud —le comento y sonríe.
—Te interesa formar parte de este prestigioso periódico, ¿verdad? —dice con sorpresa.
—Me interesa la beca remunerada, sería un extra para sumar a mi beca actual.
Su expresión cambia apenas un segundo. No es una mueca de desprecio, es asombro. Ya sé que aquí en Brakenhall nadie pregunta por el dinero porque la gran mayoría lleva el apellido adecuado para no tener que hacerlo.
—Ven conmigo —me pide y lo sigo hasta una mesa apartada del resto.
Abre una carpeta del número especial de Navidad.
—Cada Navidad dedicamos el reportaje principal a un estudiante que represente el espíritu de Brakenhall y todavía no hemos decidido quién será.
Cada uno de los becarios preparará un artículo de un estudiante y el mejor se llevará la beca remunerada —me informa y asiento—.
¿Alguna propuesta sobre quién os gustaría que presente?
—pregunta en voz alta a varios chicos que están en sus cosas.
—La capitana del equipo de remo —responde uno de los chicos enseguida.
—El presidente del consejo estudiantil —añade otro.
—Axel Blackwood —sugiere una chica que está haciendo fotocopias y bufo. A Alan no le pasa desapercibido y sonríe un poco más.
—¿Por qué Axel? —pregunta a la misma chica.
—Porque todo el mundo conoce al luchador de MMA, la gran promesa de la Fight Night y al rey de las fiestas… Pero nadie sabe exactamente quién es Axel Blackwood cuando deja de ser el centro de atención.
No puedo evitar resoplar de nuevo y Alan clava su mirada esmeralda en mí.
—¿Lo conoces? —inquiere con curiosidad.
Me cruzo de brazos y busco una forma elegante de resumirlo.
—Digamos que… no nos caemos especialmente bien —contesto y una sonrisa aparece en sus labios.
—Perfecto —susurra y frunzo el ceño.
—¿Perdón?
—Una buena periodista deja a un lado sus prejuicios para descubrir la verdad.
—Soy estudiante, puedo tener prejuicios sobre él —añado y Alan niega sin dejar de sonreír.
—Creo que, si ya tienes una opinión formada sobre él, esta puede ser la oportunidad perfecta para demostrar que eres capaz de hacer exactamente tu trabajo.
—Lo nuestro va más allá del odio —le aseguro y Alan mantiene la sonrisa.
—¿Quieres la beca?
—Necesito la beca —respondo.
—Pues entonces tendrás que presentarme ese artículo sobre Axel. Y no quiero un artículo sobre el campeón. Quiero un artículo sobre la persona.
No tengo elección. Necesito la beca, porque eso ampliaría la que tengo y una mayor cuantía me ayudaría en todo. Pero, para ello, tengo que escribir un reportaje sobre la única persona de Brakenhall a la que menos me apetece entrevistar.
El resto del día transcurre entre clases, apuntes y una visita a la biblioteca, donde ojeo antiguas ediciones de especiales de Navidad que se publicaron en el periódico de la universidad.
Si voy a hacer esto, al menos quiero entender por qué ese reportaje ocupa siempre la portada.
Cuando termino de mirar el último ejemplar, me doy cuenta de que voy justa de tiempo para llegar a mi turno de trabajo.
Salgo de la biblioteca y pienso que tal vez la beca esté sobrevalorada. Porque reconocer que he aceptado escribir sobre la única persona de este campus a la que no soporto sigue pareciéndome una pésima idea.
—¡Eh! —Oigo que me llaman y levanto la cabeza para ver a Kael acercarse a mí con la mochila colgada de un hombro—. ¿Qué tal el día?
—Depende de cuánto te guste el sufrimiento —respondo cansada y él arquea una ceja.
—Eso suena prometedor.
Nos dirigimos juntos hacia la salida del campus y decido que prefiero que se entere por mí antes de que lo haga por cualquier otro. Conociéndolo, sería capaz de presentarse en el periódico para convencerlos de que le asignaran otro reportaje a él.
—Resulta que tengo que escribir un artículo sobre Axel —le comento y Kael tarda dos segundos en echarse a reír.
—Pídele una entrevista de cinco minutos. En tres ya habrá conseguido sacarte de quicio —me sugiere y sé que razón no le falta.
—Hablo en serio —le aseguro y él deja de sonreír.
—¿Por qué tú?
—Porque quiero entrar en el periódico —respondo.
—¿Tanto te interesa? —insiste y lo miro un instante.
—Me interesa la beca.
—Ya tienes una beca y por eso estudias aquí.
—Pero es una beca complementaria, que se suma con la que ya tengo y eso sería genial, Kael.
Asiente despacio y no vuelve a preguntar. Él sabe mejor que nadie la falta que hace el dinero para seguir estudiando.
—¿A dónde vas ahora?
—Voy a la residencia, me cambio y voy para el Nido.
—¿Otra vez?
—Empiezo en menos de una hora.
—¿Y cuándo vas a cenar?
—Cuando salga.
—Sales a las doce.
—Entonces cenaré a las doce, me comeré algo de una máquina expendedora y mañana desayunaré mejor —respondo con naturalidad y Kael resopla.
—Eso no cuenta como cenar, Daf. Además, después de lo que pasó... ¿cómo puedes seguir trabajando allí?
—Es algo temporal.
—Es igual de cabezota que tú, Mirror. ¿Eso viene de familia?
Los dos nos giramos al mismo tiempo. Axel está apoyado contra una de las columnas del pabellón de deportes, con los brazos cruzados y esa media sonrisa insolente que ya empiezo a reconocer demasiado bien. Ha estado escuchando toda nuestra conversación.
—Vaya... —dice incorporándose despacio—. ¿Así que voy a convertirme en tu trabajo de clase?
—No te emociones. Solo eres una obligación académica.
—Siempre soñé con ser materia de estudio.
Axel me sostiene la mirada, con descaro, y da un paso hacia mí, sin llegar a tocarme. Ignora la presencia de mi hermano y eso me cabrea más.
—¿Vas a seguirme con una libreta?
—Ni lo sueñes.
—Qué pena, novata… —susurra con voz ronca—. Pensaba darte material interesante.
—No soy una de tus fans. Si necesito hablar contigo, será una entrevista, como cualquier periodista —le aclaro y una sonrisa descarada aparece en su rostro.
—¿Una cita?
—Una entrevista.
—Llámala como quieras —sentencia.
—Blackwood... —advierte Kael con el ceño fruncido, pero Axel ni siquiera aparta los ojos de mí.
—Tranquilo, tío. Solo estoy ayudando a la novata con los deberes —responde con chulería.
—No necesito tu ayuda.
—No, pero sí necesitas esa beca… —me recuerda, me lanza un guiño y se gira para marcharse—. Cuando quieras esa... entrevista, búscame. Aunque yo prefiero llamarlo cita —añade girándose brevemente para lanzarme un guiño descarado y alejarse.
—¿Seguro que tienes que hacer ese artículo? —me pregunta Kael enfadado cuando vemos a Axel llegar a un coche negro.
—¿Seguro que tienes que preguntarlo?
Los dos conocemos la respuesta, necesito esa beca y necesitamos dinero para arreglar lo de Charlie.
—Solo ten cuidado con él.
—Siempre lo tengo.
Me despido de Kael y llego corriendo a la residencia con el tiempo justo para no perder el autobús. Menos mal que la suerte parece estar a mi favor y llego al Nido del Cuervo justo a tiempo.
Voy directa al vestuario para dejar el bolso en mi taquilla y Kristin aparece sonriente con una bolsa de papel.
—Blackwood te ha dejado esto —me dice entregándomela.
Frunzo el ceño, la cojo y la miro unos segundos convencida de que debe de tratarse de algún error.
—¿Qué es?
—Ni idea. Me ha dicho que te la diera cuando llegaras, pero huele realmente bien —añade sonriente.
La abro con desconfianza y dentro hay envuelta una hamburguesa, una ración pequeña de patatas del Isabella´s y una nota en la que pone «Come, novata.
No pienso partirle la cara a otro idiota porque te olvides de cenar».
No hace falta que diga que es de él, porque reconocería esa arrogancia en cualquier parte.
—Será idiota…