CAPÍTULO 6 #2
Me alejo de la jaula sin mirar atrás. No necesito la ovación del público. Conozco ese ruido de memoria porque llevo demasiados años vendiéndoles exactamente el mismo espectáculo que ellos quieren ver.
Al entrar en el vestuario, me desnudo y voy directo a la ducha.
El agua que cae sobre mis hombros, hace que poco a poco mi cuerpo se vaya relajando y, joder, podría quedarme aquí toda la noche.
Me fijo en el agua que desaparece por el desagüe mezclada con un hilo de sangre.
Me apoyo con una mano contra la pared de azulejos y cuando respiro demasiado hondo, algo me pincha; probablemente mañana tenga un moratón nuevo o varios…
Cierro el grifo, me envuelvo una toalla en la cintura y tiro las vendas a la papelera.
Me visto despacio, me pongo un punto de aproximación en la ceja herida y, antes de salir, guardo el sobre con el dinero que he ganado esta noche en el fondo de la bolsa.
Mañana este dinero irá directo al hospital.
Subo las escaleras que conectan el sótano con el club y el ruido cambia en cuanto abro la puerta. Abajo, la gente grita porque quiere sangre; aquí arriba solo se escuchan la música y los cuchicheos de los tíos que miran a las bailarinas que se contonean sobre ellos semidesnudas.
Kristin está secando vasos detrás de la barra y me mira sorprendida al verme de una sola pieza.
—Pensaba que esta vez te habían matado.
—Lo han intentado —respondo.
Ella coge una botella de agua y me la lanza para que la atrape al vuelo.
—¿Quién era? —me pregunta.
—El Quebrantahuesos.
—Pues el nombre da escalofríos —afirma y suelta un silbido de asombro.
—Ya no tanto.
Apoyo los antebrazos sobre la barra y doy un largo trago. El agua sabe mejor después de que alguien haya intentado arrancarte la cabeza. Entonces la veo y pienso en lo pequeño que a veces es el mundo.
Desde que entré en esta universidad y conocí a Kael, siempre lo escuché hablar de su hermana pequeña. La tenía tan presente que era casi enfermizo. Y, sin embargo, la chica que ahora cruza el local con una bandeja entre las manos no se parece en nada a la niña que imaginé.
Ni siquiera parece la hermana pequeña de nadie.
Me fijo en que va esquivando mesas y clientes borrachos con una naturalidad que no debería existir en alguien que lleva solo dos días trabajando aquí. Hay personas que aprenden a sobrevivir adaptándose al lugar donde están, y Dafne parece una experta en ello.
Joder… qué puta casualidad. La hermana pequeña de Kael es la chica que menos me soporta de todo Brakenhall. Y Dafne no tiene ni idea de cómo me compliqué la vida por ella hace dos años.
Bebo otro trago de agua e intento dejar de mirarla, pero no soy capaz.
Kristin me pregunta algo que no logro escuchar porque sigo observando a la chica que lleva un uniforme diferente al resto de camareras y mira dos veces la libreta antes de alejarse de una mesa. Es una novata, pero aprende rápido.
Me fijo en que se acerca con la bandeja a una mesa en la que hay un tipo sentado solo en el reservado.
Lo conozco de haberlo visto más veces aquí, aunque ni siquiera sé su nombre.
Dafne le deja una cerveza delante de él y el hombre sonríe de esa forma que cualquier persona con dos neuronas sabe exactamente lo que va a pasar después.
No me gusta ni un poco la forma en cómo la mira. Cuando ella va a darse la vuelta, el tipo la agarra por la muñeca. No lo hace con fuerza, pero con la firmeza suficiente para que Dafne pueda alejarse.
Durante unos segundos algo cambia en su rostro, lo percibo incluso desde aquí.
Su espalda se queda rígida, como si todo su cuerpo hubiera reconocido el peligro antes que su cabeza.
Pero es efímero, porque enseguida Dafne se recompone, baja la mirada hacia la mano que la sujeta y vuelve a mirar al tipo que la retiene.
—Suéltame —le ordena sin levantar la voz, pero el tipo no le hace caso. Al contrario, tira un poco de ella.
—Vamos preciosa… Solo quiero pasar un buen rato.
Ella se libera de un tirón y da un paso atrás.
—No vuelvas a tocarme —sentencia con firmeza y me gusta ver que, a pesar de todo, se mantiene firme y le planta cara sin esperar que alguien la salve.
Por un momento pienso todo va a quedar ahí cuando el tipo se ríe. Pero entonces la agarra con violencia y tira de ella hacia él. Y no lo pienso.
Ni siquiera me doy cuenta de en qué momento exacto dejo la botella de agua sobre la barra y me planto delante de él. Aunque, sinceramente, mi puño llega primero y justo antes de que su nariz cruja.
El tipo cae hacia atrás llevándose ambas manos a la cara, pero lo hace con tanta fuerza que el sillón se desequilibra y el muy imbécil termina en el suelo, cual perro rastrero. Me sacudo la mano.
—¿Qué coño te pasa? —escupe el hombre entre sangre y un quejido de dolor.
Me agacho para asegurarme de que me oye. Cojo una servilleta de la mesa y se la lanzo.
—Toma —digo y la atrapa por reflejo—. Te va a hacer falta.
—Estás loco —masculla.
—Eso dice mi psicólogo —miento, porque no tengo, pero eso hace que cuando se incorpore no dé ni un solo paso hacia mí.
—Desgraciado… solo es una puta.
—Ni se te ocurra volver a hablar así de ella, porque te juro que la próxima vez te quedas sin dientes —le advierto.
El tipo me sostiene la mirada un segundo y creo que valora conservar su dentadura, porque retrocede.
Me doy la vuelta y veo que Dafne tiene la respiración algo acelerada, pero mantiene la barbilla alta y en sus ojos no hay ninguna muestra de miedo ante lo que acaba de presenciar. Sin embargo, está muy cabreada conmigo.
—No necesitaba que jugaras a ser el héroe —me aclara y esa suposición me roba una sonrisa.
—Créeme, novata, estoy muy lejos de ser el héroe de cualquier historia —le aseguro.
—Entonces deja de comportarte como si yo no pudiera defenderme sola.
En ese momento comprendo que hace unos minutos no era una chica necesitada de alguien que la rescatara, solo era una mujer esperando a que un capullo la respetara.
—Sé que puedes defenderte sola —confieso y frunce el ceño.
—¿Lo sabes? —me pregunta y asiento.
—Yo sí, pero parece que él no, y alguien tenía que enseñarle que no es no —respondo y ella sujeta la bandeja con más fuerza de la necesaria.
—No eres mi guardaespaldas.
—Gracias a Dios.
—¿Perdona?
—No tendrías dinero suficiente para pagarme —la provoco, deseando ver de nuevo ese fuego en su mirada.
Dafne abre la boca posiblemente para mandarme a la mierda, pero no llega a hacerlo porque la voz de Kael rompe el momento.
—¿Qué demonios pasa aquí? —irrumpe, y respiro intentando conservar la poca paciencia que me queda.
Kael, justo el que faltaba… Lo veo avanzar con grandes zancadas y me percato de que estamos llamando la atención de todo el local, que probablemente el Buitre luego me llame, y este puñetazo me salga caro, lo sé…
Pero ahora mismo es algo que me importa bien poco, porque lo importante es que la chica que está frente a mí, lanzándome rayos láser con la mirada, está bien.
Cuando Kael llega hasta nosotros, primero examina a su hermana para comprobar que está bien, luego al tipo que tiene la servilleta en la nariz y después a mí.
—Ha intentado tocar a tu hermana —le explico antes de que pregunte—. Ella le dijo que no y, como no lo ha comprendido, le he explicado unas reglas de educación básica.
Kael mira al hombre y luego a su hermana.
—¿Es verdad? —le pregunta Kael, y durante un instante creo que va a negarlo solo por no darme la razón.
—Sí, pero este animal le ha roto la nariz.
Kael observa al tipo, que sigue presionándose la servilleta contra la nariz, y a continuación a mí.
—Ha hecho lo que tenía que hacer.
—¿Perdón? —cuestiona Dafne abriendo mucho los ojos.
—Si este gilipollas te ha puesto una mano encima, el puñetazo es lo mínimo que se merece.
—¡Kael! —exclama resignada.
—¿Qué?
—¡Me van a despedir por su culpa!
—En ese caso, te hace un favor —dice Kael—. Ya te dije que este sitio no era para ti.
Dafne nos mira como si acabara de descubrir que su hermano comparte opinión conmigo y niega incrédula, a la vez que se humedece los labios.
—¿En serio? —pregunta, pero los dos guardamos silencio—. Sois gilipollas.
—Él lo es más —le aclara mientras me señala con el dedo índice.
—Gracias por el cumplido —añado divertido.
—No te confundas, sigo sin soportarte —añade orgulloso.
—El sentimiento es mutuo, Mirror.
—¿Sabéis qué? —dice Dafne interrumpiendo la tensión que comenzaba a crecer entre su hermano y yo, y al ver que no decimos nada, bufa frustrada—. Podéis iros los dos a la mierda.
Se da media vuelta, sujeta la bandeja a modo de escudo y se aleja de nosotros. La veo detenerse en una mesa al fondo del local y atender a los clientes como si no acabara de mandar a paseo a dos tíos de casi metro noventa delante de todo el club.
—No le has caído especialmente bien —murmura Kael y suelto una carcajada.
—Eso parece.
—Y solo lleva dos días aquí —me recuerda.
—Tiene un talento especial para odiarme.
—Tal vez te lo has ganado —añade dándome un golpe suave en la espalda y se marcha.
Lo veo alejarse y me sorprende pensar que aunque Kael y yo llevamos años discutiendo por cualquier estupidez, hay cosas sobre las que nunca hemos necesitado ponernos de acuerdo…
Vuelvo a buscar a Dafne, que sigue trabajando.
No me ha dado las gracias por haberle quitado a ese baboso de encima y, la verdad, tampoco hace falta, porque no querría que me las diera.
Ya tengo demasiados problemas en mi vida como para añadir uno más a la lista.
Y, aun así, no puedo dejar de pensar que la hermana pequeña de Kael Mirror acaba de convertirse en el problema más grande y peligroso de todos.