CAPÍTULO 6
En el mundo genial de las cosas que dices — Maldita Nerea
Las máquinas del hospital tienen una forma muy irritante de recordarte que la vida sigue, aunque aquí dentro parezca que se haya detenido.
Emma duerme abrazada a un conejo de peluche que hace años dejó de ser blanco.
Mi madre está sentada junto a la ventana viendo cómo el atardecer cae sobre Boston, con la cabeza apoyada contra el cristal y un café entre las manos.
Hace semanas que ninguno de los dos recuerda lo que significa dormir una noche entera.
—¿Has entrenado hoy? —me pregunta y asiento—. ¿Y ayer luchaste?
—Sí —respondo.
El silencio vuelve a caer en la habitación, porque ella sabe que no me gusta hablar de ello y yo sé que odia que me golpeen, aunque sea por deporte.
Emma se mueve un poco entre las sábanas y abre los ojos somnolienta. Tiene la piel demasiado pálida para una niña de siete años y unas ojeras que nunca deberían pertenecer a alguien que todavía cree que los unicornios pueden existir.
—Has venido… —dice sonriente en cuanto me ve junto a su cama.
—Claro que he venido, enana. —Me inclino sobre ella y le doy un beso en la frente.
—¿Qué tal está mi unicornio favorito? —pregunto y ella frunce el ceño.
—Hoy soy un dragón.
—Me gusta, los dragones son mucho más fuertes.
—Sí, porque quiero ser tan fuerte como tú. ¿Ayer ganaste la pelea? —inquiere ilusionada y miro un instante a mi madre, que finge no oír la conversación.
—Sí —respondo y Emma asiente orgullosa.
—Eres invencible.
Esta vez guardo silencio y pienso que ojalá fuera cierto. Una enfermera llama a mi madre y le dice que en el control de la planta quieren hablar con ella. Ella sale y me quedo solo con Emma.
Mi hermana vuelve a bostezar; sé que la medicación la tiene demasiado aletargada y se vuelve a dormir enseguida.
La observo respirar y, como cada vez que ingresa, me prometo que esta será la última vez que tengamos que preocuparnos por el dinero de las facturas, le prometo a mi madre que encontraré otra solución y que dejaré de ir al Nido para que un puñado de desconocidos decidan cuánto vale ver cómo me parto la cara con otro tipo.
Pero entonces llega otra recaída de Emma y una nueva factura a la que enfrentarme.
Y yo vuelvo a caer en este puto callejón sin salida del que tanto ansío salir.
Cuando salgo de la habitación, encuentro a mi madre apoyada sobre el mostrador de enfermería.
Y aunque me sonríe, hace tiempo que aprendí que una sonrisa no siempre significa que alguien esté bien.
Entre las manos sostiene un sobre blanco, intenta doblarlo antes de que lo vea, pero es tarde para ocultarlo.
—¿Qué es?
—Nada —responde con rapidez.
—Mamá.
—De verdad...
—Dámelo —le pido alargando la mano.
Veo cómo duda, pero está agotada, así que suspira y me lo entrega. No necesito abrirlo para saber que es la factura de estas dos semanas de ingreso. Doblo el sobre y me lo guardo en el bolsillo de mi sudadera.
—Lo arreglaré —le prometo y mi madre niega.
—No tienes que hacerlo.
—¿Y quién lo va a hacer? —pregunto.
—Puedo coger más turnos.
La miro y me fijo en las ojeras marcadas. No soporto verla así.
—Emma te necesita en casa, no trabajando más horas de las que ya echas —le recuerdo y sus ojos se llenan de lágrimas.
—Lo siento, Axel… —solloza y aprieto la mandíbula.
—No eres tú quien debería pedir perdón —afirmo y ella sabe de quién estoy hablando.
—No empieces...
—Ahí afuera hay un cabrón que debería de hacerse cargo de todo esto... —Noto cómo la rabia me sube por la garganta—. Y estoy seguro de que duerme muy tranquilo todas las noches.
—Axel.
—Es la verdad… —sentencio.
—No dejes que el odio te convierta en alguien como él.
Esa última frase consigue callarme, porque lleva razón. Odio parecerme tanto a él… Beso su frente y la miro con devoción.
—Espero que paséis buena noche; cualquier cosa me llamas.
Ella asiente y me marcho con una mezcla de emociones que no sé cómo diablos ordenar.
Cuando salgo a la calle, el aire caliente de septiembre me golpea de lleno. Me quito la sudadera antes de llegar al coche y en cuanto lo abro, la lanzo al asiento del copiloto.
Arranco y conduzco con la radio apagada. Estoy agotado, todavía noto los golpes de la noche anterior.
Aprieto el volante hasta que los nudillos vuelven a protestar. Hay quien piensa que el dolor llega con los puñetazos, pero se equivoca, porque los puñetazos dejan moratones. El verdadero dolor llega cuando tu hermana conoce mejor el techo de una habitación de hospital que el de su propia casa.
Si quiero pagar esta nueva factura, tengo que pelear esta noche, y por eso conduzco hasta el Nido del Cuervo. Cuando aparco, cojo mi bolsa de deporte del maletero y camino hasta la entrada.
Supongo que aquí todo el mundo viene buscando algo, dinero, diversión, violencia o poder… Nada más cruzar la puerta, varios tipos me miran y algunos de ellos sonríen, porque saben que si estoy aquí, es porque esta noche voy a dar un espectáculo en el sótano.
Cruzo el salón sin detenerme cuando me llama alguno de esos capullos. Las luces cálidas que cuelgan del techo de la sala convierten el local en una mentira bonita, porque abajo, en el sótano, la decoración y las máscaras desaparecen y solo queda el negocio que mueve este mundo.
El Buitre me ve bajar las escaleras y avanza entre la gente hasta el pasillo que da a los vestuarios. Viste con un traje de marca hecho a medida, pero eso no consigue hacerlo más honorable. Cuando me detengo junto a él, me observa de arriba abajo con frialdad.
—Pensé que hoy descansarías.
—Yo también —confieso y sus labios se curvan apenas un milímetro.
—Pero estás aquí.
—¿Hay pelea o no?
—Siempre hay una para ti, Blackwood.
—Entonces voy a cambiarme.
Cuando paso por su lado, me detiene colocando un sobre contra mi pecho. Es un adelanto y eso significa que esta noche alguien espera que no vuelva a levantarme.
—Que gane el más útil —sentencia.
Siempre dice lo mismo, como si fuera su propio mantra. Porque aquí, en el infierno, no importa cuánto sangres o cuántos huesos te rompan sobre la lona… Aquí solo importa seguir siendo rentable para el Buitre y el Cuervo.
Miro el sobre y una voz en mi interior me grita que esto es una locura, pero luego pienso en la factura doblada que sigue dentro del bolsillo de mi sudadera y sé que tengo que pelear esta noche. Agarro el sobre y el Buitre sonríe satisfecho.
—¿Contra quién? —pregunto y él ensancha su sonrisa.
—Contra el Quebrantahuesos.
—¿En serio? —cuestiono soltando una risa seca—. ¿Te has quedado sin apodos más originales?
—Los buenos estaban ocupados.
—Perfecto —asiento y me giro decidido a marcharme, pero el muy capullo vuelve a hablar.
—Aunque debo admitir que contigo nunca hacen falta los apodos —Sus palabras me detienen—. El apellido Blackwood ya vende entradas por sí solo.
Aprieto la mandíbula y no necesito girarme para saber que está sonriendo.
—Tu padre debe estar orgulloso.
—Mi padre puede irse a la mierda —mascullo.
—Eso no cambia que pelees exactamente igual que él.
Durante un instante me planteo girarme y darle un puñetazo; sería rápido y muy satisfactorio. Pero también sería inútil, porque no podría volver a pelear aquí y él sabe que necesito ese dinero.
—Eres un hijo de puta.
—Y tú también. No lo olvides, chico.
No respondo, sujeto con fuerza el asa de mi bolsa de deporte y entro en el vestuario, pensando en que algún día lograré liberarme de este malnacido.
Me siento en un banco, dejo el dinero dentro de la bolsa de deporte y saco las vendas. Empiezo a cubrirme las manos y me fijo en que mis nudillos todavía conservan el color violáceo de la pelea de la noche anterior. Cuando aprieto un poco la venda, me molesta, pero lo ignoro.
Un chico al que no había visto nunca me observa desde el banco de enfrente y supongo que si está aquí es porque debe de pelear en otra ronda. De ser mi rival, el Buitre no lo dejaría compartir espacio conmigo.
—¿Tú eres Axel Blackwood? —me pregunta y asiento sin dejar de vendarme la mano—. Dicen que nunca rechazas un combate.
—La gente habla demasiado —mascullo sin añadir nada más.
No estoy de humor ni tengo paciencia para explicarle la verdad por la que siempre peleo.
No lo hago porque disfrute infringiendo daño, ni porque crea que soy invencible…
Peleo porque cada vez que subo a ese octógono, compro unos días más de tranquilidad para las dos personas que más quiero en este mundo.
Y eso no lo puede entender nadie que nunca antes haya tenido que ponerle precio a su propio cuerpo.
Al otro lado de la puerta suena el primer golpe contra la verja metálica de la jaula al que le siguen varios más. El público ruge y mi apellido resuena por los altavoces.
Cierro los ojos un segundo y reconozco que estoy agotado.
Me duelen el hombro derecho, las costillas y la espalda.
Y soy consciente de que después de esta noche descubriré que hay nuevos músculos que también dolerán.
Pero hay una niña de siete años en una cama de hospital convencida de que su hermano siempre gana y, mientras ella sigua creyéndolo, no pienso darle motivos para fallarle.
Quince minutos después, la lona está cubierta de sangre. No sé si toda es mía o es del tipo que está derrotado a mi lado. El árbitro levanta mi brazo mientras que el Quebrantahuesos sigue de rodillas intentando recordar cómo se llamaba antes de que le rompiera la nariz.
La gente grita, algunos celebran y otros me abuchean, todo depende de por quién hayan apostado, pero me importa una mierda porque ahora mismo solo intento recuperar el aire que necesitan mis pulmones.
Hay victorias que saben a gloria, y esta sabe a sangre en mi boca.
Uno de mis molares se mueve. Perfecto… otro gasto más.
El Buitre aparece junto al octógono y me mira para comprobar que no me voy a desmayar en cualquier momento.
Cuando se cerciora de que no hay peligro, me da un sobre sin decir nada y se marcha.