Más allá del odio. CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—Aquí casi nadie conoce de verdad a Siena, es demasiado tímida —me cuenta mientras ascendemos hacia a la primera planta y percibo algo diferente en su voz, tal vez resignación—. La mayoría conoce al gilipollas de su hermanastro.

No digo nada más porque noto cómo habla de ese chico y es obvio que no le cae bien.

Miro una última vez hacia la chica y pienso que en esta vida hay personas que entran en una habitación ocupándolo todo y otras…

que parecen pedir permiso incluso para existir; Siena pertenece claramente al segundo grupo.

Llegamos al aula justo cuando la voz del profesor atraviesa la puerta cerrada. Ethan consulta la hora y chasquea la lengua.

—Cinco minutos —susurra.

—Cinco minutos tarde —le aclaro—. Eso significa que el profesor acaba de empezar.

—Eso significa que el profesor ya ha empezado a echarme de menos.

—Qué egocéntrico eres —ironizo.

—No, es porque ya nos conocemos… Llevo dos años con él.

—Ethan...

—Confía en mí —me pide a la vez que empuja la puerta y todas las cabezas se giran hacia nosotros.

Perfecto, somos el centro de atención de todo el aula… justo lo que necesitaba. El profesor, un hombre de unos cincuenta años con gafas de montura negra y redonda, deja el rotulador sobre la mesa y no parece sorprendido.

—Señor Crowe.

—Profesor Roswell.

—Llegáis cinco minutos tarde —recalca y Ethan mira su reloj.

—Cuatro cincuenta y ocho —afirma y varias personas se ríen, pero el profesor suspira, me mira y luego vuelve a centrar su atención en él.

—Siéntese antes de que su padre me pregunte otra vez por qué suspende Ética.

—Es el primer día y la he ayudado a llegar a clase —replica señalándome.

—Está bien, siéntense los dos, ahora —ordena.

—Gracias, profesor —susurro.

Camino por el pasillo detrás del rubio bocazas y tomo asiento. Saco de mi mochila el cuaderno y no he llegado a colocar el bolígrafo cuando Ethan estira la mano y me lo quita.

—¿Qué haces? —susurro molesta al ver que arranca una hoja de mi cuaderno y comienza a copiar el título que hay escrito en la pizarra.

—Solo necesito apuntar una cosa.

—Puedes usar tu material —sugiero y levanta la vista.

—Podría… pero se me ha olvidado.

—Devuélveme el bolígrafo.

—Ahora… —susurra y me ignora.

—Ahora es ahora.

—Qué exigente eres, pequeña Dafne.

Estoy a punto de quitárselo de la mano cuando la puerta vuelve a abrirse.

Entra un chico alto, con la chaqueta del uniforme colgada del hombro y la corbata sin apretar del todo.

Lo reconozco al instante, Apolo. Ni siquiera parece alterado por haber llegado tarde.

Cierra la puerta con tranquilidad, mira al profesor y suelta un suspiro.

—Perdón.

El profesor ni siquiera interrumpe la explicación, se limita a hacer un gesto con la cabeza.

Apolo recorre el pasillo, deja la mochila sobre la silla libre que hay junto a Ethan y, antes incluso de sentarse, le observa, luego me mira a mí y por último al bolígrafo que sostiene el rubio que hay sentado a mi lado.

Toma asiento, saca un estuche de la mochila, lo abre y deja un bolígrafo de tinta negra delante de mí.

—Toma.

—Gracias.

Él asiente una sola vez y aparta la mirada de mí sin ni una mínima sonrisa. Lo hace como si fuera el gesto más normal del mundo. Ethan deja mi bolígrafo sobre la mesa y suelta un bufido.

—Qué exagerado eres.

—Dice el que viene a clase sin bolígrafo.

—Se lo iba a devolver luego.

—Eso mismo dijiste del cargador de mi portátil —susurra Apolo sin levantar la vista de su cuaderno.

—Y acabó apareciendo —se defiende volviendo a coger mi bolígrafo.

—Tres meses después —especifica Apolo.

—Los buenos préstamos requieren paciencia.

Tengo que apretar los labios para no reírme, porque Ethan es un desastre con patas. Él parece darse cuenta de que me divierte su conversación y me señala con el bolígrafo.

—¿Lo ves?

—¿El qué? —pregunto.

—Apolo te está creando una mala imagen de mí —responde y Apolo se pellizca el puente de la nariz.

—No necesito ayuda para eso.

Esta vez la risa se me escapa y Ethan vuelve a girar la cabeza hacia mí con expresión triunfal.

—¿Ves? Ya he conseguido hacerte reír varias veces hoy.

—Es que eres incorregible —afirmo y él me lanza un guiño triunfal.

El profesor carraspea para captar nuestra atención y guardamos silencio.

La clase avanza entre teorías sobre justicia, poder e instituciones.

El señor Roswell llena media pizarra de nombres y fechas antes de dejar la tiza sobre la mesa y, finalmente, bordea la mesa se sienta en el extremo y nos mira con los brazos cruzados.

—Quiero terminar con una última pregunta. ¿Es posible que una ley sea legal y al mismo tiempo profundamente injusta?

Nadie responde y durante unos segundos solo se oye el zumbido del aire acondicionado. Entonces Apolo levanta la mano y Roswell asiente.

—Sí —asiente—. La historia está llena de leyes que protegían al poder en lugar de proteger a las personas.

—¿Y por qué has llegado a esa conclusión, señor Raven?

—Porque, que algo sea legal por ley no significa que sea lo correcto.

—Buena reflexión —concluye Roswell, que asiente despacio—. Hasta aquí por hoy.

Las sillas empiezan a arrastrarse sobre el suelo y el murmullo vuelve a llenar el aula.

—¿Ves? —susurra Ethan inclinándose hacia mí—. Le encanta animar las fiestas.

—Todavía estás a tiempo de dejar de hablar con él —me sugiere Apolo, sin levantar la vista mientras guarda sus apuntes.

—Oye...

—Hazme caso —insiste y Ethan se lleva una mano al pecho.

—Qué poca fe tienes en mí.

—Te conozco desde hace demasiados años —justifica Apolo y tengo que morderme el labio para no reírme.

—Admite que no podrías dejar de hablarme —me insiste Ethan y asiento.

—¿Lo ves? Dafne ya me quiere, no como tú…

—Yo no le regalo los oídos a nadie —dice Apolo, que se cuelga la mochila del hombro.

—¿Siempre eres así? —le pregunto sin pensar.

—¿Así cómo? —inquiere Apolo mirándome serio con esos ojos negros que parece que te traspasan el alma.

—Como si cada palabra te costara dinero.

Me sostiene la mirada durante unos segundos, el tiempo suficiente para hacerme pensar que no va a contestar.

—No me gusta hablar por hablar. Tengo que conservar mi imagen —me dice con un guiño y Ethan estalla en una carcajada.

—Ahí donde lo ves, todo un bloque de hielo, es un buen tío —añade Ethan.

—No le animes —susurra Apolo.

—No entiendo cómo podéis vivir juntos siendo tan distintos.

—Porque alguien tiene que hacer que este sonría una vez al día —responde Ethan con rapidez.

—Y alguien tiene que evitar que tú hables las veinticuatro horas del día —replica Apolo.

—Yo hago una labor social —añade Ethan.

—Yo también —afirma Apolo y lo veo sonreír de forma fugaz.

El aula empieza a vaciarse y me cuelgo la mochila al hombro. Avanzamos por el pasillo, el profesor sale antes que nosotros y me detengo en la puerta.

—Nos vemos —les digo a ambos.

—¿Vas a la cafetería? —me pregunta Ethan.

—No, voy a pasar por la feria de clubes.

—¿Has decidido apuntarte a alguno? —sigue preguntando.

—Estoy pensándolo.

—Eso está bien.

—Gracias, bueno…, ya nos vemos, chicos.

—Hasta luego, pequeña Dafne —se despide de mí Ethan y sonrío un poco más.

Miro a Apolo, que levanta la mano a modo de despedida, aunque no dice nada; empiezo a sospechar que ese es exactamente su lenguaje.

Los dejo atrás mientras cruzo el pasillo y bajo las escaleras. Oigo a Ethan que sigue hablando y estoy segura de que Apolo finge que no lo escucha. Y, aun así, los dos caminan exactamente al mismo ritmo.

No sé por qué, pero tengo la sensación de que algunas amistades se construyen a base de aguantar tantas tempestades durante años que, al final, resulta imposible imaginar una sin la otra.

Cuando salgo al patio de la Facultad de Humanidades, el bullicio del campus me envuelve. Cruzo la entrada y entonces veo a lo lejos la plaza donde están las carpas de la feria de clubes. Conforme me voy acercando, veo el cartel del periódico de Brakenhall y, esta vez, voy directa hacia él.