CAPÍTULO 5
—¡Dafne!
Una mano cae sobre mi hombro y todo ocurre demasiado deprisa. No pienso, mi cuerpo decide reaccionar antes que yo. Mi corazón se dispara, los músculos se tensan y el aire desaparece de mis pulmones. Me giro rápida y levanto el puño por puro instinto.
—Eh, eh... tranquila. Soy yo.
Una voz amable consigue abrirse paso entre el ruido que empezaba a zumbarme dentro de la cabeza. Me fijo en el chico rubio, de ojos azules, con la mochila colgada al hombro, y lo reconozco… Ethan.
Bajo el puño, mientras él sigue con las dos manos alzadas sobre su pecho, sin acercarse ni un centímetro a mí. Durante una fracción de segundo desaparece esa sonrisa permanente que parece llevar pegada a la cara y frunce el ceño.
—Soy yo, pequeña Dafne —repite.
—No deberías tocar a la gente por detrás —le explico, tragando saliva para recomponerme.
Ethan me observa con el ceño fruncido y sé que está pensando que mi reacción es exagerada, pero no dice nada. Se recompone y enseguida me sonríe con despreocupación.
—Vale, tomo nota y si quieres, la próxima vez que me acerque a ti lo haré haciendo ruido.
—Buena idea.
—Estoy pensando en colgarme un cencerro.
—¿Un cencerro?
—Sí, así tendrás unos diez segundos para saber que soy yo —razona, y no puedo evitar que se me escape una carcajada.
—No es mala idea.
—Lo sabía, siempre tengo grandes ideas —dice con orgullo—. ¿Adónde vas?
—Tengo clase de Ética —respondo.
—Perfecto, yo también.
—Vaya…
—Reconoce que tu mañana acaba de mejorar solo con verme —comenta con fanfarronería y lo miro de reojo.
—Eso está por ver —añado y él se lleva una mano al pecho con exageración.
—Qué poco confías en mí, pequeña Mirror.
—Apenas te conozco —le recuerdo.
—Precisamente por eso, todavía estoy a tiempo de causarte una buena impresión.
—Vas un poco tarde —le digo solo para molestarlo un poco más.
—Voy justo a tiempo, porque tengo toda la clase de Ética para que me adores.
—Mucha suerte.
—Gracias. Aunque necesitaré más suerte, porque cuando acabe la clase, tengo cinco minutos para llegar al otro extremo de Brakenhall o mi entrenador me sancionará si llego tarde.
—¿Qué deporte practicas?
—Natación —me informa y lo miro de arriba abajo.
—No te pega —sentencio.
—¿Perdón?
—Eres demasiado arrogante para ser nadador, pensaba que serías capitán del equipo de rugby —bromeo y Ethan suelta una carcajada.
—Créeme, te sorprendería todo en lo que soy bueno, pequeña Dafne.
Durante unos segundos caminamos en silencio y antes de cruzar de acera miro hacia atrás y veo el pabellón deportivo que queda cada vez más lejos.
—¿Axel compite para Brakenhall? —le pregunto con curiosidad y él sonríe.
—Claro, ¿no lo sabías?
—Pensaba que su único talento era ser insoportable.
—También, pero todavía no han convertido su actitud en disciplina olímpica.
—Hablo en serio.
—Yo también. Si por ser un capullo dieran títulos, Axel y Apolo tendrían un doctorado —me explica y tengo que reprimir una nueva carcajada—. Axel es uno de los mejores luchadores de la liga universitaria de artes marciales mixtas o, mejor dicho, la MMA.
—¿Existe una liga universitaria de la MMA? —le pregunto frunciendo el ceño.
Ethan se detiene en mitad del camino y me mira como si acabara de confesar que no sé quién ganó la Segunda Guerra Mundial.
—Dafne…
—¿Qué?
—Tenemos muchísimo trabajo contigo.
—Perdona por no conocer las costumbres de los ricos.
—No son costumbres. Son tradiciones. Axel sigue el legado de su padre.
—Eso suena peor —confieso.
—Muchísimo peor —sentencia mientras seguimos caminando—. Todos los viernes se celebra la Fight Night universitaria.
—¿Eso qué es? ¿Una forma elegante de decir que dos estudiantes se pegan delante de todos?
—No, es la liga universitaria de MMA. Al igual que en rugby u otro tipo de deportes, las universidades compiten en diferentes modalidades y, bueno, Brakenhall se apunta a todo lo que pueda ganar.
Esta liga tiene prestigio a nivel estatal.
Cuando peleamos contra Boston University, no cabe un alma en el pabellón, hay hasta retransmisión en directo.
—¿Retransmisión?
—Todo el campus lo ve.
Sigo caminando mientras intento imaginarlo. Una universidad privada organizando veladas de MMA, en octógonos con verjas, con tanta expectación como una final de la Super Bowl. No termina de encajar con la imagen elitista que tenía de Brakenhall. Aunque, pensándolo bien, tampoco encaja con Axel.
—Los viernes esto se vuelve una locura —continúa Ethan—. Hay pancartas por todo el campus, las residencias compiten por ver cuál anima más y las entradas desaparecen en cuestión de horas.
—¿Tanto por un combate?
—No es solo por el combate —me explica y hace una pausa—. El padre de Axel estudió aquí.
—¿También peleaba?
—Fue el mejor luchador que ha tenido Brakenhall. Ganó la liga universitaria dos años seguidos y dio el salto al circuito profesional de la UFC. Desde entonces, cada vez que alguien oye el apellido Blackwood, piensa en él.
—Vaya presión —susurro pensativa y Ethan asiente.
—Por ello, todo el mundo espera lo mismo de Axel.
—¿Y esa es la razón por la que está siguiendo los pasos de su padre? —pregunto y él sonríe.
—Digamos que Axel nunca ha sido especialmente bueno haciendo lo que el mundo espera de él.
Esa respuesta me hace pensar en el Nido del Cuervo, pero no creo que sea buena idea sacar el tema, así que prefiero desviar un poco la conversación.
—¿Y después de los combates?
—Fiesta.
—Lo suponía.
—Hay una regla no escrita en Brakenhall.
—¿Cuál?
—Si ganamos, salimos a celebrarlo.
—¿Y si perdéis? —pregunto con curiosidad.
—También —responde con obviedad y no puedo evitar reírme.
—Buena filosofía de vida —añado divertida.
—Por eso lleva funcionando décadas.
Llegamos a una pequeña plaza donde varios estudiantes descansan sobre el césped. Algunos juegan al baloncesto. Otros charlan sentados en círculo. Todo parece ridículamente perfecto.
—¿Y tú nunca has querido pelear? —le pregunto y Ethan hace una mueca de desagrado.
—Mi madre dice que bastante trabajo le costó hacerme guapo como para que un puñetazo lo estropee —justifica y vuelvo a reírme.
—Tu madre tiene razón —confirmo y él abre los ojos con sorpresa.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—No exageres —Intento sonar convincente, pero con este chico es difícil—. ¿Qué estudias exactamente?
—Marketing. ¿Y tú?
—Periodismo.
—Eso sí que me lo esperaba.
—¿Por qué? —digo con curiosidad y se encoge de hombros.
—Porque haces muchas preguntas.
—Eso es de formación profesional.
—No —niega pensativo y cuando vuelve a mirarme no parece estar bromeando—. Creo que eres de esas personas que hacen preguntas incluso cuando sabe que puede no gustarle la respuesta. Te veo valiente.
No sé muy bien por qué esa frase consigue dejarme callada, quizá porque en parte tiene razón.
El edificio de Humanidades aparece frente a nosotros y Ethan señala la puerta de entrada.
—Vamos a clase de Ética.
—Espero que sea mejor que caminar contigo por el campus —sentencio subiendo los escalones del edificio.
—Imposible.
Cuando entramos, cruzamos un patio lleno de estudiantes y me sorprende que siendo tan temprano esté todo tan concurrido. Miro la hora en la pantalla de mi móvil y veo que quedan dos minutos para que empiecen las clases, pero los alumnos no parecen tener prisa.
—¿Siempre hay tanta gente que no va a clase? —pregunto.
—Solo es tu segundo día. Todavía no has descubierto que llegar cinco minutos tarde no siempre tiene consecuencias.
—¿Porque los profesores son muy comprensivos? —Mi deducción hace que suelte una carcajada.
—Más bien porque algunos alumnos tienen apellidos muy convincentes.
—¿De verdad? —dudo sorprendida y él se encoge de hombros con naturalidad.
—Bienvenida a Brakenhall.
—Pensaba que era una universidad meritocrática.
—Lo es —afirma—, siempre que nazcas en la familia adecuada.
Durante un instante pienso que tal vez se trata de una de sus bromas, pero hay algo en el tono de su voz que no termina de parecer un chiste.
—¿Y tú también entras en ese grupo?
—Mi apellido me ha abierto más puertas de las que me gusta admitir.
Guardamos silencio mientras subimos los anchos escalones de piedra que conducen a la biblioteca de Humanidades.
No puedo evitar pensar que, probablemente, en Brakenhall, las puertas nunca se abren del todo para todo el mundo.
Algunas ya están abiertas mucho antes de que llegues, solo depende del apellido que lleves.
La biblioteca parece más la entrada a un museo que la de un edificio universitario, con grandes columnas de mármol y ventanales de varios metros de altura.
Al cruzar el vestíbulo, Ethan camina hacia una chica que está sentada sola junto a uno de los ventanales.
Tiene el pelo pelirrojo, corto, ligeramente ondulado y tan claro que la luz de la mañana parece incendiarle las puntas.
Sostiene un libro y está tan ensimismada en la lectura que ni siquiera levanta la vista cuando pasamos cerca.
—Siena —susurra Ethan pronunciando su nombre con naturalidad.
Ella levanta la cabeza despacio y parpadea un par de veces, como si hubiera tardado unos segundos en regresar de donde quiera que estuviera su mente.
—Hola, Ethan —lo saluda con voz suave.
—¿Sabes dónde está la clase de Ética?
—Primera planta, a la izquierda, última puerta —responde y Ethan señala el reloj de pared que preside la entrada de la biblioteca.
—Como sigas leyendo, vas a llegar tarde el segundo día de clase —le explica Ethan y Siena mira el reloj.
—No empiezo hasta las diez, puedo aprovechar el rato para leer —replica ella y lo dice tan bajito que casi tengo que leerle los labios.
—Entonces tienes permiso para seguir volando entre dragones —comenta sonriente Ethan y ella sonríe con timidez.
—Gracias.
—Hasta luego —se despide de ella y yo lo sigo.
No puedo evitar mirar atrás y ver que la chica ha vuelto a concentrarse en el libro que está leyendo y que el resto del edificio ha dejado de existir.
—¿La conoces? —pregunto subiendo las escaleras.
—Nos conocemos de vista.
—¿No sois amigos? —cuestiono sorprendida y él niega con la cabeza.