CAPÍTULO 4 #2
—Es un capullo egocéntrico que se cree el rey de Brakenhall —le explico.
—No estás equivocada —confirma sonriendo Daniela, que nos mira alternativamente y luego guarda la libreta en el bolsillo del delantal.
Y antes de que Bea pueda decir algo más, se aleja entre las mesas con la misma facilidad con la que había aparecido. La sigo con la mirada unos segundos y pienso en voz alta.
—Me gusta —digo, y Bea asiente.
—A mí también, pero necesito saber quién es ese Blackwood y comprobar eso que decís de él.
No respondo, bajo la mirada hacia la carta y comienzo a leer los menús de desayunos y sus precios.
Las tortitas cuestan catorce dólares. Las tostadas con huevos fritos, nueve, y el café, tres con cincuenta.
Echo cuentas mentalmente: sumando el desayuno, el autobús hasta Boston, los libros que todavía necesito comprar y lo que tengo en mi cuenta bancaria…
estoy lo que se denomina en números rojos.
—¿Sabes? Hoy invito yo —afirma Bea, que parece que me hubiera leído el pensamiento, mientras le da un sorbo a su café.
—No necesito que me pagues el desayuno —replico y Bea me observa.
Deja la taza sobre la mesa y me mira como si acabara de decir la mayor tontería del siglo. Tal vez, porque he debido de poner una de mis caras cuando he visto los precios de la carta.
Bea apoya los codos sobre la mesa y me sonríe.
—Daf, simplemente quiero probar las tortitas y necesito una cómplice, porque si dejo tortitas en el plato, mi abuela se aparecerá esta noche para atormentarme.
—¿Tan estricta era?
—Muchísimo —responde con una sonrisa que refleja el cariño de cuando se recuerda a alguien a quien amas—. Siempre decía que dejar comida era una falta de respeto para quien no se lo podía permitir.
—¿Vivías con ella?
—Sí, he crecido con mis abuelos.
—¿Y tus padres? —pregunto y durante un instante parece escoger las palabras.
—Viajaban demasiado por trabajo —explica encogiéndose de hombros—, así que crecí con dos jubilados que me enseñaron a jugar al dominó, a cultivar en un huerto y a creer que las tortitas saben mejor cuando se comparten.
—Es una buena costumbre —confirmo y no puedo evitar sonreír.
—Te aseguro que sí, llevo diecisiete años recopilando pruebas. ¿Compartimos tortitas?
—Sí —esta vez asiento y me río.
Me sorprende sentirme tan libre; por primera vez en muchos años, desayunar con alguien no parece una obligación. Había olvidado lo extraordinario que puede llegar a ser algo tan sencillo como compartir un desayuno en armonía.
La puerta de la cafetería se abre y, por pura casualidad, levanto la vista.
Reconozco al instante a la chica que acaba de entrar, aunque no por el uniforme o la forma en que me mira.
La reconozco porque por las noches también trabaja en el Nido del Cuervo.
Sin embargo, hora está aquí. Esperando un café para llevar como cualquier otra estudiante de Brakenhall.
Kristin también me ve.
Durante un segundo parece sorprendida y después sonríe.
—Hola, Dafne.
—Hola, Kristin.
Sonrío al saludarla y veo cómo recoge su café cuando Daniela se lo entrega y se marcha para seguir, supongo, con su rutina.
La sigo con la mirada unos segundos hasta que la pierdo de vista; me resulta extraño verla fuera del club.
Aunque se supone que todos tenemos una vida diferente fuera de ese lugar.
Salimos de Isabella's casi cuarenta minutos después. El aire hoy es más cálido que días atrás y el campus sigue lleno de estudiantes que van de un edificio a otro.
Al llegar a la plaza central frente al rectorado, Bea mira el mapa y me señala un edificio al otro extremo de donde nos encontramos.
—Yo tiro hacia Bellas Artes.
—Y yo, según mi horario, tengo Ética, que está en una de las salas de la Facultad de Humanidades —le explico.
—Qué planazo —ironiza y sonrío.
—No lo sabes bien. Me hace una ilusión enorme comenzar el día debatiendo sobre la moral de las personas —bromeo.
—Se te nota muchísimo —me sigue el juego y empieza a alejarse en dirección opuesta —. Oye —me llama y se detiene—. ¿Cenamos juntas esta noche?
La pregunta me descoloca, no porque no quiera, sino porque hace mucho tiempo que no tengo amigas.
—Esta noche trabajo.
—¿Mañana?
—Mañana nos vemos para desayunar y concretamos sobre la cena —sugiero y su sonrisa crece al instante.
—Perfecto, que te vaya genial el día.
—Igualmente, hasta luego.
La veo marcharse y no sé muy bien en qué momento esta chica, a la que apenas conozco, ha conseguido hacer que piense que tal vez no ha sido tan mala idea venir a esta universidad.
Sigo caminando hacia el edificio de Humanidades bordeando el pabellón deportivo. Estoy consultando el horario en el móvil cuando un sonido consigue que levante la cabeza.
Un golpe. Después otro y luego otro más. Suenan secos y precisos, acompañados por la voz grave de alguien dando indicaciones.
—Otra vez —ordena a la vez que suena un silbato.
El enorme ventanal del gimnasio deja ver parte de la zona de entrenamiento. Hay varios estudiantes apoyados contra el cristal mirando hacia adentro, así que, por pura curiosidad, me acerco un poco, y entonces lo veo.
Axel Blackwood.
Lleva unos pantalones cortos negros, las manos vendadas y una camiseta negra de tirantes completamente empapada en sudor.
La luz que entra por los ventanales dibuja los tatuajes de sus brazos con tanta nitidez que parecen formar parte de otro uniforme.
Frente a él, un entrenador sostiene unas manoplas con firmeza.
—Uno, dos.
Axel golpea y retrocede. Coge aire y vuelve a golpear, no desperdicia ni un solo movimiento. Está concentrado y no parece querer impresionar a nadie, tan solo repite la misma combinación una y otra vez con una concentración casi obsesiva.
Me sorprende ver esa parte de él, porque el Axel que hace poco que conozco vive con una sonrisa insolente pegada a la cara.
Habla como si el mundo entero le debiera una disculpa y parece incapaz de mantener una conversación sin provocar a alguien.
Pero ahí, en el centro de ese octógono, desaparece la fachada y solo queda un chico deportista y disciplinado.
El entrenador corrige apenas unos centímetros la posición de una manopla y Axel vuelve a empezar. Observo que sobre una de las paredes cuelga una fotografía enorme del equipo universitario de artes marciales mixtas de Brakenhall, con el logo de la MMA, y en el centro de todo, Axel.
Parpadeo sorprendida y pienso que no puede ser.
Porque hasta el momento había creído que solo era un tipo que se pegaba por dinero en un club clandestino.
Sin embargo, estaba equivocada, porque también representa a la universidad...
mientras por las noches baja a un sótano para pelear de forma ilegal en una jaula que parece no tener reglas.
La verdad es que no entiendo nada. Y como si hubiera sentido mi mirada sobre él, Axel gira la cabeza y nuestras miradas se encuentran a través del cristal.
Me quedo inmóvil y él también parece tan sorprendido como yo, porque durante un instante no sonríe. Solo me mira. Entonces me llegan los recuerdos del día anterior, cuando me abrió la puerta semidesnudo y, más tarde, cuando colgué de hablar con Charlie y lo vi escuchando al otro lado de la puerta.
El entrenador le da un toque en el hombro para recuperar su atención. Axel aparta la vista de mí y le dice algo que desde aquí soy incapaz de escuchar. El entrenador responde y él asiente, pero justo antes de volver a colocarse frente a las manoplas, vuelve a buscarme al otro lado del cristal.
Y esta vez la comisura de su boca se curva apenas unos milímetros, me lanza un beso y después un guiño.
Ahí está de nuevo esa arrogancia que tanto me irrita.
Levanto lentamente mi mano y le regalo mi dedo corazón con una sonrisa falsa.
Axel suelta una carcajada que atraviesa el cristal.
No llego a oírla, pero la reconozco por la forma en que echa la cabeza hacia atrás antes de negar para sí.
Idiota.
Le doy la espalda y reanudo el camino hacia la Facultad de Humanidades.
Pero, por mucho que intente apartarlo de mi cabeza, su imagen vuelve una y otra vez.
También pienso en el escudo de Brakenhall sobre el octógono y su fotografía presidiendo una de las paredes del gimnasio.
Recuerdo cómo lo miraba su entrenador y la disciplina con la que entrena.
Todo encaja con un deportista de élite que la universidad exhibe con orgullo.
Pero… entonces no encaja que pelee en el Nido del Cuervo.
Una universidad como esta no presume de chicos que pelean en clubes clandestinos. Entonces, ¿por qué Axel pertenece a los dos mundos? Y, por primera vez desde que lo conocí, me pregunto quién demonios es en realidad Axel Blackwood.