CAPÍTULO 4
Charlie no responde. Sinceramente, no sé por qué pensaba que después de la conversación de ayer todo sería diferente. Dejo que suene hasta que la llamada se corta, y durante unos segundos me quedo mirando la pantalla. Vuelvo a intentarlo y tras varios tonos nada.
—Vamos, joder… —susurro, pero la llamada de nuevo se corta.
Aprieto los labios con fastidio y dejo mi móvil sobre el escritorio antes de hacer algo estúpido, como lanzarlo contra la pared. No solucionaría nada y luego tendría que comprar otro, lo que sería una decisión financiera bastante estúpida por mi parte.
—¿Todo bien? —La pregunta me saca de mis pensamientos y miro a mi compañera de habitación.
Beatrice está de pie frente al armario con los calcetines de media verdes en la mano. Lleva la falda del uniforme, la camisa a medio abrochar y el pelo rubio y corto todavía húmedo.
La conozco desde hace dos días, bueno, conocer quizá sea una palabra demasiado generosa.
Solo sé que duerme en la cama de al lado, utiliza tres alarmas diferentes para despertarse y es capaz de ignorar las tres.
Sé que tiene un neceser rosa con más productos de los que yo sabía que podían existir para una cara humana y que anoche, cuando llegué de casa de Kael, fingió estar dormida para no preguntarme por qué tenía los ojos hinchados de llorar…
y la verdad es que con ese gesto me ganó.
—Sí —miento. Beatrice observa mi móvil y después me mira a mí.
—Bien.
No dice nada más. Termina de vestirse y de ponerse uno de sus pendientes, y recoge su bolso de la silla.
—¿Tienes clase ahora? —me pregunta y miro el reloj.
—Dentro de una hora. ¿Y tú?
—Yo también —responde, y frunzo el ceño.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque llevo dos días desayunando sola y empiezo a sospechar que hablar con la tostadora no es una buena señal —explica mientras se coloca el bolso.
—¿Te contesta? —bromeo y ella sonríe.
—Todavía no, pero siento que estamos cerca —comenta y sonrío sin querer mientras me levanto para coger mi mochila.
Entonces miro el armario que está abierto y veo que hay una línea invisible que delimita su ropa y la mía. Me fijo en que Beatrice ha colocado todas sus cosas en una mitad exacta, dejando la otra parte para mí, aunque no sabe que apenas tengo suficiente ropa para ocupar dos baldas y tres perchas.
—¿Has dividido exactamente por la mitad el armario? —pregunto sorprendida y ella se gira.
—Pensé que era lo justo —afirma y me quedo mirándola más tiempo del necesario, porque me sorprende.
—Gracias —susurro.
Cojo mi chaqueta del uniforme de Brakenhall y entonces siento que me está observando con demasiada atención.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—Nada —respondo.
—¿Te ha molestado que divida el armario? Pensé que…
—Es perfecto, gracias, de verdad… Solo que no me lo esperaba —confieso y ella sonríe.
—Vale… es que estabas poniendo una cara un tanto extraña —me dice.
—Esta es mi cara —añado intentando disimular mi asombro.
—Pues tu cara necesita café. Así que vamos —añade haciéndose con mi mano y tirando de ella.
—¿A dónde vamos? —pregunto cogiendo mi móvil.
—He descubierto una cafetería del campus y, según Cloe, sus tortitas pueden curar depresiones, resacas y decisiones sentimentales cuestionables.
—¿Quién es Cloe? —inquiero mientras salgo al pasillo.
—Mi mejor amiga.
—¿También estudia aquí?
—Sí, ella estudia moda —me informa y bajamos las escaleras—. Es quien diseña mis maillots para las competiciones.
—¿Maillots de ciclismo? —pregunto y ella suelta una carcajada divertida.
—¿Me ves pinta de saber montar en bici? Lo mío es la danza, Daf. ¿Puedo llamarte Daf?
—Claro —respondo feliz.
Pienso que es bonito conocer a alguien y sentir desde el principio que va a ser una gran amiga. Beatrice frunce el ceño y se detiene a mitad de las escaleras.
—¿Qué?
—Otra vez has puesto esa cara…
—¿Qué cara?
—Déjalo… Vamos a desayunar —comenta feliz y la sigo—. Y, por cierto, puedes llamarme Bea.
—Genial, Bea. Vamos a por un café que ahora mismo soy un zombi —digo y ella vuelve a sonreír.
Cuando salimos a la calle, me llama la atención que Brakenhall parece una universidad diferente esta mañana. Hay alumnos por todas partes y cuando pasamos por la plaza central, está llena de mesas, carpas, banderas y cientos de estudiantes caminando de un lado a otro.
—¿Qué demonios es esto? —susurro y Bea me mira horrorizada.
—No me digas que no sabes lo que es la feria de clubes.
—No sé lo que es la feria de clubes —confieso y ella chasquea la lengua.
—Daf, tienes que integrarte un poco más y leer las noticias de las redes sociales de Brakenhall.
—Solo llevo aquí dos días.
Una chica se cruza delante de nosotras y antes de pasar de largo, me pone un folleto en las manos.
Tiene mucha información, pero en negrita sobresalta el título «CLUB DE DEBATE DE brAKENHALL».
Continuamos caminando y observo que hay clubes deportivos, asociaciones académicas, grupos de voluntariado, teatro, música y un grupo de estudiantes vestidos con ropa de montaña que intentan convencer a chicos con zapatos de mil dólares de que dormir voluntariamente en el bosque es divertido.
—¿Cómo sabes dónde está todo? —pregunto mientras Beatrice me guía entre la gente hacia el otro lado de la plaza.
—Llevo dos semanas aquí.
—Sigues siendo de primero.
—Sí, pero Cloe es experta en turismo universitario y cotilleos. Es como una aplicación de Brakenhall, pero con melena y gloss.
Sonrío, pero no digo nada porque una mesa a nuestra derecha llama mi atención.
Leo el cartel pequeño que tiene colgado delante: «Periódico de Brakenhall».
Me acerco un poco más y distingo otro en el que informan de que buscan redactores, fotógrafos, correctores y colaboradores.
Me detengo y entonces veo una frase escrita en letra casi diminuta…
Tienen un programa de colaboración y ayuda económica para estudiantes seleccionados.
Bea ya ha andado cinco pasos antes de darse cuenta de que no la sigo.
—¿Vamos?
—Un segundo —respondo y me acerco un poco más.
Sobre la mesa hay varios ejemplares del periódico de la universidad, acreditaciones antiguas, fotografías de eventos deportivos y una hoja con información sobre el programa de la ayuda económica.
—¿Te interesa el periódico? —pregunta Beatrice.
—Quizá.
—Estudias periodismo, eres perfecta —añade pensativa.
—Sí y por eso necesito saber sobre esta beca que dicen que dan.
—Vale, pero estarán aquí todo el día y si no nos vamos ya, nos quedamos sin desayunar porque llegaremos tarde a clase —me comenta mirando la hora—. Y si no desayuno en los próximos diez minutos, voy a comerme a un estudiante de primero.
—Tú eres una estudiante de primero —le recuerdo y ella suelta una carcajada.
—Entonces será canibalismo —responde lanzándome un guiño—. ¡Vamos!
Beatrice me agarra de la muñeca y tira de mí. Miro hacia atrás y pienso que cuando salga de clase volveré.
Cuando llegamos a la cafetería, leo el nombre del local, Isabella's, y entiendo por qué Beatrice insistió tanto en traerme, el local está completamente lleno.
Las mesas casi se tocan las unas con las otras y apenas quedan libres.
Sobre las paredes cuelgan fotografías en blanco y negro de antiguas promociones de Brakenhall que han sido importantes para la universidad, del equipo de rugby, un par de guantes de MMA, enmarcados con la firma de un antiguo campeón que estudió aquí, y recortes de periódicos amarillentos que cuentan victorias universitarias dignas de recordar.
Una vieja máquina de discos suena en una esquina, aunque la música apenas consigue oírse, ya que el ruido de los platos y el murmullo de los estudiantes la silencian.
Huele a café recién hecho, mantequilla y sirope de arce.
Huele a un hogar en Navidad y sonrío, porque hacía años que ese tipo de pensamientos no se cruzaban por mi mente.
—Bienvenida al paraíso —anuncia Bea.
—Tu paraíso tiene demasiada azúcar.
—Por eso es el paraíso, porque aquí las calorías no se cuentan.
Nos sentamos junto a una ventana. Cojo la carta y comienzo a hojearla, y en ese instante alguien aparece a nuestro lado con una cafetera en una mano y dos tazas en la otra.
—Buenos días, chicas, ¿café?
—Sí —respondemos las dos al unísono.
La chica sonríe mientras llena las tazas.
Tiene la piel morena, unos enormes ojos oscuros y el pelo negro, muy rizado, recogido en un moño alto del que escapan varios rizos rebeldes alrededor del rostro.
Lleva el uniforme de Isabella's con las mangas enrolladas hasta los codos y se mueve con la rapidez de quien conoce el local de memoria y podría recorrerlo con los ojos cerrados.
Sirve el café con una precisión casi automática antes de apoyar la cafetera en la mesa.
—Primer año —afirma con una mirada amable.
—¿Tan evidente es? —pregunto.
La chica señala discretamente a Bea en un gesto rápido con la barbilla y me fijo en que mi compañera acaba de sacar de su bolso un mapa del campus.
—Todavía miráis el mapa del campus —responde.
—Podría ser que me gusta coleccionar recuerdos de primero —bromea Bea y la camarera sonríe.
—Claro —añade amable y miro la pequeña placa plateada que lleva sobre su pecho en el uniforme.
—Daniela, ¿qué nos recomiendas? —le pregunto.
Sus ojos vuelven a mí y parece sorprenderle que la haya llamado por su nombre.
—Las tortitas —me asegura.
—Pues dos desayunos con tortitas —le pide Beatrice.
—Buena elección. Son las únicas capaces de conseguir que Axel Blackwood sonría más de dos minutos seguidos —comenta Daniela.
—¿Quién es Axel Blackwood? —pregunta Bea y Daniela se queda inmóvil unos segundos.
—¿En serio no sabéis quién es? —nos cuestiona y no puedo evitar tensarme, ella se da cuenta y sonríe—. Tú sí sabes quién es.
—He coincidido con él.
Daniela vuelve a mirarme y una sonrisa divertida curva sus labios.
—Entonces ya sabes bien quién es Axel… —susurra risueña y Bea nos señala alternativamente con un dedo.
—Vale, me estoy perdiendo algo. ¿Quién es ese tío, Daf? —Me encojo de hombros ante la curiosidad de mi compañera.