Más allá del odio. CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Y lo sabemos. Porque hay tristeza en su tono de voz, porque Charlie, a pesar de ser un crío, siempre intenta sonar más fuerte para que no nos preocupemos, porque con diez años ha aprendido que llorar no sirve para nada, y eso me destroza.

—¿Qué tal has empezado el colegio? —le digo intentando sonar normal.

—Bien —responde y sé que de nuevo miente—. ¿Qué tal Brakenhall? —me pregunta él.

—Creo que he descubierto una especie nueva —respondo risueña.

—¿Una especie nueva?

—Sí. La del estudiante rico de universidad privada —le explico y oigo cómo Charlie se ríe.

Dios, había echado muchísimo de menos ese sonido.

—¿Cómo son? —inquiere curioso y miro a Kael, que también sonríe.

—Todavía estoy investigando, pero creo que se alimentan exclusivamente de café caro y dinero de sus padres.

—Eso no puede ser verdad —susurra.

—Te lo prometo, hoy he visto a un chico pagar nueve dólares por una bebida que parecía agua podrida —le cuento, y Kael se atraganta con una carcajada.

—¿Agua podrida? Puag, eso es asqueroso Daf —dice Charlie.

—Tenía espuma, leche de avena, canela y probablemente un sapo batido dentro del vaso —exagero y ahora Charlie se ríe de verdad.

Y durante unos segundos, todo parece un poco más normal. Como si no hubiera tantos kilómetros entre nosotros, como si todavía compartiéramos habitación y no nos hubieran roto los sueños a pedazos.

—¿Ya tienes amigos? —me pregunta pillándome por sorpresa.

Porque nunca he sido buena haciendo amigos, sobre todo, cuando cada pocos meses nos cambiaban de casa, aprendes a que nunca te quedarás demasiado tiempo como para conocer a alguien de verdad.

—Tengo una compañera de habitación bastante simpática —confieso.

—¿Cómo se llama?

—Beatrice.

—¿Y crees que va a ser tu amiga?

—Espero que sí, tenemos que soportarnos todo el curso —respondo—. ¿Y tú?

—Yo ¿qué?

—¿Has hecho amigos?

—Dos.

—¿Dos? —replica Kael inmediatamente—. No está nada mal, colega.

—Lo sé —afirma feliz mi hermano pequeño.

Entonces siento un pellizco en el pecho, porque para un niño de diez años, no es fácil hacer amigos, y menos cuando sabes que en cualquier momento te marcharás de ese lugar.

Charlie empieza a hablar del colegio nuevo, de un partido de baloncesto al que ha ido y que hay otro niño en la casa que ronca demasiado fuerte.

Y durante unos minutos los tres nos reímos cómplices, como una familia normal.

Pero entonces empiezan los pequeños silencios, casi invisibles, que revelan que está escogiendo qué puede contarnos y qué no.

Charlie mide las palabras para que no nos preocupemos. Me muerdo el labio inferior y Kael baja la mirada a la moqueta del suelo, porque nosotros también hemos hecho lo mismo en algún momento de nuestras vidas. Fingir, sonreír y aparentar que estamos bien.

—Te vamos a sacar de ahí, peque —susurra Kael.

Y al oír esa promesa, algo se rompe dentro de mí. Charlie guarda silencio y durante varios segundos solo escuchamos su respiración al otro lado de la línea.

—Lo sé.

Solo dos palabras, llenas de una fe tan absoluta que me dejan sin aire. Porque Charlie cree en nosotros, espera que vayamos a buscarlo y, Dios, necesito sacarlo de ahí.

Necesito hacerlo.

La llamada termina unos minutos después. Charlie promete portarse bien y nosotros le aseguramos que volveremos a llamar pronto. Y cuando cuelgo… el silencio que queda dentro de la habitación es demasiado pesado y lleno de culpa.

Kael se pasa las manos por la cara, aprieta los ojos en un intento de no derrumbarse delante de mí y se tumba en la cama mirando el techo. Y yo me esfuerzo en normalizar mi respiración para intentar detener este ataque de ansiedad porque mi hermano pequeño nos necesita.

Aprieto con mis dedos temblorosos el móvil y de nuevo esa sensación de impotencia me ahoga. Es horrible saber que no estará mejor en esa nueva casa de acogida, la tercera en un año, mientras que Kael y yo fingimos que tenemos un plan.

La puerta entreabierta deja ver una sombra apoyada contra el marco.

Axel.

No sé cuánto tiempo lleva ahí, ni cuanto ha oído de la conversación, pero hay algo en él distinto.

Ya no sonríe y la forma en que me mira lo hace parecer salvaje y peligroso.

La luz tenue del pasillo dibuja sombras sobre sus tatuajes y hace que sus ojos grises se vean todavía más oscuros, más fríos y más difíciles de leer.

Permanece inmóvil y me observa con una intensidad tan brutal que siento que un escalofrío me recorre la espalda.

Porque me mira como si acabara de descubrir algo que no encaja con la chica que aparenta tener todo bajo control.

Sus ojos permanecen clavados en mí en un intento de atravesar todas las capas que llevo años construyendo para sobrevivir y ver exactamente la desesperación constante que siento por no llegar nunca a tiempo para salvar a las personas que quiero.

De repente, hay algo en Brakenhall que me pone realmente nerviosa. Axel Blackwood ya no me mira como un juego… ahora parece que vea en mí algo roto que quiere proteger incluso de sí mismo. Y, sinceramente, eso resulta muchísimo más peligroso que cualquiera de sus sonrisas.