CAPÍTULO 3 #2
—Me gusta cómo suena mi apellido en tus labios…, pero yo no sé todavía cómo te llamas, novata.
—¡Dafne!
La voz de Kael atraviesa el salón. Axel y yo nos giramos al mismo tiempo y lo vemos en el umbral de la puerta, observándonos con el ceño fruncido.
—¿Estás bien? —me pregunta mi hermano acercándose a mí y asiento.
—Está perfecta —responde Axel sonriente.
—Pensaba que ya estarías aquí —le explico.
—Tuve un imprevisto y por eso no llegué antes —se justifica—. Este idiota es compañero de fraternidad —me informa Kael mientras le lanza una mirada llena de desprecio a Axel.
—Y tú eres un amargado —replica Axel, pero Kael ignora el comentario y pasa su brazo por mis hombros para atraerme hacia a él.
—¿Hacemos esa llamada, hermanita? —me consulta Kael.
—Se me ha hecho eterno el día —confieso con una sonrisa.
—¿Hermanita? Espera, sois… hermanos —reflexiona Axel y juro que algo cambia en su mirada.
Sus ojos pasan de Kael a mí lentamente, y entonces suelta una carcajada como si le acabáramos de contar el mejor chiste del mundo. Niega para sí, incrédulo, y se humedece los labios antes de morderse el inferior y pasarse una mano por el pelo desenfadado.
—Esto sí que es interesante… —La sonrisa de Axel se ensancha lentamente—. Tú eres la pequeña Dafne.
Frunzo el ceño inmediatamente, porque hay algo extraño en la forma en que pronuncia mi nombre. Parece que acabe de tener una revelación. Maldita sea, ¿mi hermano le ha hablado de mí? ¿Cómo? Si ni siquiera son amigos.
—Vamos… —me pide Kael, que hace un gesto para que lo siga.
El salón parece una mezcla entre residencia universitaria, sala de videojuegos y zona catastrófica declarada por el Gobierno. Hay sudaderas tiradas sobre los sofás, latas de cervezas vacías, libros abiertos y una televisión gigantesca reproduciendo un combate de UFC sin sonido.
—Vaya —murmuro sorprendida.
—Lo sé —afirma Kael, adivinando mis pensamientos.
—¿Cómo podéis tener la casa así? El curso acaba de comenzar.
—Digamos que nosotros no nos hemos ido a ningún lado en el verano —me explica.
—¿Habéis considerado contratar a un exorcista? —le pregunto, y mi hermano suelta una carcajada.
—Créeme. Ya lo hemos considerado —responde.
—¿Y?
—El exorcista salió corriendo —bromea risueño, y durante unos segundos vuelve a parecer el Kael que recuerdo, el que siempre hacía tonterías para hacerme reír cuando las cosas iban mal.
Atravesamos el salón y entonces veo movimiento en la cocina.
De espaldas a nosotros hay un chico rubio rebuscando dentro de la nevera un tesoro perdido. Lleva una sudadera azul marino demasiado grande, el cabello revuelto. Cuando mi hermano carraspea, se incorpora con una botella de zumo en una mano y media pizza fría en la otra. Nos observa y sonríe alegre.
—Hola, bienvenida a casa —me saluda como si nos conociéramos de toda la vida.
—Hola.
—Soy Ethan.
—Dafne.
—Mi hermana —añade Kael, y el rubio parpadea mirándonos a uno y a otro.
—¿Tú eres la famosa hermana de Kael? —me pregunta.
—¿La famosa hermana? —repito sorprendida dirigiéndome a mi hermano—. ¿Hablas mucho de mí?
—No —responde mi hermano y no puedo evitar sonreír.
—Mentiroso —interviene Ethan inmediatamente y Kael lo fulmina con la mirada —. Se pasa el día hablando de ti y de Charlie.
—Ethan —susurra Kael serio.
—¿Qué? Es verdad —afirma sonriente—. Literalmente eres la única persona que consigue que responda a los mensajes antes de que pasen tres días.
No puedo evitar sonreír; por primera vez desde que llegué a esta universidad, hay algo que me parece divertido, y es ver cómo este chico es capaz de avergonzar a mi hermano.
—Encantado de conocerte, pequeña Dafne.
—Igualmente —respondo risueña.
—Venga, vamos —me pide mi hermano.
Seguimos avanzando por el pasillo. Al otro lado hay una habitación enorme convertida prácticamente en un gimnasio con pesas, una cinta de correr, un par de sacos de boxeo y, en el centro de todo, un chico moreno sin camiseta golpeando uno de los sacos con rabia.
Puñetazo.
Patada.
Puñetazo.
Ni siquiera se gira cuando pasamos.
—Ese es Apolo —me informa mi hermano y este, al oírlo, se gira hacia nosotros.
Sus ojos oscuros pasan de Kael a mí y hace un leve gesto con la barbilla a modo de saludo. Luego vuelve a girarse para concentrarse en golpear el saco.
—¿Siempre habla tan poco? —pregunto.
—Sí.
—¿Está enfadado?
—Vive enfadado —responde.
—Interesante.
—Apolo habla menos que yo.
—Eso debería ser preocupante —comento y Kael vuelve a reírse.
—Vivo con estos tres y con otro chico más, Hunter, pero no sé si volverá este curso —me informa Kael mientras llegamos al final del pasillo.
—¿Por qué?
—Por lo visto a principios de verano tuvo movida con sus padres y desapareció del mapa… Así que, por ahora solo estamos los cuatro en la casa.
—Mis condolencias —afirmo, y él suelta una carcajada.
—Los conocí en el primer año y aunque son unos capullos… no son mala gente.
—¿Incluido Axel? —pregunto, y Kael tarda un segundo en responder.
—Es un gilipollas… —masculla finalmente—, pero no es mala persona.
Frunzo el ceño porque, sinceramente, creo que esas palabras no deberían poder coexistir en la misma frase. Miro hacia atrás justo a tiempo para ver a Axel al otro extremo del pasillo. Sigue ahí, semidesnudo, apoyado contra la pared y me observa de una forma que me pone nerviosa.
Kael abre la puerta de la habitación y entro tras él.
Una habitación sorprendentemente ordenada para ser suya.
Hay apuntes apilados sobre el escritorio. Una sudadera negra colgada del respaldo de la silla. El casco de motocross descansando sobre una estantería junto a varios trofeos… Pero lo que más llama mi atención son las fotografías.
Hay varias repartidas por la pared.
En algunas aparece sobre su moto, cubierto de barro y saltando sobre rampas imposibles, elevándose varios metros del suelo retando a la gravedad.
En una de ellas está sin casco y sonríe de una forma que parece tan libre y tan feliz que durante un segundo me cuesta reconocerlo. Porque esa versión de Kael apenas existe desde que salimos de la casa.
Me acerco un poco más, acaricio la foto con la yema de mis dedos y me quedo sin palabras al ver a mi hermano suspendido en el aire sobre la moto, haciendo una voltereta.
Está completamente loco, como si la vida no le importara lo suficiente para tener miedo.
O quizá… solo necesita sentir la velocidad para olvidar todo lo demás.
Sonrío al pensar en que algunas cosas nunca cambian. Mi hermano siempre ha corrido hacia el peligro cuando el resto del mundo salía huyendo.
—Vamos a llamar a Charlie —me pide, y sé que no quiere hablar de nada personal, así que asiento y saco el móvil del bolsillo de mi mochila.
Me siento al borde de la cama e inicio la llamada. Un tono… dos… tres… cuatro… cinco… y justo cuando creo que otra vez vamos a quedarnos esperando, alguien descuelga.
—¿Hola?
Solo escuchar esa voz, hace que algo me atraviese el pecho.
—Hola, Mona. Soy Dafne. ¿Puedo hablar con Charlie? —le pregunto y guarda silencio varios segundos que se me hacen eternos.
Veo cómo Kael aprieta la mandíbula desde el otro lado de la habitación y le hago un gesto para que se calme; si empieza a gritar, nos colgará.
—Charlie está ocupado ahora mismo.
Claro, últimamente siempre está ocupado… O durmiendo… O castigado… O cualquier otra excusa barata que utilizan para evitar que hablemos con él.
—Lleva una semana ocupado, Mona…
—Tiene actividades.
Me muerdo el interior de la mejilla e intento no perder la paciencia.
—Pues dile que su hermana quiere escucharlo cinco minutos, por favor —suplico.
Mi voz se rompe un poco al final y odio sonar desesperada, pero la verdad es que lo estoy.
Charlie solo tiene diez años y sigue atrapado en ese sitio de mierda mientras Kael y yo fingimos que sabemos cómo sacarlo de allí.
El silencio al otro lado se hace eterno, pero finalmente escucho a Mona suspirar.
—Está bien. ¡Charlie! Ven, es tu hermana.
Mi corazón empieza a latir demasiado rápido. Sonrío. Kael deja caer la cabeza hacia atrás y cierra los ojos un segundo. Sé perfectamente que está rezando para que esté bien.
—¿Daf? —Oigo su voz y siento que algo se rompe dentro de mí inmediatamente.
—Hola, peque —saludo sonriendo, aunque no pueda verme—. Estoy aquí, con Kael.
Mi hermano se acerca enseguida y se sienta junto a mí en la cama.
—¿Cómo estás, campeón? —pregunta con voz ronca.
—Bien —miente.