Más allá del odio. CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Skyscraper — Demi Lovato

La lluvia sobre Brakenhall University huele a dinero y a gente que nunca ha tenido que mirar el precio de un café antes de comprarlo.

Bostezo, cansada, mientras tiro el vaso de plástico de mi segundo café en una papelera.

Llevo los auriculares puestos, aunque no suena música en ellos, solo los uso como excusa para que nadie intente hablarme; tampoco creo que lo hicieran.

El edificio principal se levanta frente a mí como una postal exclusiva sacada de una película universitaria en la que todos tienen demasiado dinero y demasiados secretos.

Aquí, al parecer, los edificios son excesivamente antiguos, están bien conservados y son elegantes, y la hiedra que trepa por las fachadas intenta esconder todo lo podrido que ocurre dentro.

Los coches deportivos aparcados van a juego con los uniformes impecables de los alumnos, cuyos relojes, probablemente, cuesten más que mi matrícula entera.

Y luego estoy yo, Dafne Mirror, caminando entre ellos con una mochila desgastada, ojeras de mapache y, exactamente, treinta y dos dólares en mi cuenta bancaria.

Perfecto.

Definitivamente encajo aquí. Nótese la ironía.

Tal vez te preguntes qué hace una chica como yo en un lugar como este, y la respuesta es sencilla.

Kael. Mi hermano estudia aquí con una beca desde hace tres años y, después de pasar demasiado tiempo separados, necesitaba volver a estar cerca de él.

Así que esa es la razón por la que no me importa compartir campus con un puñado de remilgados que se creen el centro del universo.

No lo digo solo por los coches, las sonrisas falsas o esos aires de superioridad que se gastan como si hubieran nacido con corona; hay que escuchar sus conversaciones.

Las chicas hablan de los últimos tratamientos estéticos que se han hecho, que si neuromoduladores, que si ácido hialurónico en los labios, que si hilos tensores, narices nuevas, tetas nuevas…

y los chicos hablan de fraternidades, la próxima fiesta del inicio del curso, apuestas y también de la última pelea de Axel Blackwood.

Al parecer, el chico imbécil de anoche también es famoso aquí.

Sigo caminando bajo la llovizna mientras recuerdo la noche anterior y me entran ganas de darme cabezazos contra la pared más cercana.

¿En qué estaba pensando cuando acepté ese trabajo?

Todo empezó ayer, en el acto de apertura del curso, cuando pregunté a un grupo de chicas dónde estaba la pizarra de anuncios de empleo del campus y una de ellas, que se presentó como Kristin, me habló de un club de copas muy elegante que está a media hora de Brakenhall.

Elegante mis ovarios.

Era un puto club de striptease lleno de alcohol caro, luces tenues y hombres que olían a ego y dinero. Lo peor de todo es que en cuanto crucé la puerta me di cuenta de ello y aun así me quedé, porque pagan demasiado bien y, joder, necesito el dinero.

Porque a veces sobrevivir pesa más que el orgullo.

Así que tragué saliva, negocié con el encargado y dejé claro que solo trabajaría como camarera.

El tipo aceptó y durante toda la noche fingí que no me daban ganas de vomitar viendo a chicas de mi edad restregarse contra hombres lo bastante mayores como para ser sus padres, mientras ellos les metían billetes dentro de la ropa interior.

Sinceramente, preferiría arrancarme una uña con unos alicates antes que acabar bailando para uno de esos tipos. La sola idea hace que algo dentro de mí se cierre y me deje sin respiración. Me apresuro a apretar el paso con la intención de borrar ese pensamiento…

Necesito otro trabajo. Uno normal. Tal vez, en una cafetería o en un supermercado, pero no es tan fácil. Porque esta mañana ya he recorrido medio campus y todos me han dicho exactamente lo mismo… «No tenemos vacantes».

Joder, y solo son las diez de la mañana.

El curso acaba de empezar y ya llego tarde en el primer día de clase.

Camino por el jardín del campus hacia el edificio de Periodismo y, mientras me aparto un mechón húmedo de la cara, lo veo.

Axel Blackwood.

El capullo tatuado de anoche con el ego del tamaño de un rascacielos. Claro que sabía su nombre, todas las chicas del club habían estado hablando de él. Incluso con el uniforme impecable de Brakenhall sigue pareciendo peligroso.

Camina entre los estudiantes como si el campus le perteneciera, y lo peor es que todo el mundo parece darle la razón. Las chicas le sonríen, los chicos lo saludan e incluso algunos profesores se apartan ligeramente cuando pasa.

¿Quién diablos eres, Axel Blackwood?

Nuestros ojos se cruzan apenas un segundo y siento exactamente la misma sensación incómoda de la noche anterior, la de que ese chico puede convertirse en un problema enorme para mi estabilidad mental. Así que hago lo más inteligente, lo ignoro, o al menos lo intento.

Apenas he dado tres pasos cuando escucho una voz detrás de mí.

—Eh, camarera.

Sigo caminando; si alguien se dirige a mí así, no merece mi tiempo.

—Eh, camarera —insiste esta vez más cerca, y me detengo.

Cierro los ojos un segundo, respiro hondo para armarme de paciencia y cuando me giro veo a un chico rubio perfectamente peinado con una sonrisa de imbécil profesional.

—¿Qué quieres? —pregunto seria.

—Te vi anoche —responde con una sonrisa chulesca que me molesta un poco más.

—Felicidades —digo sin emoción ninguna.

Estoy a punto de seguir caminando cuando vuelve a hablar.

—Me quedé con ganas de verte bailar.

—Y yo me quedé con ganas de dormir ocho horas seguidas y no pude… Parece que ninguno de los dos consigue lo que quiere.

Sus amigos se ríen al oírme y a él se le borra la sonrisa. Chasquea la lengua y da un nuevo paso hacia mí.

—Vamos, camarera, no seas así. Seguro que ese culo tiene un precio —comenta y me quedo paralizada.

Oigo que sus amigos se ríen del espectáculo y algo dentro de mí se activa.

—Y tú seguro que llevas toda la vida confundiendo dinero con razón.

—¿Qué has dicho? —me pregunta sin un ápice de gracia.

—Nada —respondo y me encojo de hombros—. Solo intentaba averiguar qué parte de ti resulta insoportable, pero ya veo que son todas.

—Vamos a ver, camarera…

—Creo que deberías dejar de llamarla así.

La voz suena a nuestro lado, peligrosa, grave y tranquila. Un escalofrío me recorre la espina dorsal y cuando me giro, ahí está.

Axel Blackwood.

El rubio se pone rígido cuando se percata de que se acerca hacia nosotros. Lo cual me resulta curioso, porque hace apenas unos segundos parecía convencido de que era el rey de Brakenhall.

Axel camina despacio hasta nosotros con las manos en los bolsillos como si la situación le resultara aburrida y, sinceramente, eso da mucho más miedo que si estuviera enfadado.

—No es asunto tuyo, Blackwood —le dice el imbécil que tengo frente a mí.

—La estás molestando —comenta Axel sin elevar la voz y sin mirarme.

El silencio se vuelve incómodo. Los amigos del rubio son los primeros en alejarse y abandonar a su líder. Cobardes.

—Lárgate, Murphy —le exige.

El chico aprieta la mandíbula y me dedica una última mirada. No dice nada y termina marchándose. Cuando lo veo desaparecer entre la multitud, vuelvo a girarme hacia Axel. Entonces me doy cuenta de que tiene la mandíbula tensa, que se está conteniendo.

La lluvia ha oscurecido ligeramente su cabello y algunos mechones rebeldes caen sobre su frente.

La tela de la camisa blanca se pega a sus anchos hombros y la corbata floja cuelga alrededor de su cuello, dejando al descubierto varios tatuajes.

Todo en él resulta peligroso y a la vez intrigante.

Esos malditos ojos gris tormenta miran en la dirección en que se ha largado el capullo de antes y en ellos parece haber una lucha entre destruir algo o protegerlo.

—No necesitaba tu ayuda —le aseguro y Axel me mira.

—Claro que no —ironiza.

—Entonces, ¿por qué has intervenido?

—Me estaba molestando.

—¿Yo?

—No —responde.

Sus ojos bajan hasta mí uniforme de forma lenta y peligrosa, para regresar de nuevo a mis ojos. Durante una fracción de segundo siento que se olvida de todo lo que hay a nuestro alrededor.

—Él —sentencia.

Odio el pequeño salto de alegría que da mi corazón.

—No eres ningún héroe —le digo y sonríe con pasotismo.

—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.

—Entonces deja de actuar como si fueras uno.

—Nunca he dicho que lo fuera, novata.

Da un paso hacia mí, solo uno, pero lo suficiente para que su perfume, mezcla de lluvia, jabón y cuero, me acaricie la nariz.

—Eres el tipo de chica orgullosa que cree que puede arreglárselas sola.

—Porque puedo.

—Lo sé —confirma relajado.

Y, por algún motivo, me desconcierta más que me dé la razón que intente discutir.

—¿Y tú? —le pregunto y veo que arquea una ceja.

—Yo ¿qué?

—¿Coqueteas así con todas? —Su sonrisa se amplía inmediatamente.

—Claro que sí —responde y chasqueo la lengua.

—No eres mejor que el imbécil que acaba de irse —afirmo y su sonrisa desaparece.

—No. Probablemente soy peor.

Y ¡Dios! No sé por qué esa honestidad resulta más peligrosa que cualquier mentira. Sus ojos recorren de nuevo mi cuerpo y me hacen sentir desnuda. Entonces levanto la barbilla y lo miro con una seguridad que no siento.

—No eres mi tipo —le aseguro cruzándome de brazos y Axel sonríe de nuevo.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que intenta convencerse a sí misma.

—¿Siempre eres tan insoportable? —le pregunto molesta.

—Solo cuando me esfuerzo —responde y se encoge de hombros divertido.

Niega feliz para sí y odio la sonrisa que se escapa de mis labios. Lo peor es que él la ve, y suelta una carcajada.

—Ten cuidado, novata —me advierte dando un paso hacia mí.

—¿Con qué? —pregunto.

—Me encanta jugar al gato y al ratón.

—Qué suerte que yo no sea un ratón —replico.

—¡¿Qué coño haces, Blackwood?! —Oigo una voz familiar que atraviesa como un cuchillo la tensión que hay entre nosotros.

Me giro y veo a Kael que viene directo hacia donde estamos con una expresión que conozco demasiado bien; está a punto de perder la paciencia.

Mi hermano lo empuja con fuerza y varios estudiantes se giran inmediatamente al oír los gritos. Kael le sostiene la mirada a Axel y por un segundo siento que parece que ninguno de los dos recuerda que estoy aquí.

—Aléjate de ella —le advierte.

—¿Nunca te cansas de dar órdenes? —le pregunta Axel.

—No estoy bromeando, Blackwood.

—Sigues teniendo un carácter de mierda, Mirror —masculla Axel.

—Lárgate —ladra mi hermano.

—¿O qué? —lo reta Axel y la mandíbula de Kael se tensa.

Entonces veo algo parecido al odio entre ellos, pero más oscuro y profundo… decepción.

—Vamos, te acompaño a clase —afirma Kael pasando su brazo por mis hombros—. No pierdas el tiempo con este imbécil.

Mi hermano tira de mí y empiezo a caminar con él, pero antes de que nos alejemos más de Axel, este habla y hace que me detenga.

—¿Sales con este capullo? —me pregunta Axel señalando a mi hermano.

—¿Qué? —pregunto confundida, apartándome del agarre de Kael.

—Eres demasiado guapa para tener tan mal gusto —añade pensativo, sin apartar sus ojos de mí.

—Vete a la mierda, Axel—masculla Kael y este se ríe.

No puedo evitar reconocer que es una risa grave, ronca y peligrosamente bonita. Kael aprieta mandíbula y niega, como si esa risa le molestara más que cualquier insulto.

—Vamos.

Mi hermano empieza a caminar y yo lo sigo, intentando ignorar las miradas de los estudiantes que no se han perdido absolutamente nada del espectáculo.

—No desperdicies su tiempo en él, Dafne —me advierte y lo miro confundido.

—¿Qué dices? —pregunto y Kael suspira cansado y aparentemente arrepentido lo que ha dicho.

—Aléjate de Axel Blackwood.

—No necesito que me protejas.

—Lo sé.

—Sé cuidarme sola.

—Lo sé —repite y frunzo el ceño.

—Entonces, ¿qué problema hay?

Kael suspira, tarda unos segundos en responder y, por alguna extraña razón, me pone nerviosa.

—Porque Axel Blackwood nunca mira dos veces a la misma chica.

—¿Y? —pregunto.

Mi hermano se pasa la mano por la nuca, está incómodo, no quiere seguir con esta conversación pese a haberla empezado él.

—Y lleva mirándote desde que apareciste.

Mi corazón se salta un latido y, aunque me siento nerviosa, me niego a reconocer que me gusta eso que ha dicho.

—Eso es ridículo, no digas tonterías.

—Ojalá lo fuera, pero lo conozco mejor de lo que te imaginas.

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a la puerta de entrada del edificio de Periodismo y antes de entrar, miro hacia atrás.

Axel sigue observándonos inmóvil en el mismo lugar donde lo dejamos.

Y cuando nuestros ojos se encuentran… algo dentro de mí se remueve y me incomoda.

Trago saliva y tengo la sensación de que Axel Blackwood acaba de convertirse en el problema más peligroso de mi vida.