Más allá del odio.
© inepub.com
CAPÍTULO 1
Animal I Have Become — Three Days Grace
Todo en la sala proclama a gritos que esto es un infierno y yo llevo mucho tiempo perteneciendo a este lugar. Las escaleras iluminadas por neones rojos separan los dos mundos del club. Arriba, lujo, música, sexo y copas caras; abajo, violencia, sangre y dinero.
Aquí abajo no hay reglas, todo vale, y la gente solo viene a ver a otros destrozarse para sentir la adrenalina en sus cuerpos, al menos durante un rato.
El tipo frente a mí vuelve a levantarse tambaleándose sobre la lona manchada de sangre. Tiene el pómulo abierto y una sonrisa ida, que se hace más grande cuando escucha rugir al público.
—¡¡Acaba con él!!
—¡¡Blackwood!! ¡¡Blackwood!!
—¡¡Mátalo!!
Sé que las apuestas siguen subiendo por cada minuto que pasa, porque aquí todos vienen buscando algo. Dinero, violencia o poder y yo… yo vengo por el dinero.
Las luces rojas del sótano parpadean sobre nosotros como si estuviéramos dentro de la boca del demonio. Me limpio la sangre del labio con el dorso de la mano vendada y escupo a un lado al notar el sabor metálico.
Mi oponente aprovecha un segundo de distracción para lanzarse sobre mí con una rabia desesperada. Me muevo por puro instinto de supervivencia, mi puño impacta contra su mandíbula y se oye el crujido seco de piel con hueso atravesando mi brazo.
Pierde el equilibrio al recibir el puñetazo y cae.
Esta vez no intenta levantarse. Entonces, la multitud explota y la gente vitorea como animales golpeando la reja metálica de la jaula.
El árbitro levanta mi brazo en señal de victoria, pero no lo celebro.
Nunca lo hago. Solo intento recuperar el aliento mientras la adrenalina me araña por dentro como un perro rabioso.
El tipo maldice entre dientes desde el suelo cuando intenta incorporarse y no puede, así que le tiendo la mano. Me mira confundido durante unos segundos, como si no comprendiera por qué alguien como yo haría eso, pero termina agarrándola y lo ayudo a levantarse.
Porque aquí abajo todos fingimos ser monstruos, pero la mayoría solo somos tipos intentando sobrevivir a nuestras propias sombras.
Levanto la vista directamente hacia el cristal del piso superior.
Ahí está, esa silueta oscura detrás del cristal, el Cuervo.
Observándolo todo, como un puto enfermo.
De nuevo siento esa presión incómoda en el pecho que aparece cada vez que noto sus ojos encima de mí, así que aparto la mirada y me doy la vuelta.
—Bonita pelea, Blackwood.
El Buitre aparece a mi lado ajustándose la manga de la chaqueta negra con una sonrisa elegante, fría y ensayada.
Odio cuando sonríe, porque siento que es una mueca calculada; es un tipo sin escrúpulos al que solo le importa el dinero.
Me acerco a él y me entrega el fajo de billetes que me he ganado esta noche, mientras observa la sangre de mis nudillos vendados.
—Hoy casi pierdes —puntualiza.
—Pero gané.
Su sonrisa crece y me mira como si fuera un mono de circo al que le pagan por destrozarse delante de desconocidos.
Aunque, sinceramente, el cabrón tiene razón, no ha sido una pelea fácil.
Y viendo cómo gritaba la gente, estoy bastante seguro de que muchos apostaron contra mí esta noche. Error de ellos, por olvidar quién soy.
—Buscarte rivales difíciles hace que esto sea más divertido —me asegura.
—Púdrete.
Ignoro su último comentario, mientras me guardo el dinero en el bolsillo de mi pantalón deportivo.
Lo dejo hablando solo y entro en el diminuto vestuario.
El espejo roto me devuelve un reflejo conocido de sangre, tatuajes, mirada cansada y una cara que hace demasiado tiempo que dejó de parecer la de un chico de veinte años.
Abro la taquilla y me pongo una camiseta de manga corta negra.
Cojo una botella de agua y me cuelgo la mochila del hombro.
Una rubia me espera a la salida del vestuario. Labios rojos, shorts diminutos y un escote gigantesco junto a una mirada hambrienta. Me abraza en cuanto me ve y se aparta de mí deslizando su dedo por mi brazo sudado.
—Has estado glorioso, Blackwood.
—Ahora no, nena —respondo.
Aparto su mano y subo las escaleras que llevan al club.
Me bebo de un trago el agua y tiro la botella en la papelera que hay junto a la puerta que da acceso a la sala principal.
El contraste del ambiente siempre me desubica.
Abajo, destrucción y arriba…, corrupción disfrazada de elegancia.
Una música suave se mezcla con las risas y el sonido de copas brindando.
Luces doradas que enfocan cuerpos moviéndose por sexo y dinero.
El Nido del Cuervo siempre ha sido así. El infierno, abajo y el cielo falso, arriba.
Kristin se engancha a mi brazo en cuanto me ve entrar. Es guapa, no lo niego… piel blanca, melena pelirroja, piernas largas y vestido negro demasiado corto con un escote prolongado que resalta sus voluptuosas tetas.
—Hoy tampoco te vi en clase —susurra con voz melosa y suelto una carcajada incrédula.
—No vamos a las mismas clases —le recuerdo y ella sonríe.
—Lo sé, pero me gusta imaginarte sentado al fondo tocándome entre las piernas mientras el profesor habla —ronronea imaginando su propia fantasía.
Ni siquiera le respondo, porque una chica que pasa por nuestro lado con una bandeja vacía contra el pecho capta toda mi atención. Lleva una coleta despeinada y varios mechones castaños se escapan alrededor de su cara.
Tiene puesta una camiseta blanca básica y un pantalón negro que proclaman a gritos que no pinta nada aquí.
Me sorprende que ni siquiera me mira cuando pasa de nuevo por mi lado, como si no tuviera ni idea de quién soy.
Como si no supiera que hace menos de diez minutos había todo un sótano lleno de gente gritando mi apellido.
Y, joder, eso me descoloca más de lo que debería.
Kristin sigue pegada a mí mientras observa la dirección de mi mirada.
—Es nueva —me aclara y, al ver que no respondo, continúa—. La he metido aquí, pero ella ha negociado con el Buitre que solo será camarera, aunque sinceramente no creo que dure más de un par de noches.
—Puede ser… —murmuro.
Puede que tenga razón, porque este lugar devora demasiado rápido a las personas buenas. Sigo mirándola, pero ¿qué coño tiene esta chica?
La veo dejar unas copas en el reservado VIP y caminar hacia la barra con elegancia.
Entonces hago algo estúpido… la sigo. Ella se gira justo cuando me cruzo en su camino intencionadamente y choca contra mi pecho.
Agarro la copa de whisky de la bandeja antes de que termine estampada contra mi camiseta y sonrío.
—Disculpa… —murmura mientras intenta recomponerse, pero no suena nerviosa.
—¿No te han dicho que las disculpas son mejor con un beso? —pregunto captando toda su atención.
La chica levanta la mirada y me muestra unos ojos avellana son completamente inmunes a mi sonrisa. Dejo la copa sobre la bandeja mientras ella cuadra los hombros y levantaba la barbilla, orgullosa.
—Tal vez te han golpeado demasiado fuerte ahí abajo y por eso me pides un beso, ¿verdad? —cuestiona con una sonrisa falsa.
«Qué cojones», resuena en mi mente.
—He ganado —me defiendo, y ella se encoge de hombros, demostrándole lo poco que le importa.
—No tengo tiempo para darte un aplauso.
Y joder, ahí está de nuevo esa sensación extraña.
Esta chica parece que no hable el mismo idioma que el resto del mundo.
Cualquier otra estaría nerviosa, impresionada, e incluso haría algo para gustarme, pero ella me mira como quien solo ve un imbécil.
Doy un paso más hacia ella, intentando intimidarla.
Le aparto un mechón castaño de su rostro y se lo coloco detrás de la oreja, y entonces lo veo, un pequeño, negro y casi invisible tatuaje.
Es un diminuto punto y coma grabado en su piel morena.
Rozo el tatuaje con las yemas de mis dedos y algo dentro de mí se tensa cuando ella da un paso atrás, como si mi caricia le quemara.
—¿Sabes quién soy? —pregunto con voz ronca.
—¿Acaso eres el dueño de esto? —replica y sonrío despacio.
—Soy dueño de lo que quiera, novata —respondo.
Ella aprieta los labios y se acerca dando un paso hacia mí, evaluándome como a un molesto chicle pegado en la suela de su zapato.
—Entonces deberías comprarte una personalidad nueva, gilipollas —masculla.
La miro sin saber qué decir, me quedo callado y, joder, eso no me pasa nunca. Nadie me habla con ese descaro y, por alguna razón enfermiza, quiero seguir provocándola.
La chica se da la vuelta antes de que le pueda responder y desaparece entre la gente y las mesas del salón, mientras yo me quedo observándola como un completo imbécil. Kristin, que no se ha perdido detalle alguno, se acerca de nuevo a mí y sonríe divertida.
—¿Desde cuándo te interesan las chicas buenas?
—No parece tan buena —respondo sin apartar la mirada de la chica descarada.
Mi móvil suena dentro del bolsillo exterior de mi mochila, saco el teléfono, todavía divertido al pensar en esa boca insolente, y mi sonrisa se esfuma en cuanto leo el mensaje. Toda la diversión desaparece de golpe.
«Axel, quiero verte mañana».