MÁS ALLÁ DEL OCÉANO (LA HEREDERA DEL MAR 2) Chapter 10 BAJO JUICIO #2
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Chapter 10 BAJO JUICIO #2

— Quiero que siga escondida. Theo todavía cree que el mar se la llevó, y es mejor que continúe creyéndolo. Nosotros desembarcaremos. Usted se quedará aquí hasta que todo esté bajo control.

Charlotte permaneció unos segundos en silencio, pensando.

Afuera podía escuchar el movimiento de los hombres abandonando la embarcación, las órdenes de los oficiales y la lluvia que todavía castigaba la Blackwood.

El Señor Cuervo permanecía junto a ella, atento a los sonidos que atravesaban la bodega.

Finalmente, asintió.

— Está bien. Hagámoslo así.

Los oficiales registraron cuidadosamente la fragata.

Recorrieron la cubierta, las bodegas, los compartimentos y los aposentos, buscando cualquier señal de Charlotte Blackwood, pero no la encontraron.

El escondite improvisado entre los toneles de cereales había cumplido perfectamente su función.

Convencidos de que la joven capitana realmente ya no se encontraba a bordo, los oficiales también abandonaron la embarcación.

Poco a poco, la Blackwood quedó vacía o, al menos, eso era lo que todos los que estaban afuera creían.

En realidad, solo permanecían allí su verdadera capitana y el Señor Cuervo.

Charlotte esperó. No sabía exactamente cuánto tiempo había transcurrido, pero fueron horas hasta que el silencio comenzó a sustituir los ruidos producidos por el movimiento de los hombres.

La tormenta también daba señales de debilitarse.

Cuando finalmente consideró que era seguro salir, apartó lentamente uno de los toneles de cereales y se deslizó por la pequeña abertura.

El Señor Cuervo la acompañó. Charlotte subió cuidadosamente las escaleras de la bodega y atravesó la cubierta manteniéndose agachada, procurando que nadie que pudiera estar observando la fragata desde tierra la viera.

Alcanzó los aposentos de mando y entró rápidamente. Estaba nuevamente en su territorio.

Allí, Charlotte se lavó, se arregló el cabello y se quitó las ropas que le habían prestado los marineros.

Volvió a vestir sus propias prendas de capitana y se calzó las botas.

Después de todo lo ocurrido, aquella sencilla transformación tenía para ella un significado especial.

Ya no era la prisionera atada al palo mayor ni la joven escondida entre toneles de cereales.

Dentro de aquella sala estaba nuevamente Charlotte Blackwood, capitana de la fragata que llevaba el nombre de su familia.

El Señor Cuervo permaneció cerca mientras ella esperaba en silencio, intentando imaginar qué sucedería a continuación.

Mientras tanto, en Portsmouth, la llegada de la Blackwood en medio de la tormenta ya despertaba curiosidad.

Aquel no era un puerto cualquiera. El Royal Dockyard constituía uno de los grandes centros de la Marina Real británica y atravesaba en aquel período una extraordinaria transformación tecnológica.

Máquinas de vapor, talleres, fundiciones e instalaciones destinadas a la construcción y el mantenimiento de los barcos hacían de aquel lugar una demostración del poder naval e industrial británico.

Las famosas Block Mills ya habían introducido décadas antes métodos mecanizados de producción en masa de motones para los navíos, y ahora el propio astillero avanzaba aún más rápidamente hacia la era del vapor.

Y había un detalle que hacía aquel momento todavía más extraordinario.

En aquel mismo año de 1848, la reina Victoria había inaugurado en Portsmouth la nueva Steam Basin, parte de la gran expansión del astillero destinada a la moderna flota impulsada por vapor.

La inauguración tuvo lugar el 25 de mayo, marcando una nueva etapa en la transformación de aquel antiguo astillero naval en un complejo industrial cada vez mayor.

La ciudad que lo rodeaba también crecía y se transformaba, impulsada por la expansión de las actividades navales y por la cantidad de trabajadores atraídos por ellas.

Pero los hombres que habían desembarcado de la Blackwood no tuvieron oportunidad de observar durante mucho tiempo aquella modernización.

Oficiales y marineros fueron conducidos para prestar declaración sobre todo lo sucedido a bordo.

Theo Carter, sin embargo, afrontaría una situación muy diferente.

No estaba allí únicamente para contar lo que había presenciado. Estaba bajo juicio.

Y aquel juicio difícilmente sería sencillo.

Había hombres muertos. Había testigos. Había una fragata tomada por la fuerza, una capitana mantenida como rehén y cuatro marineros seducidos con promesas de riqueza para ayudarlo a sostener su mando.

Theo pudo haber creído durante algunas horas que la Blackwood le pertenecía.

Ahora tendría que responder por cada una de sus decisiones.

Y aquel orgulloso antiguo Primer Teniente, Theo Carter, sintió miedo.

Mucho miedo. Encadenado, todavía mojado por la tormenta, con las ropas rasgadas y manchadas con la sangre de los hombres que había matado, además de continuar bajo los efectos de todo el ron que había bebido, ya no se parecía en nada al oficial seguro y arrogante que, apenas unas horas antes,

se había proclamado capitán de la Blackwood.

En aquellas condiciones, apenas conseguía ordenar sus propios pensamientos y mucho menos imaginar cómo podría defenderse de las acusaciones que comenzaban a acumularse contra él.

El juicio sería duro. Theo tendría que responder por la sangre derramada dentro de la fragata, por haber tomado el mando, por las amenazas contra la tripulación y por la violencia empleada para mantener a Charlotte como prisionera.

Y había todavía una acusación que hacía su situación mucho más grave: para todos aquellos que aún creían la historia contada a bordo, Charlotte Blackwood estaba desaparecida en el mar.

Theo había sido el último hombre conocido en mantenerla bajo su poder y había ordenado que fuera atada al palo mayor en plena tormenta.

A los ojos de quienes investigaban los acontecimientos, también tendría que responder por la posible desaparición y muerte de la capitana.

Ahora, ante las autoridades, ya no bastarían las amenazas, las promesas de oro ni una espada empuñada contra hombres desarmados.

Theo tendría que hablar. Tendría que explicar, uno por uno, los acontecimientos de aquella noche y aquella mañana, mientras los oficiales y marineros que habían presenciado sus actos esperaban con ansiedad el momento en que comenzara su interrogatorio.

Y, mientras todos esperaban escuchar qué tenía que decir Theo Carter sobre la desaparición de Charlotte Blackwood, solo unos pocos hombres conocían la verdad.

La mujer por cuya posible muerte sería llamado a responder continuaba viva, reinando dentro de su propia fragata.