La farsa del destino
La mansión de los De la Vega se transformó en un teatro de sombras durante los días siguientes. El plan de Daniela era arriesgado, una coreografía de engaños que requería que Marco interpretara el papel de un hombre enamorado y manipulado, mientras ella se preparaba para ser el cebo perfecto.
La noticia de la inminente boda comenzó a filtrarse estratégicamente a través de los canales que Máximo monitorizaba.
Julián se encargó de que los rumores llegaran a oídos de los contactos rusos de Iván Lozko: Daniela Medina no solo estaba viva y protegida, sino que estaba a punto de unirse legalmente a Marco De la Vega, blindando así cualquier intento de reclamación legal sobre ella.
—Lo verán como una provocación —observó Julián mientras revisaba los reportes de actividad en la red de Máximo—.
Tu padre no solo está furioso, está perdiendo el control.
Sus mensajes internos son cada vez más erráticos.
Está presionando a sus contactos para acelerar el "recupero" antes de la ceremonia.
Daniela, que escuchaba desde la consola, asintió con frialdad. Estaba sentada en el sofá, vestida con una sencillez que ocultaba su mente analítica.
—Ese es el punto —dijo ella, mirando a Marco—. Quiere que nos sintamos acorralados. Si cree que estamos desesperados por casarnos para protegernos, cometerá un error de cálculo. Subestimará nuestra capacidad de respuesta.
Marco se acercó a ella, apoyando una mano sobre el respaldo del sofá. A pesar de la naturaleza ficticia del plan, cada roce entre ellos mantenía una tensión real, una carga que no podían ignorar.
—Si el plan funciona, Máximo enviará un equipo de extracción durante la ceremonia —dijo Marco, bajando la voz—.
Esperará que estemos distraídos con la formalidad del evento.
Ahí es donde Julián y los hombres entrarán en acción.
Será un campo de batalla, Daniela. ¿Estás segura de que quieres estar en el centro de todo?
Daniela levantó la vista, encontrándose con la mirada de Marco. Había una intensidad en sus ojos que trascendía la estrategia.
—No hay otro lugar donde prefiera estar —respondió ella, con una determinación que dejó a Marco sin aliento—. Si voy a cerrar este capítulo de mi vida, lo haré cara a cara con él. Se acabó el esconderme.
La "boda" se organizó en el salón principal, un espacio que se convirtió en una trampa de lujo.
Todo estaba dispuesto: los invitados —hombres de negocios de confianza, aliados estratégicos, todos armados bajo sus trajes—, la decoración floral y el juez, quien en realidad era un agente de seguridad con entrenamiento táctico.
El día llegó con un cielo gris plomizo, cargado de una tormenta que amenazaba con descargar sobre los acantilados.
Daniela bajó las escaleras con un vestido que parecía una armadura de seda blanca.
Marco la esperaba al pie de la escalera, y por un segundo, el magnate olvidó por completo el plan.
La vio no como un activo, no como una aliada, sino como la mujer que le había devuelto una humanidad que él creía extinta.
Cuando él le ofreció el brazo para comenzar el camino hacia el altar improvisado, Daniela sintió que su pulso se aceleraba. No era el miedo a Máximo lo que la hacía temblar, sino la magnitud de la farsa que estaban a punto de representar.
—Recuerda —susurró Marco mientras caminaban bajo la mirada de los asistentes—, pase lo que pase, no te sueltes de mi lado.
—Tranquilo —respondió ella, forzando una sonrisa que pretendía ser la de una novia feliz, mientras ocultaba una pequeña daga de seguridad en el encaje de su muñeca—. Si él intenta algo, será lo último que haga.
En el exterior, a través de las cámaras de seguridad que Marco controlaba desde su dispositivo personal, vieron cómo un convoy de vehículos negros se detenía fuera del perímetro de seguridad.
La trampa estaba lista. Máximo había caído, y la ceremonia, que debía ser la unión de dos personas, estaba a punto de convertirse en el juicio final.
Marco miró a Daniela una última vez antes de empezar el ritual.
El mundo afuera podía estar desmoronándose, pero en aquel salón, con ella a su lado, sintió por primera vez que, ocurriera lo que ocurriera, no volvería a enfrentarse solo a la oscuridad.
El destino de todos los presentes estaba escrito en los segundos que seguían; el telón estaba por caer.