Más allá del muro La calma antes del huracán
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La calma antes del huracán

La mansión, aunque protegida por el acuerdo tácito tras el beso, se sentía más pequeña, casi asfixiante.

Daniela se encontraba en la suite, donde los ecos de la confrontación reciente aún parecían vibrar en las paredes.

No era miedo lo que sentía ahora; era una claridad gélida.

Había aceptado la protección de Marco, pero sabía perfectamente que un anillo de bodas no sería un muro lo suficientemente alto para detener a alguien como Máximo.

Marco, por su parte, se movía por la mansión con una energía inquieta. Había ganado una batalla, pero sentía que la guerra contra el padre de Daniela apenas comenzaba. En el centro de mando, Julián lo esperaba con los monitores encendidos; la vigilancia sobre la propiedad se había triplicado.

—Señor —dijo Julián, sin apartar la vista de los radares—, hemos detectado señales de movimiento en el perímetro noreste. Es una unidad técnica. Están intentando hackear el cortafuegos principal.

Marco apretó los dientes. —Máximo. Está probando nuestras defensas. Quiere ver cuánto tiempo tardamos en reaccionar antes de lanzar su ataque real.

Marco salió de la sala y se dirigió directamente al ala este. Al entrar en la suite, encontró a Daniela frente al ventanal, observando el bosque que rodeaba la propiedad. Ella no se giró cuando él entró; su postura era tensa, vigilante.

—Tu padre ha empezado a sondear los perímetros —dijo Marco, sin rodeos

Daniela finalmente se giró. Sus ojos, aunque aún reflejaban la confusión de los días anteriores, ahora mostraban una determinación nueva.

—Él no se detendrá, Marco. Ya te lo dije —su voz era estable, carente de la vulnerabilidad de la noche anterior—.

Conoce mis puntos débiles, pero, sobre todo, conoce los tuyos.

Sabe que, si me tienes aquí, harás cualquier cosa por protegerme, incluso si eso significa descuidar el resto de tu imperio.

Eso es lo que él busca: distraerte, desgastarte y luego golpearte donde no tienes defensa.

Marco se acercó, deteniéndose a una distancia respetuosa, aunque la tensión entre ambos era casi táctil.

—Entonces, ¿qué piensas de casarnos? —preguntó Marco—.

—Sugiero que cambiemos las reglas —respondió Daniela, acercándose un paso más a él—. Si él cree que soy el peón que puede mover a su antojo, hagamos que piense que me tiene. Pero no vamos a jugar a la defensiva. Si quiere guerra, dásela. Pero en tus términos, no en los suyos.

Daniela se acercó hasta quedar a centímetros de Marco. Por un momento, el magnate olvidó la amenaza externa, la guerra y el peligro. Solo podía ver la intensidad en los ojos de ella, una mujer que estaba dejando de ser un activo para convertirse en su aliada más peligrosa.

—¿Estás diciendo que te entregue como señuelo? —preguntó Marco, con la mandíbula apretada por la idea.

—Estoy diciendo que, si me caso contigo, que sea para que él crea que tiene acceso a todo lo que yo sé.

.. y a todo lo que tú proteges —dijo ella, su mirada brillando con un propósito que Marco no había visto nunca—.

Él espera una víctima. Vamos a darle a la mujer que, en lugar de ser vendida, decide cómo termina el trato.

Marco sintió una punzada de admiración mezclada con una inquietud profunda. Estaba ante una mujer que no solo era capaz de sobrevivir, sino de transformar la tragedia en una oportunidad de aniquilación.

—Si hacemos esto, Daniela... no hay vuelta atrás —dijo él, bajando la voz—. Tanto si el plan falla, como si no. Tú serás mía para siempre.

—La pregunta es: ¿confías en mí lo suficiente como para dejarme ser el arma que destruya a mi propio padre?

Marco la observó, sabiendo que la respuesta a esa pregunta definiría no solo el futuro de su imperio, sino la posibilidad de una vida juntos que, hasta hacía unos días, consideraba imposible.

—Confío —dijo finalmente, la palabra sonando como un juramento en el silencio de la habitación—. Vamos a preparar el escenario.

Fuera, la noche comenzaba a caer sobre los acantilados, y en la mansión, el magnate y la superviviente empezaron a tejer la trampa que decidiría quién de los dos, padre o protector, sería el primero en caer.