La frontera de los latidos
El eco de las palabras de Marco aún reverberaba en las paredes de la mansión.
Daniela subió a su habitación con el pulso desbocado, el caos dominando su mente.
"Es mi mujer" . Aquella frase, pronunciada con una autoridad que rozaba la obsesión, le quemaba en los oídos.
Se sentía como un animal atrapado entre dos fuegos: el odio de su padre y la intensidad aterradora de un hombre que, según decía, estaba dispuesto a morir por ella.
Entró en su suite y, sin pensarlo, sacó una maleta.
Necesitaba aire, necesitaba distancia, necesitaba dejar de sentir aquel tirón magnético hacia Marco.
Estaba doblando una prenda con manos temblorosas cuando la puerta se abrió de golpe.
Marco entró sin llamar, su mirada recorriendo la estancia hasta clavarse en la maleta abierta sobre la cama.
En un movimiento rápido, cruzó la habitación y cerró la maleta de golpe, obligándola a detenerse. La giró, obligándola a enfrentarlo. Sus ojos, oscuros y decididos, le suplicaban y exigían a partes iguales.
—Cásate conmigo —soltó él, sin preámbulos.
Daniela retrocedió, con los ojos como platos. —¿Estás loco? ¡No te quiero! ¿Cómo se te ocurre pedirme algo así después de todo?
—Es la única salida, Daniela —respondió él, ignorando su rechazo con una firmeza desesperada—. El matrimonio legal nos daría una protección jurídica que Máximo no podría romper. Sería un escudo. Si eres mi esposa, legalmente, tus vínculos cambian. Sería el punto final a su capacidad de reclamarte.
—¡Estás equivocado! —exclamó ella, sintiendo que la desesperación la ahogaba—. ¡No lo conoces! Si me caso contigo, él no se detendrá. Nos matará a ti, a Ángelo, a quien haga falta con tal de cumplir su trato con Lozko. No dejará que esto ocurra.
Marco se acercó más, invadiendo su espacio personal, rodeándola con una presencia que le impedía cualquier huida.
—Sobre mi cadáver —sentenció, con una voz que vibraba de una convicción absoluta—.
No dejaré que le pase nada a Ángelo, y no dejaré que te arrebaten de mi lado.
Te quiero, Daniela. No como una pieza de ajedrez, no como un activo.
Te quiero tanto que me aterra la sola idea de un mundo donde tú no estés.
Daría mi vida, cada segundo de ella, por protegerte.
Daniela se quedó paralizada. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado con el peso de aquella confesión. Marco no buscaba traspasar esa línea, no quería forzarla, pero la proximidad, el calor que emanaba de él y la cruda honestidad de sus palabras quebraron las últimas defensas de ella.
En un descuido, en ese silencio donde las respiraciones se volvieron una sola, el control de Marco se desmoronó. Se acercó un poco más, buscando una respuesta en sus ojos, y antes de que Daniela pudiera retroceder, la besó.
Fue un beso que nació de la desesperación y el deseo acumulado.
Daniela quedó petrificada por un segundo, la sorpresa paralizando sus músculos.
Pero, cuando las manos de Marco la rodearon con una suavidad que chocaba con su carácter, algo dentro de ella se quebró.
No fue el odio lo que prevaleció, sino una entrega confusa, una aceptación que no supo explicar.
Sus labios respondieron, su cuerpo se relajó contra el de él y, por un instante, el mundo exterior —Máximo, Lozko, la guerra— dejó de existir.
Cuando el beso terminó, Marco no se apartó. Apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos mientras sus respiraciones se entrelazaban, erráticas y profundas.
—Esto no se acaba aquí —susurró él, con una voz ronca que le hizo estremecerse—. Esto solo es el principio.
Daniela se quedó allí, atrapada en su abrazo, con el corazón latiendo desbocado.
Sabía que aquel beso era un error, una concesión peligrosa a un hombre que seguía siendo su captor, pero al mismo tiempo, comprendía que había abierto una puerta que ya nunca podría volver a cerrar.
La batalla por su libertad había cambiado de escenario; ahora, el campo de batalla estaba dentro de ella.