El peso de una palabra
La semana siguiente transcurrió bajo una tensión eléctrica.
Marco se acercaba a Daniela con una cautela que le resultaba ajena, ofreciéndole pequeños gestos de normalidad que a ella la descolocaban por completo.
No había demandas, ni órdenes; solo una presencia constante que la rodeaba como una armadura invisible.
Daniela, por su parte, se debatía en un mar de contradicciones: odiaba la seguridad que él le brindaba, pero se sorprendía buscándolo con la mirada en las habitaciones vacías, sintiendo que su corazón, en contra de su juicio, se aceleraba cada vez que él se aproximaba.
Una tarde, mientras la luz del crepúsculo teñía el salón principal de tonos cobrizos, el sonido de un motor potente rompió la calma. Máximo estaba de vuelta, esta vez con una seguridad que rayaba en la arrogancia.
—No me iré sin ella, De la Vega —bramó Máximo en cuanto Marco lo interceptó en el vestíbulo—. Es mi hija, y se viene conmigo ahora mismo. No puedes mantenerla encerrada con el enemigo.
Daniela apareció en la parte superior de la escalera en ese preciso instante. Había escuchado el ruido y, al ver a su padre, un escalofrío le recorrió la espalda. Bajó los peldaños con una determinación que no sabía que poseía.
—No volveré contigo, Máximo —dijo con voz firme, deteniéndose a pocos metros de él—. Ya no me vendes más. Mi vida me pertenece.
Máximo se giró, con los ojos inyectados en una furia fría. —No sabes lo que dices. O te vienes conmigo en este instante por las buenas, o me aseguraré de que no te quede otra opción que ser arrastrada fuera de esta casa.
El cambio en Marco fue instantáneo. La contención que había practicado durante días se rompió. En un arranque de posesividad visceral que hizo que, hasta Julián, apostado en un rincón, tensara los músculos, Marco se interpuso entre Daniela y su padre, cubriéndola con su cuerpo.
—Ni se te ocurra tocarla —sentenció Marco, con un tono tan gélido y cargado de una rabia asesina que Máximo retrocedió un paso—.
Ella no es un objeto que puedas recuperar.
Es mi mujer, y si te atreves a intentar siquiera rozarla, te aseguro que será el último error de tu existencia.
Esto no será una negociación, será una guerra abierta que terminará con tu nombre borrado de la faz de la tierra.
Daniela se quedó paralizada en el lugar.
Las palabras "es mi mujer" resonaron en el salón con una fuerza que le quitó el aire.
No era solo la protección de un hombre que se siente dueño de una propiedad; era una declaración absoluta que la dejaba perpleja, desarmada ante la intensidad de la mirada de Marco.
Máximo se quedó inmóvil un segundo, midiendo la peligrosidad del hombre frente a él. Entendió que, por ahora, el terreno no estaba a su favor. Se dio la vuelta lentamente, con un gesto de desdén que no lograba ocultar la rabia que le hervía por dentro.
—Esto no es el final, De la Vega —advirtió Máximo sin mirar atrás, mientras caminaba hacia la puerta—. No tienes idea de a quién te enfrentas.
Cuando la pesada puerta de entrada se cerró, el salón quedó sumido en un silencio sepulcral.
Daniela seguía inmóvil, con el corazón martilleando, mirando la espalda de Marco.
Él no se giró inmediatamente; sus manos estaban cerradas en puños, todavía vibrando por la adrenalina de la confrontación.
Había cruzado una línea que no admitía retorno.
Daniela, confundida y con la mente hecha un torbellino, se preguntó si aquel arranque de posesividad era la prueba de su compromiso con ella o el inicio de una nueva forma de cautiverio.