Más allá del muro El peso de la elección
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El peso de la elección

La noche fue una sucesión de sombras y cavilaciones para Daniela.

Se mantuvo despierta, mirando al techo de la habitación, con la mente atrapada en un conflicto que le revolvía las entrañas.

Odiaba a Marco con cada fibra de su ser: odiaba su arrogancia, su pasado como carcelero, la forma en que siempre parecía tener el control absoluto de todo lo que la rodeaba.

Sin embargo, cuando cerraba los ojos, aparecía la imagen de él en el quirófano, la forma en que había arriesgado su imperio para rescatarla y la vulnerabilidad desnuda con la que le había confesado que no sabría cómo vivir si a ella le pasaba algo.

Su corazón, traicionero y rebelde, comenzaba a latir con una cadencia distinta cada vez que él entraba en la habitación.

Era una confusión eléctrica que la enfurecía; no quería sentir nada por el hombre que la había sumido en su infierno particular, y, sin embargo, la seguridad que él le ofrecía era una tentación que no podía ignorar.

Al amanecer, con la resolución grabada en el rostro, Daniela buscó a Marco.

Lo encontró en la biblioteca, revisando unos planos de la mansión con Julián.

Cuando Marco la vio entrar, hizo un gesto a su segundo para que los dejara solos.

El silencio que se instaló entre ellos fue denso, cargado de todo lo que no se atrevían a decir.

—Lo he pensado —comenzó Daniela, manteniendo una distancia prudente—.

Sé que no tengo otra opción. Si salgo de aquí, mi padre me entregará a ese monstruo ruso antes de que se oculte el sol.

Me quedo, Marco. Pero quiero que quede claro: no lo hago por ti.

No busques en mi decisión un gesto de afecto o perdón.

Lo hago por mi vida, porque es la única manera de no terminar convertida en una moneda de cambio.

Marco la escuchó con atención, manteniendo una expresión neutra, aunque en el fondo de sus ojos brillaba una chispa de esperanza que no pudo disimular del todo. Se dio cuenta de que ella seguía confusa, que su mente estaba levantando muros para protegerse de lo que su corazón empezaba a sentir.

—Entiendo perfectamente tus términos, Daniela —respondió él, con una voz suave que ella no le había escuchado nunca—.

No espero que olvides quién fui, ni pretendo que tu estancia aquí sea una jaula.

Tendrás libertad de movimiento dentro de la mansión y seguridad total fuera de ella.

Lo que pase entre nosotros... eso será algo que tú decidas a tu propio tiempo.

Daniela bajó la mirada, sorprendida por la falta de presión en sus palabras. Él le estaba dando espacio, algo que nunca había hecho.

—No cuentes con que ese tiempo cambie nada —repuso ella, dándose la vuelta para marcharse.

Marco la vio salir, sintiendo una mezcla de alivio y una urgencia renovada.

Sabía que ella seguía siendo una fortaleza asediada, y que el odio era su última línea de defensa contra la confusión.

Pero, por primera vez, el tablero ya no estaba en manos de Máximo.

Él tenía el tiempo a su favor y la certeza de que, aunque ella lo negara con sus palabras, la conexión que se había forjado entre ambos durante el cautiverio y la tragedia era un hilo invisible que ninguno de los dos podía romper.

Tenía una oportunidad, la única que importaba, y estaba dispuesto a jugar hasta el final para ganarse no su sumisión, sino su corazón.