Las piezas del tablero
El despacho de Marco parecía ahora una sala de guerra. Tras la tensa confrontación con Máximo, Marco no perdió un segundo.
—Julián, necesito saber el "porqué" y el "para qué" —ordenó Marco, con la mandíbula apretada mientras lanzaba el archivo de Máximo sobre la mesa—. No se ha cruzado medio mundo solo por un arranque de paternidad. Hay un interés detrás.
Julián, trabajando con la rapidez de un técnico que conoce la urgencia de su señor, tardó apenas una hora en cruzar los datos de las últimas operaciones financieras de Máximo. El resultado hizo que Marco sintiera una náusea física.
—No es una recuperación, señor. Es una transacción —informó Julián, entregándole un informe—.
Máximo está en bancarrota técnica tras la caída de sus inversiones en Asia.
La única forma que tiene de salvar su pellejo es cerrar un acuerdo de fusión con la organización de Iván Lozko.
El precio del trato es Daniela. La quiere entregar como esposa para sellar el pacto.
Eso significaría enviarla directamente a los círculos de trata de la mafia rusa en Moscú.
El silencio de Marco fue más aterrador que cualquier grito. El hombre que había destruido a Donatello sintió que la sangre le hervía en las venas ante la idea de que ese padre despreciable pensara, ni por un segundo, que podía tocarla.
Marco se dirigió al ala este. Al entrar, encontró a Daniela sentada en la butaca junto a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte. Ella sintió su presencia y, sin girarse, habló.
—Sé que ha estado aquí —dijo ella, con una calma que le resultó más inquietante que su odio—.
He escuchado los ecos de la discusión. No necesito que me protejas, Marco.
Lo mejor es que me vaya. Me esconderé como he hecho siempre, cambiaré de nombre, de ciudad.
No quiero que esto te cueste tu imperio ni tu seguridad. No soy tu responsabilidad.
Marco se acercó con una lentitud calculada, deteniéndose detrás de ella, sin invadir su espacio, pero permitiéndole notar su cercanía.
—No es una cuestión de responsabilidad —respondió él, bajando el tono de su voz—. Es una cuestión de supervivencia. Si te vas, tu padre te encontrará en cuestión de días. No tienes los recursos ni la red de protección necesaria para ocultarte de alguien que te conoce tan bien.
Daniela se giró finalmente, mirándolo a los ojos con una mezcla de cansancio y desafío.
—Entonces, ¿qué sugieres? ¿Qué me quede aquí para siempre bajo tu custodia? ¿Qué diferencia hay entre la jaula de mi padre y la tuya?
Marco dio un paso al frente, agachándose para quedar a la altura de sus ojos. Sus palabras salieron con una honestidad brutal que le costó pronunciar.
—La diferencia es que yo no quiero venderte.
Yo quiero protegerte. —Hizo una pausa, midiendo el peso de lo que iba a añadir—.
No te obligaré a quedarte, Daniela. Si hoy me dices que quieres irte, te daré dinero, una nueva identidad y escolta hasta donde tú elijas.
Pero quiero que sepas que, si algo te sucede allá afuera, si tu padre te alcanza, yo no sabría cómo vivir con eso.
No te retendré, pero por favor, entiende que este es el único lugar donde él no puede tocarte.
Daniela se quedó helada. La vulnerabilidad en los ojos del magnate no era una pose.
Aquel hombre, que había erigido muros de acero contra el mundo, estaba ofreciéndole la única defensa que ella siempre había buscado, a cambio de nada más que su seguridad.
El miedo a Máximo y la desconfianza hacia Marco chocaron en su interior, pero al ver la intensidad con la que él la observaba, comprendió que la oferta no era un juego de poder, sino un acto de rendición por parte de él.
Ella era la dueña de la decisión, y por primera vez en tres años, el tablero ya no estaba en manos de su padre, sino en las suyas.