Más allá del muro El espectro del pasado
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El espectro del pasado

Los días en la mansión se convirtieron en un ejercicio de cautela.

Daniela, cuya recuperación física progresaba con una tenacidad que asombraba a los médicos, se movía por la casa con la parsimonia de un animal en territorio extraño.

Marco era una presencia constante, pero extrañamente contenida; ya no era el captor que dictaba órdenes, sino un hombre que parecía estar caminando sobre cristales rotos, esforzándose por demostrarle que su libertad era real, aunque su corazón se negara a procesar tanta devoción.

Ángelo era el puente entre ambos, el único motivo por el cual Daniela no se sumía en un silencio absoluto.

Sin embargo, la paz era una ilusión.

Una mañana, mientras Marco revisaba los informes de seguridad en su despacho, Julián entró sin previo aviso. Su semblante, siempre inexpugnable, lucía una sombra de preocupación inusual.

—Señor, tenemos una visita inesperada. Máximo está en el vestíbulo. Ha venido a por su hija.

Marco sintió que la temperatura de la habitación descendía varios grados.

El nombre de Máximo era una mención que Daniela evitaba, un vacío en su historia que él mismo había preferido no investigar para no alterar su frágil estado.

Se levantó con calma, ajustándose la chaqueta, y caminó hacia el encuentro de aquel hombre que, tras tres años de búsqueda, reclamaba su "propiedad".

En el vestíbulo, Máximo no parecía un padre angustiado. Tenía la frialdad de un hombre de negocios que ha perdido un activo valioso y ha venido a reclamarlo.

—Tres años me ha costado rastrearla, De la Vega —dijo Máximo, sin preámbulos—. Pero ya la he encontrado. Mi hija vuelve conmigo hoy mismo.

—Ella no es un objeto que puedas recuperar como quien recoge un paquete —respondió Marco, su voz cargada de un peligro sordo—. Daniela no es tuya. Se queda aquí.

—¿Te crees que esto es una elección? —Máximo sonrió, una mueca que no llegó a sus ojos—.

Si te niegas, será la guerra. Sé cómo destruirte, Marco.

Sé los secretos que enterraste en el pasado, los mismos que te hicieron el hombre que eres.

Puedo destrozar tu imperio desde dentro, igual que hice antes.

Marco soltó una carcajada desprovista de cualquier alegría.

—Hazlo. Inténtalo. Pero antes de que llegues a mover una sola ficha, asegúrate de tener un plan de salida.

Estoy preparado para borrarte del mapa antes de que puedas pronunciar una sola palabra contra mí.

Daniela decidirá su futuro, y te aseguro que, después de lo que sé de ti, ella no te elegiría ni para morir.

No lejos de allí, Daniela, que había salido de su habitación buscando a Ángelo, se detuvo en seco al pasar junto a la puerta entreabierta del vestíbulo.

El sonido de la voz de su padre, aquel tono autoritario que había marcado sus pesadillas, la golpeó con la fuerza de un rayo.

Sus manos empezaron a temblar violentamente.

No era solo miedo; era el recuerdo de la traición original, la constatación de que su padre no estaba allí por amor, sino para terminar de venderla al mejor postor.

Escuchó la firmeza de Marco al defenderla, la forma en que desafiaba a Máximo sin un ápice de duda, pero las palabras "guerra" y "destrozar tu pasado" resonaban en su cabeza.

Estaba atrapada entre dos hombres que la veían como un botín: uno, su verdugo convertido en un extraño protector; el otro, el hombre que le dio la vida y que estaba dispuesto a quitársela si eso beneficiaba sus cuentas bancarias.

Daniela retrocedió, con el corazón martilleando contra sus costillas.

El pánico, una marea negra y familiar, comenzaba a subir por su garganta.

No podía quedarse, no podía ser el trofeo de aquella batalla.

Mientras Máximo lanzaba su amenaza final, Daniela solo pudo pensar en una cosa: su padre era mucho más peligroso que Donatello, porque él conocía exactamente dónde estaban sus heridas más profundas.

La verdadera batalla por su libertad no había hecho más que empezar.