El despertar de la tormenta
Quince días de un silencio sepulcral se habían instalado en la mansión.
Marco vivía en una vigilia perpetua, un hombre que parecía haber olvidado cómo dormir, cómo comer o cómo ser algo más que un centinela a los pies de la cama de Daniela.
Cada amanecer le traía una nueva oleada de desesperación; cada atardecer, una pizca más de miedo a que aquel estado fuera definitivo.
Pero el día dieciséis, cuando los primeros rayos de sol rasgaban la oscuridad, el milagro ocurrió.
Un leve estremecimiento recorrió la mano de Daniela.
Marco, que estaba sentado en el suelo, apoyando la cabeza contra el borde del colchón, se puso en pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas.
La euforia de verla moverse luchaba contra un terror paralizante: ¿qué vería ella al abrir los ojos?
¿recordaría el sótano? ¿recordaría al hombre que la había aterrorizado?
Daniela parpadeó. Sus ojos, nublados por el letargo de dos semanas, recorrieron la estancia hasta clavarse en Marco.
Al principio hubo confusión, pero a medida que la consciencia regresaba, sus rasgos se tensaron.
Cuando su mente finalmente encajó las piezas, su rostro no mostró gratitud, sino un rechazo visceral.
Se apartó de él todo lo que el dolor le permitió, una sombra de terror cruzando su mirada al verlo allí, sentado a su lado.
Marco, incapaz de contenerse, rompió a llorar. No eran lágrimas de magnate, sino de un hombre que se había desnudado ante el miedo a perderlo todo. Lloraba de pura felicidad al verla viva, aunque ese mismo brillo en sus ojos fuera, en ese instante, el reflejo del odio que ella sentía.
—Apártate —logró articular ella, con la voz rota y gélida—. No te acerques.
—No voy a irme a ninguna parte —respondió Marco, acercándose un paso más a pesar de su rechazo—. Sé que me odias. Tienes motivos para hacerlo. Pero te juro por lo que más quiero que voy a dedicar cada día de mi vida a que eso cambie. Voy a hacer que me quieras, Daniela.
—Aunque me retengas aquí toda la vida, aunque me encadenes a esta cama, nunca te querré —escupió ella, con una determinación que, paradójicamente, lo enamoró aún más—. No eres mi salvador, eres mi carcelero.
Marco se detuvo. Suspiró profundamente, tratando de contener la tempestad que sentía dentro.
—No voy a retenerte —dijo él, bajando la cabeza—.
Cuando estés recuperada, cuando tus fuerzas vuelvan, podrás irte.
No te detendré. Pero hasta entonces, voy a estar aquí, cuidándote, haciendo todo lo posible por enmendar el daño que te hice.
No por obligación, sino porque... porque eres lo único que me importa.
Daniela lo miró con incredulidad, incapaz de entender aquel cambio. No sabía que, mientras ellos libraban su particular guerra de voluntades dentro de la suite, una sombra mucho más antigua y peligrosa se movía en el exterior.
A kilómetros de distancia, en una oficina austera, el padre de Daniela observaba una fotografía de su hija en una pantalla.
No sentía alegría por su supervivencia, ni alivio por la caída de Donatello.
Solo veía números y beneficios perdidos.
Ahora que el principal postor había desaparecido, el mercado estaba abierto de nuevo, y él tenía un plan mucho más eficiente para recuperar su "mercancía".
No le importaba el magnate ni la mansión blindada. Había vendido a su propia sangre una vez, y estaba dispuesto a hacerlo cuantas veces fuera necesario. Para él, Daniela no era una hija que había vuelto del abismo; era un activo financiero que debía ser recolectado.
En la habitación, Marco seguía sosteniendo su mano, ajeno a que el verdadero depredador no era quien estaba afuera, sino quien compartía su misma sangre. La tregua estaba firmada, pero la tormenta apenas estaba tomando impulso.