El silencio del verdugo
La finca de los pinos se alzaba sobre el risco como un mausoleo de piedra.
El equipo de Marco se movió como un espectro bajo la cobertura de la noche, cortando el suministro eléctrico antes de que el primer guardia pudiera siquiera tocar su radio.
El asalto fue breve y brutal; en cuestión de minutos, la mansión se convirtió en un escenario de fuego y acero.
Marco, sin embargo, no perdió tiempo en las refriegas menores.
Su único objetivo era el despacho principal, donde sabía que Donatello se refugiaba tras un despliegue de hombres armados.
Derribó la puerta de una patada, el cañón de su fusil escupiendo fuego hasta que el último protector de su enemigo cayó al suelo.
Donatello estaba allí, con una copa de whisky en la mano, intentando llegar a una salida oculta. Antes de que pudiera girarse, Marco le propinó un golpe en las rodillas que lo envió de bruces contra la alfombra persa.
La batalla terminó en el momento en que Marco le arrebató el arma.
Lo que siguió no fue una ejecución rápida, sino un ritual de sombras.
Marco lo levantó por el cuello de la chaqueta, su rostro contorsionado por una rabia que no pertenecía al tiempo presente, sino a todos los días de agonía que había pasado frente a la puerta de Daniela.
La paliza fue implacable. Marco no golpeaba por estrategia; golpeaba con cada recuerdo de ella herida, de ella asustada, de ella en aquel hospital. Tras varios minutos, Donatello era poco más que un despojo humano que apenas podía articular un ruego.
—¿Creías que esto era un negocio? —susurró Marco, mientras le aplastaba la mano contra el suelo con la bota—. Esto nunca fue un negocio. Fue un ajuste de cuentas por cada segundo que le robaste.
Marco no buscó información, no buscó el perdón. Extrajo su arma reglamentaria, la colocó contra la sien del hombre que había sido su sombra durante años y, sin un segundo de duda, apretó el gatillo. El estruendo fue amortiguado, una nota final en el silencio que se apoderó de la habitación.
Donatello cayó inerte. Marco se quedó allí, de pie sobre el cuerpo, con las manos manchadas de una sangre que, esta vez, no le pertenecía a nadie que él amara. Julián entró poco después, observando la escena con una frialdad profesional.
—Está hecho, señor. Los hombres de Donatello se han rendido o han huido al ver que el mando ha caído.
Marco soltó el arma sobre el cadáver, sintiendo el peso muerto de la victoria. Se había prometido que, una vez que el monstruo muriera, el mundo volvería a tener color, que la paz volvería a sus nervios. Pero el vacío seguía allí, instalado en su pecho como una losa.
Caminó hacia el exterior, donde el aire puro de la montaña le llenó los pulmones, pero no fue suficiente.
La sangre de Donatello no había limpiado el daño.
La realidad lo golpeó con una fuerza abrumadora: la muerte de su enemigo no garantizaba que Daniela despertara.
No garantizaba que ella lo perdonara. No garantizaba que, al volver a casa, no se encontrara con un ataúd en lugar de una mujer.
Se subió al coche con una pesadez de plomo.
Julián arrancó, iniciando el camino de vuelta.
Durante todo el trayecto, Marco no dijo una palabra.
Tenía el disco duro, tenía la cabeza de su enemigo, pero su posesión más valiosa seguía en un estado de limbo.
Ganar la guerra externa era sencillo comparado con lo que le esperaba al cruzar de nuevo las puertas de su mansión.
La verdadera agonía, la que no podía resolver con armas, apenas estaba por comenzar.