Más allá del muro La promesa de la sombra
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La promesa de la sombra

Las veinticuatro horas más largas de la vida de Marco De la Vega se cumplieron con el sonido monótono de un segundero en la pared del ala médica. Cuando el médico jefe entró en la habitación poco después del alba, el hombre que apenas había pestañeado se puso en pie, con la mandíbula tensa.

—Está estable —anunció el facultativo, aunque su tono permaneció cauteloso—.

El riesgo de colapso orgánico ha disminuido drásticamente.

Superará esta fase. Sin embargo, el trauma craneoencefálico y el shock sistémico han sido severos.

No podemos asegurar cuándo despertará, ni siquiera si el proceso de recuperación será completo.

Solo queda esperar a que su cerebro decida volver.

Marco observó el rostro de Daniela. Seguía pálida, pero el sutil tono rosado que empezaba a aparecer en sus labios le devolvió al cuerpo de Marco algo que llevaba días sin sentir: el aliento.

Se inclinó sobre ella, rozando su frente con la suya en un gesto que, hace apenas una semana, habría considerado una debilidad imperdonable.

—Voy a volver —le susurró al oído—. Y cuando lo haga, el mundo será un lugar donde no tengas que esconderte de nadie.

Se puso en pie y, sin mirar atrás, abandonó la habitación.

La transformación fue instantánea. La vulnerabilidad del hombre que velaba a su amada se evaporó para dejar paso al estratega implacable.

En el vestíbulo de la mansión, una docena de hombres armados esperaban en formación perfecta.

Julián, con un chaleco táctico y un rifle de asalto terciado a la espalda, le entregó a Marco su propia arma.

—El equipo está listo. Tres vehículos blindados, señal encriptada y vía libre hacia las montañas —informó Julián, entregándole la radio—. Donatello está en la finca de los pinos. No espera que vayamos hoy, cree que estamos bloqueados por la situación en la mansión.

Marco no respondió con palabras. Subió al coche principal, un vehículo modificado para resistir impactos de grueso calibre.

El motor rugió, un sonido animal que rompió la paz de la finca.

Los tres coches arrancaron en formación cerrada, serpenteando por los caminos privados antes de salir a la carretera asfaltada que conducía al norte.

Dentro del vehículo, Marco revisaba una vez más la tableta con el plano de la finca de Donatello. Cada pasillo, cada salida, cada guardia marcado con un punto rojo. No era una misión de rescate ni un asalto para recuperar algo; era una ejecución.

—Julián —dijo Marco, sin levantar la vista de la pantalla—. Quiero a Donatello vivo lo suficiente para que entienda por qué va a morir. No quiero una entrada limpia. Quiero que sienta cada segundo de esta noche.

—Lo entienda, señor —respondió Julián desde el asiento del copiloto, preparando el supresor de su arma—. Él no saldrá de esa montaña. Nadie saldrá de esa montaña.

El convoy se movió bajo la luz gris de la mañana, avanzando hacia las estribaciones montañosas como una sombra imparable.

Marco observaba el paisaje pasar a través del cristal tintado, manteniendo sus manos sobre el arma con una firmeza absoluta.

El hombre que salía de la mansión ya no era el que había llegado con ella en brazos; era una fuerza de la naturaleza movida por un deseo purificador.

Daniela estaba a salvo, respirando en su cama, y ahora, el único cabo suelto que quedaba en su vida estaba a punto de ser cortado con una precisión brutal.

El destino de Donatello ya estaba escrito, y las páginas se estaban terminando de quemar en el motor de los coches que avanzaban hacia la tormenta.