La tregua del silencio
Las puertas dobles del quirófano se abrieron con un chirrido agónico que resonó en el pasillo vacío.
El médico jefe, un hombre cuya reputación se basaba en milagros clínicos, salió con el rostro cubierto por una máscara de agotamiento.
Marco se puso en pie al instante, las manos crispadas, sus ojos buscando en el rostro del cirujano una sentencia definitiva.
—La hemos estabilizado —dijo el médico, secándose el sudor de la frente—.
Hemos reparado las lesiones internas y detenido la hemorragia, pero sus constantes siguen siendo muy bajas.
Ha perdido mucha sangre y su cuerpo ha sufrido un trauma extremo.
Las próximas veinticuatro horas son críticas.
Hemos hecho todo lo que la ciencia permite.
Ahora, señor De la Vega, el resto depende de ella. Es cuestión de voluntad.
Marco asintió, aunque apenas procesaba las palabras. El "si ella quiere" resonaba en su cabeza como una campana de alarma.
Cuando los médicos le permitieron entrar, el magnate, el hombre que nunca se inclinaba ante nadie, sintió que las piernas le fallaban.
Al verla allí, sumergida en aquel laberinto de tubos, cables y el zumbido constante de los monitores, la imagen de su palidez le arrancó el alma.
Daniela parecía un ángel roto, una figura de porcelana que se iba a desvanecer ante el menor soplo de viento.
Se acercó a la cama y se sentó en el taburete, evitando mover nada, temiendo que un simple roce pudiera romper aquel precario equilibrio. Tomó su mano —la que no tenía la vía intravenosa— y la sostuvo entre las suyas, sintiendo lo fría que estaba.
—No te atrevas —susurró Marco, con la voz rota por una emoción que ya no intentaba ocultar—.
Me has demostrado mil veces que eres más fuerte que todo lo que he puesto en tu camino.
No te rindas ahora. No me dejes solo en este infierno que yo mismo he construido.
Tienes que ser fuerte, Daniela. Tienes que pelear.
Pasó la noche así, en una vigilia solitaria, observando cada fluctuación en la pantalla del monitor. Cada vez que el ritmo cardíaco de ella se aceleraba, él sentía un alivio momentáneo; cada vez que bajaba, sentía el peso de la muerte sobre sus propios hombros.
Al amanecer, con los primeros rayos de luz filtrándose por las persianas, la puerta se abrió con suavidad. Era Julián. Marco no se giró; no quería apartar la vista de ella ni un segundo.
—Señor —dijo Julián en voz baja—. Tenemos su ubicación. Donatello ha cometido un error. Se ha refugiado en una finca privada en las montañas, al norte. Mis hombres han confirmado la presencia de su vehículo.
Marco cerró los ojos, apretando la mano de Daniela contra su mejilla por un instante. La sed de venganza quemaba en su interior, pero al mirar a la mujer que luchaba por respirar, supo que no podía dejarla atrás sin cerrar el ciclo.
—Prepáralo todo —dijo Marco, su voz volviendo a adquirir el filo del acero—. Prepara al equipo, verifica el armamento y asegúrate de que el perímetro esté blindado mientras no estemos.
—¿Cuándo partimos? —preguntó Julián, observando el perfil de su jefe, ahora marcado por una determinación que rozaba la obsesión.
—En veinticuatro horas —sentenció Marco, sin soltar la mano de Daniela—.
No saldremos hasta que se cumpla el plazo crítico.
No me voy a mover de aquí hasta que sepa que, si ella despierta, me verá a su lado, y no a un fantasma.
Pero cuando pasen esas veinticuatro horas.
.. no dejaré que Donatello vea la luz del día siguiente.
Julián asintió y se retiró en silencio, dejando al magnate solo con su prisionera, su víctima y, ahora, su única razón de ser.
La habitación era un campo de batalla de voluntades; afuera, un ejército se preparaba para la guerra.
Pero allí dentro, Marco seguía esperando, contando los latidos de Daniela, contando los minutos que quedaban para saldar la cuenta final con el hombre que casi le arrebata su razón de vivir.