Más allá del muro La última frontera
67%

La última frontera

El todoterreno rugía a través de los caminos forestales, una máquina que devoraba kilómetros en un intento fútil por ganar tiempo contra la Parca.

En el asiento trasero, Marco sostenía a Daniela contra su pecho, presionando con manos expertas la herida abierta en su costado.

Cada bache era un grito ahogado de ella, un hilo más que se desprendía de su existencia.

—No te atrevas —gruñía Marco, con los ojos inyectados en sangre, mirando a la nada—. No te atrevas a dejarme después de todo lo que he hecho. ¡Daniela, mírame!

Ella no respondía. Su respiración era un burbujeo sordo, una melodía de agonía que a Marco le destrozaba los nervios.

Cuando el coche derrapó en la entrada de la mansión, el equipo médico ya esperaba con la camilla preparada.

El traslado fue un borrón de luces blancas y gritos imperativos.

Marco fue empujado hacia atrás por los enfermeros, dejándolo solo en el pasillo, con las manos manchadas de una sangre que, por primera vez, sentía como propia.

La mansión, que había sido su fortaleza, se convirtió en una jaula de tortura.

Marco caminaba de un lado a otro frente a la puerta del quirófano, con los músculos en tensión, listo para romper el cristal o para salir disparado hacia el puerto y cazar a Donatello.

Su mente era un campo de batalla: un lado de él exigía sangre, quería el corazón de Donatello por lo que le había hecho a ella; el otro lado era puro miedo, una debilidad que nunca había conocido.

Julián apareció en el pasillo, su presencia tan calmada como siempre, aunque sus ojos reflejaban la misma preocupación.

—El equipo médico dice que es crítico, Marco. Pero es la mejor unidad que el dinero puede comprar. No puedes hacer nada más que esperar.

—No puedo esperar —rugió Marco, lanzando una silla contra la pared—. Cada segundo que ese hijo de puta sigue respirando es un insulto a lo que ella está pasando ahí dentro. ¿Quieres que me quede de brazos cruzados mientras ella se muere?

Julián se acercó, poniendo una mano firme sobre el hombro de su jefe, ignorando la descarga de tensión que emitía el magnate.

—Si sales ahí fuera ahora, Donatello te matará.

Estás fuera de control, Marco. Y hay algo más que debes considerar —Julián hizo una pausa, midiendo sus palabras—.

Si ella sobrevive a esto... si logramos sacarla adelante, tienes que ser consciente de una cosa: te va a odiar.

Te va a odiar con cada fibra de su ser por haberla convertido en este juguete roto.

¿Estás preparado para vivir con ese odio?

Marco se detuvo en seco. Sus hombros se desplomaron. Durante semanas, se había mentido a sí mismo, disfrazando su obsesión de estrategia, su control de protección. Pero ante la posibilidad de perderla para siempre, la máscara se había hecho añicos.

—Que me odie —susurró Marco, con la voz cargada de una vulnerabilidad que le resultaba ajena—. Si me odia, al menos estará viva. Ya buscaré la manera de que quiera quedarse. Ya buscaré la manera de que me perdone... o de obligarla a que lo haga.

Julián retrocedió, sorprendido por la crudeza de la confesión. No era ya el magnate buscando un activo; era un hombre desesperado, un hombre que se había dado cuenta, demasiado tarde, de que su mundo no tenía sentido si ella no estaba en él.

—La quiero, Julián —continuó Marco, mirando hacia la puerta cerrada del quirófano como si pudiera atravesarla con la vista—.

No es estrategia, no es posesión. Es... es ella.

Es la única persona que ha sido real en este maldito circo de mentiras.

Si muere, no me quedará nada más que este imperio de cenizas.

Marco se hundió en el suelo, con la cabeza entre las manos.

Por primera vez, el hombre que no conocía el miedo al fracaso temblaba ante la idea de un futuro sin ella.

La noche se alargó, una vigilia frenética donde la vida y la muerte jugaban una partida en la que él ya no era el jugador, sino un espectador impotente.

Y en aquel silencio, bajo el peso de su propia confesión, Marco De la Vega entendió que, aunque recuperara a Daniela, la verdadera batalla —la de ganarse su corazón sin cadenas— apenas estaba por comenzar.