El umbral del abismo
El depósito industrial de Donatello olía a aceite quemado y a desesperación.
Daniela fue arrastrada hasta el centro de la nave principal, donde una silla de metal esperaba bajo el foco ciego de una luz industrial.
Donatello, con su traje impoluto y esa sonrisa que siempre destilaba crueldad, la esperaba sentado en un trono improvisado, observando cómo sus hombres la ataban con una brutalidad metódica.
—Bienvenida a casa, querida —dijo Donatello, acariciando su mejilla con el cañón frío de su arma—. Tienes algo que me pertenece. Y créeme, te aseguro que tu lealtad a ese tal Marco De la Vega te va a costar mucho más que la libertad.
Daniela no respondió. Sus ojos estaban hundidos, vacíos de cualquier miedo. Había llegado a un punto de ruptura donde el dolor ya no era una amenaza, sino un ruido de fondo.
—No lo tengo —murmuró ella, con la voz apenas audible.
La respuesta de Donatello fue un golpe seco, un revés que le hizo saltar la sangre de los labios.
La tortura fue metódica, una coreografía de golpes y preguntas inútiles sobre el disco duro.
Daniela cerró los ojos, dejando que su mente se refugiara en los recuerdos de Ángelo, en el atardecer que nunca verían, en la sensación de estar por fin fuera de la mansión, aunque el precio fuera este.
Se había resignado. La muerte, en ese momento, parecía una caricia comparada con la pesadilla en la que había vivido los últimos meses.
Cada impacto era un martillazo contra su resistencia, y para cuando Donatello, frustrado por su silencio, dio la orden de "terminar el trabajo", Daniela apenas conservaba un hilo de conciencia.
Estaba suspendida en un limbo entre la vida y la muerte, donde las sombras de los hombres de Donatello parecían espectros danzando a su alrededor.
De repente, el silencio del depósito fue destrozado por un estallido. La claraboya del techo voló en mil pedazos bajo una carga de demolición controlada.
Marco cayó del cielo como un ángel de la muerte.
La primera ráfaga de su fusil de asalto impactó en los dos guardias que flanqueaban a Daniela, abatiéndolos antes de que pudieran siquiera girar la cabeza.
La batalla estalló con una intensidad cegadora.
Las balas silbaban entre las cajas de carga, creando una sinfonía de destrucción y gritos.
Julián y su equipo de asalto irrumpieron por los muelles de carga, envolviendo a los hombres de Donatello en un fuego cruzado. Marco no buscaba cubrirse; corría directamente hacia el centro, con la mirada fija en la silla donde Daniela yacía inmóvil, con la cabeza gacha sobre el pecho.
Donatello, viendo que la situación se le escapaba de las manos, no perdió el tiempo con su orgullo.
Sabía cuándo la marea se volvía en su contra.
Mientras Marco destrozaba a sus últimos hombres, Donatello se deslizó por una salida de emergencia trasera, protegiéndose tras una columna antes de lanzarse hacia un vehículo blindado que esperaba con el motor en marcha.
—¡Marco! —gritó Julián, disparando a una cobertura—. ¡Se está escapando!
Marco se detuvo un instante, con el arma humeante en la mano.
Su prioridad era Daniela, pero la rabia por ver a Donatello huir le quemaba el alma.
Disparó tres veces contra los neumáticos del coche que se alejaba, pero el blindaje resistió.
El vehículo rugió y se perdió en la negrura de la noche, dejando atrás solo el rastro de humo y el eco de los disparos.
Marco no esperó. Corrió hacia Daniela, cuyos ojos apenas estaban entreabiertos. La desató con manos frenéticas, rompiendo las cuerdas como si fueran hilos de seda. La envolvió en sus brazos, sintiendo su cuerpo gélido y magullado.
—Daniela… mírame —dijo él, su voz quebrada por una emoción que nunca había dejado salir.
Ella apenas pudo enfocarlo. Una sonrisa débil y triste apareció en sus labios ensangrentados antes de que perdiera el conocimiento.
Marco la apretó contra su pecho, ignorando el caos que lo rodeaba, con el corazón martilleando contra sus costillas.
La guerra contra Donatello acababa de escalar, pero en ese momento, rodeado de cuerpos y metal, Marco supo que su propia guerra, la de su alma, acababa de encontrar su único propósito.