El código rojo
La sala de mando se había transformado en un epicentro de caos contenido.
Marco caminaba de un lado a otro con zancadas largas y furiosas, un león enjaulado cuyos rugidos internos eran más peligrosos que cualquier arma de fuego.
Cada segundo que pasaba era una eternidad, una tortura que le erosionaba la razón.
—¡Julián, dime que tienes algo! —bramó Marco, deteniéndose frente a la consola principal. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el borde de la mesa.
Julián, con los dedos volando sobre el teclado, mantenía una calma profesional, aunque el sudor perlaba su frente. Sus ojos escaneaban los monitores de alta definición con precisión quirúrgica.
—Estoy revisando el perímetro exterior —respondió Julián—. El sistema de cámaras del muro norte sufrió una interferencia de tres segundos justo antes de las tres de la mañana. Fue un corte limpio, un trabajo de profesionales.
—Busca en los ángulos ciegos —ordenó Marco, acercándose tanto a la pantalla que su aliento empañaba el cristal—. Si se la han llevado, han tenido que pasar por el camino del acantilado.
Julián ajustó la sensibilidad del espectro infrarrojo, ampliando la imagen hasta que los píxeles cobraron forma.
Allí, en la penumbra, se vio un destello metálico: el coche negro, una silueta elegante y siniestra que se alejaba sin luces encendidas.
Julián hizo un zoom digital, enfocando la matrícula mediante un algoritmo de restauración.
—Tengo el vehículo. Sedán negro, placas dobladas, pero el chasis tiene una marca distintiva en el parachoques trasero. Es de Donatello.
Al ver la imagen, Marco se detuvo. En la pantalla, un fotograma mostraba claramente cómo dos figuras masculinas, de una corpulencia inconfundible, metían a Daniela en el vehículo a la fuerza.
La violencia del acto era casi física, un golpe directo al estómago de Marco.
El magnate soltó un gruñido gutural y, con un golpe seco, estrelló su puño contra la pared de la sala de mando, dejando una grieta en el panel de control.
—Van a pagar por esto —dijo Marco, con una voz cargada de una frialdad que asustaba más que su ira—. Cada uno de ellos, desde el conductor hasta el propio Donatello.
—Señor, escúcheme —dijo Julián, poniéndose en pie—. Si nos lanzamos a ciegas, ella es la primera que perderá la vida. Donatello no la ha secuestrado para matarla de inmediato; la quiere como moneda de cambio por la base de datos que ya tenemos. Es nuestra ventaja, pero es una ventaja peligrosa.
Marco se giró, recuperando una compostura letal. El león enjaulado había dado paso al estratega.
—Tienes razón. No podemos entrar por la puerta principal.
—He rastreado la señal del GPS del coche durante los primeros dos kilómetros antes de que la desactivaran —continuó Julián, trazando una ruta en el mapa táctico—.
Se dirigen a la base logística de Donatello en las afueras, un antiguo depósito que ha estado rehabilitando bajo tapadera de empresa de transportes.
Tiene una seguridad de nivel 4, pero conozco sus puntos débiles.
—Entonces, hagámoslo —dijo Marco, mientras abría su caja de seguridad y extraía un arma de asalto equipada con mira térmica—.
Tú liderarás el equipo de infiltración por la zona del muelle de carga.
Yo entraré por el conducto de ventilación superior, el mismo que ella usó para salir.
Conozco la arquitectura de esos depósitos mejor que nadie.
—Es un suicidio, Marco. Si Donatello está allí, estará rodeado por al menos treinta hombres.
—Que traiga a cien —respondió Marco, cargando el arma con un sonido metálico que marcó el inicio de la guerra—. Si toca a Daniela, no quedará ni un testigo de su existencia. Prepáralo todo. En veinte minutos quiero que estemos en marcha.
Marco se puso el chaleco táctico, ajustándose cada correa con una meticulosidad mecánica.
Ya no había dudas, ni vacilaciones, ni rastro del hombre que se había sentado a velar el sueño de Daniela.
Aquella noche, el magnate moría y nacía el ejecutor.
La mansión quedó en silencio, preparándose para la partida de rescate, mientras la obsesión de Marco se transformaba en el único motor que impulsaba su voluntad de recuperar lo que, a sus ojos, era suyo por derecho de supervivencia.
—Julián —añadió Marco antes de salir hacia el hangar—, si algo sale mal, asegúrate de que Ángelo esté a salvo y que ese disco duro nunca caiga en sus manos. Yo voy a traerla de vuelta. O moriremos los dos en el intento.