Más allá del muro El cazador cazado
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El cazador cazado

La mansión de los De la Vega era un laberinto de piedra y cristal que, en la quietud de la madrugada, parecía respirar con una malignidad contenida.

Daniela, con cada fibra de su ser protestando por el dolor, se había arrastrado por el conducto de ventilación con una destreza nacida del puro terror.

Había logrado burlar los sensores de movimiento, su piel rozando el metal frío mientras su mente proyectaba cada milímetro de libertad.

Al alcanzar el perímetro exterior, el aire de la noche le supo a gloria.

Sus pies descalzos tocaron el césped húmedo del jardín, y por un instante, se sintió dueña de su destino.

Pero el alivio duró lo que un suspiro.

En cuanto Daniela alcanzó el muro norte, un coche negro con los cristales tintados surgió de entre las sombras de los árboles como un tiburón en el agua.

Antes de que pudiera retroceder, las puertas se abrieron de golpe.

Dos hombres vestidos de negro, con la eficiencia gélida de quienes no conocen la piedad, la interceptaron.

Sus manos, como pinzas de acero, se cerraron sobre sus brazos.

Daniela intentó luchar, pero su cuerpo, aún convaleciente, no pudo oponer resistencia.

Fue lanzada al interior del vehículo. A través del cristal oscuro, vio cómo la mansión se alejaba.

Sabía quiénes eran. Sabía que el largo brazo de Donatello la había alcanzado justo en el umbral de su libertad.

En ese instante, en el frío asiento de cuero, Daniela cerró los ojos y aceptó su destino: estaba muerta.

Mientras tanto, en la sala de mando, el ambiente era de euforia contenida. Julián acababa de regresar del puerto. Con un movimiento ceremonioso, dejó el disco duro sobre la mesa de metal.

—Es auténtico, señor —dijo Julián, con los ojos brillando tras revisar los archivos en una terminal privada—. Todo está aquí. Las rutas, los pagos a los jueces, los nombres de los contactos en el gobierno... es oro puro. Donatello está acabado.

Marco tomó el disco. No sentía el triunfo que esperaba. Sus dedos acariciaban el metal frío, pensando en la mujer que se lo había entregado. Su mente estaba en la suite del ala este.

El silencio fue roto por un estruendo de pasos menudos. Ángelo irrumpió en la sala, con el rostro desencajado y el pijama cubierto de polvo.

—¡Papá! ¡Daniela no está! —gritó el niño, con los ojos anegados en lágrimas—. Fui a llevarle un dibujo y la cama estaba vacía. ¡La rejilla del suelo está fuera y ella no aparece por ninguna parte!

El mundo de Marco se detuvo. El disco duro, el poder, la venganza... todo quedó reducido a cenizas en un segundo. La calma de la sala de mando se rompió cuando Marco, con una velocidad sobrehumana, se puso en pie y activó el protocolo de emergencia.

—¡Julián, bloquea todas las salidas! —bramó Marco, su voz cargada de una desesperación que no recordaba haber sentido nunca—. ¡Moviliza a todos los hombres disponibles! ¡Quiero cada centímetro de este terreno peinado!

Julián, desconcertado, intentó razonar con su jefe.

—Señor, cálmese. ¿Por qué hace esto? Ya tiene lo que quería. El disco está aquí. Ya no es nuestro problema si ella se ha fugado. Si Donatello la quiere, que se ocupe él. Hemos ganado.

Marco se giró hacia Julián. Sus ojos no eran los de un magnate, sino los de un animal herido que ha perdido lo único que le daba sentido a su existencia. La respuesta de Marco salió de lo más profundo de sus entrañas, una confesión que no necesitaba explicaciones técnicas:

—Porque es mía —sentenció Marco, con un tono que no admitía réplica—. Porque, aunque ella crea que puede huir, no voy a permitir que nadie más la toque. ¡Muévete, Julián! ¡Si le hacen daño, juro que quemaré esta ciudad hasta los cimientos!

Marco salió corriendo hacia el hangar de los vehículos, dejando a un Julián atónito en la sala.

El magnate sabía, con una certeza aterradora, que la desaparición de Daniela no era una simple huida.

La habían cazado. Y mientras subía al todoterreno, con el motor rugiendo en la oscuridad, Marco comprendió que el juego no había terminado; apenas estaba empezando la guerra más sangrienta de su vida.

Él no solo iba a recuperar un activo; iba a recuperar la única parte de su corazón que, por primera vez, se había atrevido a latir fuera de su pecho.