El precio del adiós
El silencio que siguió a la aceptación de Daniela fue tan profundo que resultaba opresivo.
Marco permaneció inmóvil, observándola, pero por dentro experimentaba una tormenta que no sabía gestionar.
Había ganado. Tenía en sus manos la posibilidad de obtener el activo más valioso de Donatello.
Sin embargo, lo que predominaba no era el triunfo, sino unos celos viscerales, ácidos y violentos que le corroían las entrañas.
¿Cómo era posible que ella estuviera dispuesta a entregar su única póliza de vida por un chico de veinte años? La idea de que Lucas ocupara un lugar en su corazón —un lugar que Marco, con todo su poder, no había logrado ni siquiera rozar— le provocaba una rabia que apenas podía contener.
—Bien —dijo él, su voz sonando como un chasquido metálico—. Es un trato.
Daniela no le dedicó una mirada de alivio, sino una de puro desprecio.
Con una parsimonia cargada de derrota, le dictó una serie de coordenadas que apuntaban a un nicho en un viejo almacén de carga en el puerto industrial, un lugar que Marco conocía bien.
No había duda en su voz, solo la resignación de quien sabe que acaba de entregar su última defensa ante el mundo.
Marco sacó su radio de inmediato y llamó a Julián.
—Tengo las coordenadas. Ve al sector industrial del puerto, almacén número cuatro.
El disco duro está oculto bajo una loseta del suelo en la zona de refrigeración —ordenó Marco, manteniendo la mirada clavada en Daniela—.
En cuanto lo tengas en tu poder y verifiques que es auténtico, suelta al chico.
Haz que desaparezca de la ciudad. No quiero volver a verle.
Julián, desde el otro lado, asintió con un breve "entendido" y partió con un equipo de escolta, dejando a Marco y a Daniela en la atmósfera viciada de la habitación.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el ambiente se volvió insoportable.
Marco sintió la necesidad de acercarse, de tocarla, de decirle algo que mitigara el peso de su propia crueldad, pero su orgullo, esa barrera de obsidiana, se lo impidió.
Ella se había girado hacia la ventana, dándole la espalda.
Su figura se veía pequeña, frágil, derrotada.
—¿Satisfecho? —preguntó ella sin mirarlo—. Has obtenido lo que querías. El poder. La información. Y de paso, te has librado de un testigo incómodo.
Marco se acercó un paso, con el pecho ardiendo por la envidia que le producía aquel chico al que ella tanto quería proteger.
—Ese chico no sabe dónde se metía, Daniela. Le he hecho un favor al sacarlo de este mundo. Tú deberías agradecerme que no lo haya eliminado allí mismo.
Daniela se giró bruscamente, sus ojos chispeando con una llama que Marco no veía desde hacía días.
—No lo haces por él. Lo haces por ti. Todo lo que haces es por ti.
La frialdad de su sentencia le cortó el aliento.
Marco salió de la habitación, cerrando la puerta con una violencia contenida.
Mientras caminaba por el pasillo, su mente no estaba en los datos que Julián recuperaría, sino en la mirada de ella.
La había derrotado, sí, pero al hacerlo, la había empujado a un punto de no retorno.
Dentro de la habitación, Daniela esperaba. La derrota que reflejaba su rostro era solo una máscara. En cuanto escuchó el eco de los pasos de Marco alejándose por el ala este, sus manos empezaron a moverse con una destreza impropia de alguien que, hasta hace poco, apenas podía caminar.
No iba a morir en esa mansión. No iba a ser un juguete de Marco ni una moneda de cambio para Donatello.
Mientras el resto de la casa celebraba la inminente obtención del disco duro, ella comenzó a desmantelar un panel de la ventilación que había estado estudiando durante días.
Sus músculos se quejaban de dolor, su cuerpo le pedía a gritos que se rindiera, pero su voluntad era una cuchilla afilada.
Esa noche, bajo el amparo de la cobertura que Julián y sus hombres daban en el puerto, Daniela no planeaba esperar.
El trato estaba sellado, el chico estaría libre y, por lo tanto, ella ya no tenía ninguna deuda pendiente que la atara a Marco De la Vega.
Esta misma noche, el magnate descubriría que, aunque tuviera en su poder la información, lo que realmente quería —ella—, se le escapaba entre los dedos como arena fina.
La partida de ajedrez terminaba, y ella estaba a punto de derribar el tablero.