Más allá del muro El precio de la lealtad
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El precio de la lealtad

La oscuridad de la noche en el acantilado era absoluta, rota solo por el haz de luz de las linternas tácticas que los hombres de Marco proyectaban sobre la maleza.

Julián, moviéndose con la precisión de un depredador, seguía la triangulación de la señal de radio que el intruso había dejado tras de sí.

No hubo necesidad de un tiroteo; el chico no tenía entrenamiento militar ni armas de fuego.

Cuando los hombres de Julián lo arrinconaron contra el muro norte, lo único que encontraron fue a un joven de no más de veinte años, con los ojos desorbitados por el terror y una radio de aficionados entre las manos.

—¡Quieto! —bramó Julián, inmovilizándolo contra la piedra fría mientras sus hombres le arrebataban el transmisor—. ¿Quién te envía? ¿Para quién trabajas?

El chico, cuyo nombre era Lucas, no respondió con violencia, sino con un temblor que le sacudía todo el cuerpo.

No era un mercenario, no era un soldado de Donatello.

Era un chaval de barrio, alguien que no encajaba en aquel mundo de armas y secretos.

Lo subieron a la mansión como si fuera un trofeo de guerra, aunque el aire de vulnerabilidad que lo rodeaba descolocaba incluso a los guardias más curtidos.

En la sala de interrogatorios, las luces de sodio crudas revelaban la verdad. Lucas, con la cara hundida entre las manos, comenzó a hablar entre sollozos. No había red de espionaje, no había contratos millonarios. Solo había una deuda.

—Ella me salvó —decía el chico, mirando al suelo mientras Marco lo observaba desde el umbral—.

Estaba en el lugar equivocado, me metí en un lío con la gente equivocada y ella…

ella me sacó de allí. No sé nada de ese Donatello, ni de sus bases de datos, ni de guerras entre mafias.

Solo sé que la encerraron aquí como a un animal. Solo quería sacarla.

Marco escuchaba, con la mandíbula apretada.

Había esperado a un sicario, a alguien que estuviera allí para terminar el trabajo, y en su lugar se encontraba con la prueba viva de que Daniela, incluso en los peores momentos de su vida, había sido capaz de sembrar lealtades profundas.

Marco dejó a Julián terminando de procesar al joven y subió al ala este con un paso que no prometía clemencia.

Entró en la habitación de Daniela sin llamar. Ella estaba junto a la ventana, observando el horizonte con una melancolía que se transformó en una tensión eléctrica en cuanto vio a Marco.

—Ha sido una noche interesante, Daniela —dijo Marco, cerrando la puerta tras de sí con un sonido seco—. Hemos cazado a tu pequeño caballero andante en el muro norte. Un chico de veinte años con una radio de juguete. ¿De verdad pensabas que alguien así podría sacarte de mi casa?

Daniela sintió que el corazón le daba un vuelco. El pánico, ese invitado que ella siempre intentaba mantener a raya, la invadió por completo. Lucas no era nadie en aquel juego; era una víctima potencial de la crueldad de Marco.

—Déjalo ir —dijo ella, con la voz temblando por primera vez desde que despertó—. No tiene nada que ver con esto. No sabe nada. Es solo un amigo. Por favor, Marco.

Marco se acercó, invadiendo su espacio, sus ojos clavados en los de ella.

—Sé perfectamente quién es. Julián ha verificado su historia. No es un espía, es un peón que se ha metido en una partida de ajedrez donde le van a aplastar.

—Entonces, ¿por qué lo tienes allí? —exclamó ella, dando un paso hacia él, ignorando el dolor en su costado—. ¡Si sabes que es inocente, déjalo libre!

Marco guardó silencio un instante, observando el terror genuino en los ojos de la mujer.

Se dio cuenta de que, en ese momento, ella daría cualquier cosa, sacrificaría cualquier ventaja, solo por proteger a alguien a quien no le unía la sangre, sino la gratitud.

Era un nivel de desprendimiento que Marco no terminaba de procesar.

—Tengo un trato para ti —dijo Marco, su voz bajando a un tono peligroso—. Sé que tienes la base de datos de Donatello. Sé que la guardas como tu seguro de vida, como la única razón por la que todavía no te han matado.

—No te la daré —espetó ella—. Aunque me tortures, aunque le hagas daño a Lucas, no te la daré. Es la única protección que tengo contra él.

—No hablo de tortura, Daniela —dijo Marco, con una calma que le heló la sangre—. Hablo de un intercambio. El chico sale por la puerta de esta mansión hoy mismo, sano y salvo. Y, a cambio, tú me dices dónde está la información.

Daniela lo miró, y en sus ojos, Marco vio una batalla interna tan violenta que casi pudo sentirla.

Ella sabía que, sin esa base de datos, quedaría a merced de Marco, de Donatello y de todos los hombres que buscaban su cabeza.

Pero también sabía que, si no aceptaba, Lucas pagaría el precio de su terquedad.

—¿Cómo puedo confiar en ti? —preguntó ella, con la mirada empañada por la angustia—. ¿Cómo sé que una vez que tengas lo que quieres, no me entregarás a Donatello o me encerrarás aquí para siempre?

—Porque te doy mi palabra —dijo Marco, aunque la palabra "palabra" sonaba extraña en aquel mundo de promesas rotas—. Y porque, aunque no quieras admitirlo, Daniela, ya te has dado cuenta de que no soy el mismo hombre que te arrastró al sótano.

Daniela se pasó la mano por el rostro. Su resolución parecía estar resquebrajándose bajo el peso de la responsabilidad de la vida de Lucas.

Marco esperaba su respuesta, sintiendo una extraña mezcla de triunfo y una punzada de remordimiento al verla tan acorralada.

Ella estaba a punto de entregar el secreto que había jurado proteger con su vida, y todo por salvar a un chico que apenas significaba nada en la gran escala de su guerra.

Aquello era el tipo de lealtad que él nunca había conocido, y, en el fondo, era lo que más le aterraba de ella.