El teatro de las sombras
La mansión de los De la Vega se había convertido en un tablero de ajedrez donde el silencio era la jugada maestra.
Habían pasado dos semanas desde que Daniela fue trasladada a la suite del ala este.
Los días transcurrían con una monotonía calculada, una rutina que, para el ojo inexperto, parecía el proceso natural de una convalecencia.
Pero para Daniela, cada hora era una lección de cartografía humana y técnica.
Ángelo seguía siendo su salvavidas. El niño acudía a diario, cargando con su presencia un aire de inocencia que contrastaba brutalmente con el encierro de Daniela.
Hablaban de mundos imposibles, de dragones y de qué harían cuando fueran "libres".
Daniela, con una maestría que le dolía en el alma, le seguía el juego, convirtiendo su estancia en un teatro de normalidad.
Se reía, jugaba con él, pero bajo esa superficie de cariño, su mente estaba analizando la trayectoria de las cámaras de seguridad que Marco había instalado en cada rincón.
Marco, por su parte, vivía una existencia dividida.
Había dejado de visitar a Daniela. El orgullo, esa armadura que durante años le había impedido mostrar cualquier grieta, le prohibía entrar en la habitación solo para verla.
No quería que ella leyera en sus ojos la angustia que sentía al verla cada día más pálida, más delgada, más. .. ausente.
Desde la sala de mando, se pasaba las noches en vela viendo las imágenes en blanco y negro que transmitían las cámaras.
Observaba cómo Daniela interactuaba con Ángelo.
Veía la calidez en sus manos al tocar al niño, pero también detectaba algo nuevo: una frialdad técnica en su mirada cuando ella creía estar sola.
Había momentos, cuando Ángelo se iba, en que Daniela dejaba de ser la mujer que sonreía.
Sus ojos escaneaban las paredes, sus dedos recorrían los zócalos con una precisión que rozaba lo obsesivo.
—Está estudiando los puntos de fuga —susurró Julián una noche, entrando en la sala con una taza de café, sin necesidad de que Marco le preguntara qué estaba viendo—. Está más decaída físicamente, sí, pero su mente está trabajando a mil revoluciones.
Marco no apartó la vista de la pantalla. Daniela estaba frente a la ventana, observando el patrón de luz de los reflectores exteriores.
—No puede estar planeando nada —respondió Marco, más para convencerse a sí mismo que para contradecir a su segundo—. Sabe que los guardias están apostados en cada puerta. Sabe que las ventanas son imbatibles.
—Daniela es una superviviente, señor. Y usted mismo la obligó a encerrarse en una jaula. La gente que no tiene nada que perder desarrolla una creatividad aterradora.
Marco sintió una punzada de sospecha que le recorrió la nuca.
¿Era su tristeza una farsa? ¿El declive de su salud una estratagema para bajar la guardia de los guardias?
El hecho de que ella no le hubiera vuelto a mencionar la base de datos de Donatello lo inquietaba.
Era como si ella hubiera aceptado el encierro, como si estuviera esperando algo. O alguien.
Aquel día, Marco decidió hacer una prueba.
Ordenó a los guardias que doblaran el turno de vigilancia nocturna y que cambiaran el patrón de escaneo de los sensores.
En las cámaras, vio a Daniela reaccionar casi instantáneamente.
Sus dedos se detuvieron, su respiración cambió de ritmo y, por un segundo, miró directamente a la lente de la cámara con una sonrisa gélida, casi desafiante.
El corazón de Marco dio un vuelco. Ella sabía que él la estaba observando. Daniela no estaba decaída; estaba en alerta máxima, como un depredador que finge estar dormido mientras calcula la distancia exacta para el salto.
Marco se reclinó en su asiento, sintiendo el peso de la incertidumbre.
Había querido retenerla, poseer el activo y, en el proceso, había creado un monstruo de ingenio encerrado en su propia casa.
Se preguntó si, cuando ella finalmente se moviera, sería para escapar de él o para destruirlo.
Y lo que más le aterraba no era el daño que ella pudiera causarle a su imperio, sino la posibilidad, cada vez más real, de que ella lograra salir de allí sin que él pudiera hacer nada para detenerla.
—Señor —dijo Julián, interrumpiendo sus pensamientos—, he cruzado los datos de las últimas horas. Hay alguien en el exterior, cerca del muro norte, que está enviando señales de baja frecuencia. Señales de respuesta a las que ella, desde su habitación, parece estar prestando mucha atención.
Marco sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No estaba sola. El juego había cambiado, y Daniela, la mujer a la que él creía tener bajo control absoluto, estaba a punto de convertir la mansión en una trampa para su propio carcelero.