Más allá del muro La jaula de seda
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La jaula de seda

La recuperación de Daniela fue un proceso lento pero constante.

El médico había dado luz verde para que abandonara la unidad de cuidados intensivos, pero el "alta" no significaba libertad.

Marco había tomado una decisión que resonaba en los pasillos de la mansión con la firmeza del acero: Daniela sería trasladada a una de las habitaciones de la suite principal, un ala diseñada para ser un búnker de lujo, pero una jaula, al fin y al cabo.

Cuando Marco entró en la unidad médica para informar del traslado, el aire se volvió pesado. Daniela estaba sentada al borde de la cama, recuperando poco a poco su fuerza. Al ver a Marco, su postura se tensó, una respuesta instintiva de quien sabe que el verdugo ha venido a dictar sentencia.

—Se acabó el ala médica —dijo Marco, con una voz carente de calidez—.

Te vas a mudar al ala este. Tendrás todas las comodidades, pero no saldrás de ahí sin mi autorización.

Mis hombres tendrán instrucciones precisas: si intentas cruzar el umbral, serás retenida.

Si la puerta tiene que cerrarse con llave para garantizar tu seguridad, lo haré.

Daniela se puso en pie, tambaleándose ligeramente, pero con la mirada cargada de un fuego que ni el cautiverio había logrado apagar.

—¿Seguridad? —respondió ella, con una risa amarga—. Estás llamando seguridad a lo que es, lisa y llanamente, un secuestro, Marco. Ya no soy una sospechosa, ya sabes quién soy y quién es Toni. ¿Por qué esto?

—No te confundas —respondió él, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban—.

Donatello te quiere muerta o bajo su control.

Tú tienes el secreto que puede destruir su imperio.

Mientras eso siga siendo así, no eres libre.

Eres un activo de alto valor, y mi posesión sobre ti es mi mejor garantía.

No hubo oportunidad de reclamo. Dos hombres de seguridad aparecieron en el umbral para escoltarla.

Daniela miró a Marco con una mezcla de odio y una extraña decepción, pero al ver la firmeza en la mandíbula del magnate, comprendió que cualquier resistencia física era inútil por el momento.

Se dejó guiar por los pasillos, con la cabeza alta, mientras comenzaba a trazar en su mente un mapa de la habitación, de las ventanas y de los cambios de turno de los guardias.

Si él quería jugar a ser su carcelero, ella jugaría a ser la prisionera perfecta hasta que llegara el momento de romper las cerraduras.

Más tarde, en el centro de mando, Julián observaba las pantallas mientras Marco revisaba los protocolos de vigilancia de la nueva suite.

—Señor —comenzó Julián, con una cautela que rara vez permitía en sus conversaciones—, lo que está haciendo con ella... no es táctico. Es personal.

Marco se giró bruscamente, con el rostro endurecido por una sombra de irritación. —¿De qué estás hablando?

—Está haciendo de todo esto una cuestión de control —continuó Julián, sin amedrentarse—.

Todos sabemos que Daniela ya no es una amenaza.

La tiene encerrada no para protegerla de Donatello, sino porque no puede soportar la idea de que ella sea libre y se marche de aquí.

Marco, si tiene que ser honesto consigo mismo, lo que le pasa es que ella le importa.

Está obsesionado con ella porque, en el fondo, siente algo que no quiere admitir.

—Eso es una tontería —espetó Marco, su voz subiendo un tono—. Es un activo estratégico. Nada más. Ella tiene información que necesito y no la dejaré ir hasta que sea mía o hasta que Donatello sea eliminado. No mezcles mis sentimientos con mis objetivos.

—¿Y si no tiene sentimientos, por qué la vigila cada diez minutos en las cámaras?

¿Por qué se quedó a su lado toda la noche cuando despertó?

—preguntó Julián, manteniendo la mirada firme—.

Marco, la está cuidando como si fuera lo más preciado que tiene, y al mismo tiempo la encadena para que no pueda huir de usted.

Eso no es estrategia. Es miedo. Miedo a perderla.

Marco se dio la vuelta, ocultando su expresión tras el brillo frío de las pantallas de control.

En el fondo, en ese rincón de su mente que él mismo se negaba a explorar, sabía que Julián tenía razón.

Sentía una punzada de ansiedad cada vez que ella no estaba a su vista, una necesidad posesiva de saberla segura, de saberla suya.

Era una sensación que le quemaba las entrañas, algo que no encajaba con el hombre frío y calculador que se suponía que debía ser.

—Cállate, Julián —ordenó Marco, con la mandíbula apretada—. Ocúpate de los perímetros. Yo me ocupo de mis decisiones.

Se quedó solo en la sala, con el silencio de la mansión resonando a su alrededor.

Se miró en el reflejo oscuro de un monitor y vio a un extraño.

El magnate orgulloso, el hombre que no conocía el arrepentimiento ni la debilidad, estaba siendo derrotado por una mujer herida que ni siquiera lo miraba a los ojos.

Negarlo era su última línea de defensa, pero mientras miraba la cámara que enfocaba la nueva habitación de Daniela, supo que su mayor batalla ya no era contra sus enemigos externos, sino contra la verdad que empezaba a latir en su propio pecho.