Más allá del muro La jaula de seda
50%

La jaula de seda

La tensión en "El Nido de Obsidiana" había pasado de ser una corriente eléctrica para convertirse en una atmósfera pesada, casi líquida, que se filtraba por cada rendija de la mansión.

Julián, trabajando desde el centro de mando, había detectado lo que él llamaba "ruido sísmico" en los nodos de comunicación de Donatello.

Los movimientos de activos habían cesado; ya no había transferencias bancarias, ni liquidaciones.

Solo un silencio digital absoluto que, en su mundo, siempre precedía a la tormenta.

—No se está moviendo porque esté huyendo, señor —informó Julián, señalando una serie de mapas satelitales que mostraban los puntos ciegos alrededor de la propiedad—.

Se está posicionando. Donatello está reagrupando fuerzas y, según los patrones de movimiento que detectamos en los radares de largo alcance, está preparando algo grande.

Un golpe quirúrgico que no dejará piedra sobre piedra.

Marco se mantenía de pie frente al ventanal, observando el acantilado, donde las olas rompían con una furia incesante.

—Prepara la mansión, Julián —ordenó con una calma que erizaba la piel—. Refuerza los perímetros, duplica las rotaciones de guardia y activa los protocolos de defensa activa. Si Donatello quiere entrar, esta vez no se llevará ni un ladrillo. Convierte este lugar en un búnker inexpugnable.

Mientras la mansión se transformaba en una fortaleza bajo un estado de sitio invisible, la vida en el ala médica seguía un ritmo diferente.

Daniela recuperaba fuerzas con una lentitud frustrante.

Su cuerpo, castigado por el calvario, era una partitura de dolor que ella intentaba ocultar cada vez que Ángelo entraba en la habitación.

El niño era su bálsamo; su risa, su presencia, sus preguntas inocentes sobre el mundo exterior, eran lo único que la mantenía anclada a la realidad.

Marco, sin embargo, la observaba desde la distancia. La veía a través de las cámaras, la veía a través de los informes médicos y, a veces, la veía en persona, aunque siempre bajo la máscara del captor que no admite debilidad.

Dentro del pecho de Marco, algo había cambiado.

La culpa por la tortura infligida se había transformado en algo más peligroso: una obsesión territorial.

Ya no la veía como la espía que creía que era, ni como la víctima que le despertaba lástima.

Ahora, la veía como un activo, como un misterio que le pertenecía.

La idea de dejarla libre, de permitir que cruzara las verjas de su casa para desaparecer en el mundo, le provocaba una reacción física de rechazo absoluto.

Ella es mía , pensaba Marco mientras cerraba la puerta de la sala de mando, tras haber ordenado blindar la mansión. Ella es la única que tiene la llave para destruir a Donatello, la única que ha demostrado ser más fuerte que todos mis hombres juntos. No voy a soltarla. No la voy a dejar ir.

Esa noche, entró en la habitación de Daniela sin llamar. Ella estaba sentada en la cama, leyendo un libro que Ángelo le había llevado. Al verlo entrar, no se tensó como solía hacer; su mirada era de una fatiga serena.

—He oído que te estás recuperando bien —dijo Marco, acercándose con una lentitud depredadora—. Los médicos dicen que en un par de días podrás levantarte.

—Eso espero —respondió ella, cerrando el libro—. Estoy cansada de estas cuatro paredes, Marco. Es hora de que empiece a pensar en mi salida.

Marco soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos. Se detuvo a los pies de la cama, invadiendo su espacio vital con una autoridad que no admitía réplicas.

—Salida. Qué palabra tan interesante. ¿Realmente crees que te dejaré cruzar esa puerta?

Has salvado a mi hijo, sí, y eso te ha sacado de las celdas del sótano.

Pero tú sigues siendo el epicentro de este conflicto.

Mientras Donatello viva y mientras esa base de datos siga escondida, tú no eres una mujer libre.

Eres una pieza de este juego, y mi deber es protegerte. .. o mantenerte a salvo de ti misma.

Daniela lo miró, sus ojos oscuros recorriendo el rostro de Marco en busca de una grieta de humanidad.

—¿Me estás diciendo que, incluso ahora, sigo siendo tu prisionera?

—Te estoy diciendo que esta casa es el lugar más seguro del mundo —sentenció él, dándose la vuelta—. Y no voy a permitir que nadie, ni siquiera tú, decida cuándo se termina tu estancia aquí. Eres parte de esta mansión ahora, Daniela. Acostúmbrate a la idea.

Salió de la habitación, dejando a Daniela en un silencio sepulcral.

Marco no volvió a mirar atrás. Sabía que sus palabras habían sido una declaración de intenciones: la había sacado del infierno para encerrarla en una jaula de seda.

El magnate estaba convencido de que su posesividad era una forma de cuidado, sin darse cuenta de que, al intentar retenerla, estaba construyendo los cimientos de una guerra interna que sería mucho más feroz que cualquier ataque de Donatello.

La mansión, ahora sellada contra el exterior, se había convertido en un escenario donde, tarde o temprano, la voluntad de ambos chocaría con una violencia inevitable.