Más allá del muro El telón de sangre
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El telón de sangre

El salón principal era un escenario de tensión insoportable.

Los invitados, una mezcla de socios comerciales y hombres de seguridad infiltrados, mantenían una calma antinatural mientras el juez comenzaba la liturgia nupcial.

Marco sentía la mano de Daniela firme entre la suya, aunque notaba el ligero roce del acero de la daga oculta contra su propia piel.

—Siendo este el momento en que se intercambian los votos... —comenzó el juez, pero su voz fue ahogada por un estruendo metálico.

La puerta principal no fue abierta; fue reducida a astillas por una carga de demolición.

El aire se llenó instantáneamente de polvo y gritos.

Hombres vestidos con uniformes tácticos sin insignias irrumpieron en la estancia, abriendo fuego contra los guardias de Marco.

La boda se convirtió en un infierno de cristal roto y balas.

Máximo entró tras sus hombres, con la mirada fija en su hija. No parecía un padre buscando una reconciliación, sino un carnicero reclamando su mercancía.

—¡Basta de farsa! —rugió Máximo, mientras sus hombres formaban un cordón de seguridad frente a él—. ¡Suéltala, De la Vega, ¡y deja que se vaya a casa!

Marco, sin soltar la mano de Daniela, se puso frente a ella mientras Julián y el resto de su equipo respondían al fuego desde las columnas del salón. Marco mantuvo una calma absoluta, una serenidad que era la marca de un hombre que ha previsto cada movimiento de su enemigo.

—Llegas tarde, Máximo —dijo Marco, su voz cortando el estruendo de los disparos como un filo de hielo—. No has venido a una boda. Has venido a tu ejecución.

En ese preciso instante, Daniela dio un paso adelante, liberando su mano de la de Marco. No corrió hacia su padre; se puso a su lado, ocupando una posición táctica que nadie en la sala esperaba.

—No hay nada a lo que volver, Máximo —dijo Daniela, y su voz no tembló—. Ni casa, ni tratos con Lozko, ni hija que puedas vender.

Máximo se río, una mueca de desprecio total. —Eres una ingenua. ¡Traedla aquí!

Pero sus hombres no se movieron. De repente, los atacantes que habían irrumpido en la sala se quedaron paralizados al ver que las salidas de emergencia estaban bloqueadas por los hombres de Marco, quienes ahora apuntaban directamente a la espalda de los hombres de Máximo.

—Tu propio equipo está en mi nómina desde hace tres semanas —reveló Marco, observando cómo la cara de Máximo palidecía—. ¿Realmente creíste que podrías infiltrarte en mi casa sin que yo supiera quién te vendía la información?

El pánico por fin asomó en los ojos de Máximo.

Intentó desenvainar su propia arma, pero Daniela fue más rápida.

Con un movimiento fluido, desenvainó la daga que ocultaba en su muñeca y, antes de que su padre pudiera reaccionar, le desarmó con una precisión quirúrgica, dejando la punta del acero a milímetros de su garganta.

—La guerra se acabó, padre —susurró Daniela, con una frialdad que heló la sangre del hombre—. Esta vez, no hay negociaciones, ni tratos. Solo hay justicia por todo lo que destruiste.

El salón quedó sumido en un silencio tenso, roto solo por el jadeo de los hombres de Máximo, que sabían que habían perdido.

Marco se acercó a Daniela, no para apartarla, sino para flanquearla.

La trampa había sido perfecta: no solo habían expuesto la traición de Máximo, sino que lo habían despojado de todo poder en un solo movimiento.

Máximo, derrotado y rodeado, miró a su hija.

Por primera vez, no vio un activo, sino el resultado de su propia crueldad.

Marco levantó la mano, haciendo una señal a Julián.

La partida había terminado, y el magnate y la mujer que él creía poseer se mantenían, juntos, sobre las cenizas de un pasado que ya no podía alcanzarlos.

El destino de Máximo estaba sellado, pero para Marco y Daniela, la pregunta real empezaba ahora: ¿qué harían con el poder que acababan de arrebatarle al destino?