El peso de la ceniza
En la sala de mando, Julián, que escaneaba las cámaras de seguridad mientras el resto del equipo intentaba recuperarse del asalto, fijó la vista en un monitor.
Una sombra se movía en el ala médica, un lugar donde, a esas horas, no debería haber nadie.
Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer la silueta, el porte, la forma de caminar.
—¡Señor! —gritó Julián por el intercomunicador, con el pánico brotando en su garganta—. ¡Hay un intruso en el ala médica! ¡Es Toni!
Marco, que apenas había dado un paso fuera de la habitación de Daniela, se detuvo en seco al escuchar el nombre.
La sangre se le congeló. Toni, el hombre en el que había confiado la vida de su hijo, el hombre que salió herido intentando salvar a Ángelo en la guardería, estaba allí, a menos de veinte metros, con un arma en la mano.
La traición le golpeó con la fuerza de un huracán.
Todo cobraba sentido: el secuestro, la emboscada, la facilidad con la que Donatello encontraba sus pasos.
Toni no era un guardaespaldas; era el arquitecto de su ruina.
Marco desenvainó su arma, sus ojos ardiendo con una furia que nunca había sentido, mientras el destino de Daniela quedaba suspendido en ese segundo, entre el disparo que no debía producirse y la verdad que estaba a punto de destruir su mundo.
El pasillo del ala médica se convirtió en un túnel de pesadilla.
Marco avanzó con pasos silenciosos pero cargados de una furia asesina.
Vio a Toni frente a la puerta de Daniela, con la mano posada en el pomo, el silenciador ya preparado.
En ese instante, Marco entendió que Toni no solo buscaba a Daniela; buscaba el silencio absoluto de todo lo que la rodeaba.
—¡Toni! —gritó Marco, su voz reverberando en el mármol frío—. ¡Suelta el arma!
Toni se giró. No hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación profesional que encendió aún más el odio de Marco.
Intentó elevar el arma, pero Marco fue un rayo.
Un disparo seco impactó en el hombro del traidor, lanzándolo contra la pared.
Julián apareció al final del pasillo, flanqueado por guardias que redujeron a Toni antes de que pudiera apretar el gatillo de nuevo.
—¡Llevadlo al sótano! —rugió Marco, mientras sus hombres arrastraban al traidor, que no dejaba de sonreír con desprecio—. ¡Que no muera hasta que haya cantado cada contacto de Donatello!
Tras la conmoción, Marco entró en la habitación de Daniela.
Sus manos temblaban, pero no por el enfrentamiento.
Se acercó a la cama y miró a Daniela, luego al monitor.
La traición le salpicaba la cara como una bofetada de realidad: el hombre que juró proteger a su hijo, el hombre al que consideraba su hermano de armas era el mismo que había intentado secuestrarlo y matar a esta mujer.
La dura realidad se instaló en el ambiente.
Toda la tortura, todo el aislamiento y el hambre que él le había impuesto a Daniela se basaban en las mentiras de un hombre que servía a Donatello.
Julián entró tímidamente horas después, dejando el informe del primer interrogatorio sobre la mesa.
—Ha confesado, señor —dijo Julián, bajando la vista—.
Toni ha estado trabajando para Donatello desde hace años.
Pero aquí está lo que no sabíamos: el incidente de la guardería no era para llevarse a Ángelo.
El objetivo principal siempre fue Daniela.
Toni la conoció en una fiesta privada años atrás, mucho antes de que trabajara para usted, y la reconoció en cuanto ella llegó a la ciudad.
Sabía que Donatello la buscaba desesperadamente y vio una oportunidad de oro para ganar un dinero fácil entregándola.
El secuestro de su hijo fue solo una cortina de humo, un daño colateral para cubrir sus huellas y asegurarse de que nadie se interpusiera en su camino.
Marco sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Toda su paranoia, toda su sospecha hacia Daniela, se derrumbó como un castillo de naipes. Ella no era una espía, ni una traidora; ella era una presa, una mujer que había sido cazada por los mismos hombres que la rodeaban.
—Se sintió pequeña, indigna, un hombre que se creía el dueño de su destino pero que no había sido más que un peón de sus propios empleados —musitó Marco.
Esa noche, Marco se quedó en la habitación de Daniela.
Escuchaba el sonido de su respiración, cada vez más acompasada.
Se preguntó cuánto tiempo tardaría ella en perdonarle, o si siquiera existía un perdón posible después de lo que él le había hecho.
Mientras el alba comenzaba a teñir de gris los ventanales, Marco entendió que la verdadera guerra no era contra Donatello ni contra el padre de ella.
La verdadera guerra empezaba ahora, dentro de sí mismo, tratando de encontrar una forma de reparar el daño irreparable que había causado a la única mujer que, sin pedir nada a cambio, le había enseñado a ver la luz entre la obsidiana.
Había perseguido fantasmas durante toda su vida, pero ahora, mirando a Daniela dormir, se dio cuenta de que el único monstruo que realmente debía temer era el que se reflejaba en su propio espejo.